Periodistas afilados, ¡envainad!

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La espada de Damocles (1812), de Richard Westall
La espada de Damocles (1812), de Richard Westall.

El domingo pasado, en su Patente de corso semanal, el periodista y escritor Arturo Pérez-Reverte nos contaba cómo había ido viviendo las distintas fases de la cuarentena, cuyas horas muertas había dedicado muy placenteramente a confinarse con su colección de armas antiguas, sobre las que siente verdadera devoción. Según narra, él mismo habría aprovechado estas semanas para quitarles el polvo, sacarles brillo, empuñarlas, desenvainarlas, conocerlas un poco más; en definitiva, conocerlas un poco mejor. Su favorita en tales circunstancias, curiosamente, ha sido un sable de caballería francés de hoja ancha y empuñadura de estribo al que no ha dejado de atender y observar durante el encierro. Al final de la columna, decía: «Dichoso es, por tanto, quien tiene un sable en casa. No como arma, que eso es lo de menos, sino como compañía, evasión y consuelo». Porque, efectivamente, un sable, si se quiere, puede ser mucho más que un sable.

La historia de Pérez-Reverte, inevitablemente, me llevó a otra historia de armamento y campañas militares que leí hace algunos años. Bueno, quizá no fuera exactamente una historia sobre campañas militares, pero sí, desde luego, una hazaña comparable; en palabras del escritor norteamericano Hank Whittemore, «la aventura de un puñado de inconformistas que han revolucionado el mundo de la televisión», la ‘Historia secreta de la CNN’ (Planeta DeAgostini, 1994). No en vano, entre las páginas que diseccionan los comienzos de la primera cadena televisiva con una programación total y absolutamente destinada a las noticias hay varios aspectos de naturaleza marcial, mucha camaradería y un buen capitán de regimiento. Al fin y al cabo, cuando el empresario estadounidense Ted Turner se embarcó en la «aventura» de montar un canal de información 24h. en EE.UU., no todo fue sencillo.

Cuenta Whittemore en el libro, por ejemplo, que las negociaciones para conseguir un hueco en la parrilla televisiva del momento, a principios de los ochenta, habían sido muy complicadas de llevar. Cuenta, también, que el propio Turner, dueño de otros medios de comunicación locales, tenía colgada en la pared de su oficina una espada, a la que acudía cuando las cosas iban regular. Pues bien, cuando ambos acontecimientos se solapaban, y cuando las negociaciones acerca del lanzamiento de la CNN tenían lugar en la oficina del directivo, éste se emocionaba y solía coger la espada de la pared, la desenvainaba, la agitaba y le propiciaba una estocada al aire en el momento exacto en que tenía buenas noticias que anunciarle a los presentes. Cierto es que la competencia para lograr un hueco en la televisión por cable era feroz, pero, afortunadamente, la capacidad estratégica del capitán era incomparable. Como él mismo anunció en alguna que otra ocasión, «se trataba, básicamente, de defenderse; pero cuando te defiendes a menudo tienes que atacar. Nosotros estábamos manteniendo nuestras posiciones».

En muchas cosas se parece el periodismo a una espada o al acto mismo de desenvainarla, en realidad. En primer lugar, porque el periodismo, y más en estos tiempos, es afilado y puede llegar a cortar; pero también porque es una profesión que se defiende atacando, como hacían los muchachos de Ted Turner. Lo que ocurre es que, en muchas ocasiones, nuestros rivales son nuestros propios compañeros de trinchera, y, entonces, el asunto se vuelve enrevesado.

Esta semana, por ejemplo, la secretaria de comunicación de Podemos en la Comunidad de Madrid y ex asistente de Pablo Iglesias en el Parlamento Europeo, Dina Bousselham, dejó todos sus cargos en el partido para montar un nuevo medio de comunicación, ‘La última hora’. Tal y como explicaba ella misma en un vídeo aclaratorio, el medio nace con la vocación de servicio de enfrentarse al «grave problema» de «los bulos y las mentiras que envenenan nuestra democracia a través de las redes sociales y los medios de comunicación», a los que también llama «cloacas mediáticas» o «poderes no democráticos» que amenazan a la verdad. Sus objetivos: ser independientes, tomar partido y vigilar al poder. «Al poder mediático, también. (…) Un medio democrático frente los abusos del poder mediático». Es decir, un medio que, para sobrevivir, no tendría reparo en dejar morir al resto.

Ante unas circunstancias similares, me temo, la nobleza de la espada se achica tanto que se vuelve idéntica a la de un cuchillo gauchesco, de matarife, preparado para ser clavado en las espaldas y en las costillas del rival. Se pierde la épica, se nos olvida la intención de defendernos y sólo nos preocupa la virulencia del ataque a quemarropa y la facilidad con la que, luego, lo podamos ocultar. Un objeto honroso, como bien podría ser un sable de caballería francés, se convierte, así, en un objeto deshonrado; y a un objetivo prefijado como digno, por muy digno que sea, si se ejecuta de manera infame también le ocurrirá.

Supongo que la única espada necesaria en la profesión, al final, es la espada de Damocles, que está siempre sobre nosotros, atada al techo por un hilo tan fino como los pelos de la crin de un caballo, y que siempre nos recuerda la amenaza persistente, el riesgo ininterrumpido al que la vida y la búsqueda de la verdad nos someten a diario. El resto, que son las cuchilladas por la espalda o los ataques a traición, de poco valen. Y recuerden a menudo las palabras de don Arturo, sobre todo en estos días. «Dichoso es, por tanto, quien tiene un sable en casa. No como arma, que eso es lo de menos». Sin duda, hay ciertos periodistas afilados, y afiliados, que tendrían que envainar.

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