¿Pero qué clase de gente nos gobierna?

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Impactado, pero a salvo en mi ciudad accidental, por los efectos de la nevisca causada por Filomena, el frío polar que hace tiritar España, el rebrote con fuerza del virus y el lento ritmo de la vacunación, todo ello no me impide eliminar de la retina las imágenes del asalto al Capitolio de Estados Unidos el pasado día 6 a manos de unos bárbaros incitados por ese sociópata que ha gobernado el país durante los pasados cuatro años y que a Dios gracias no seguirá en el poder a partir del próximo día 20.

Ese atropello a la democracia no obsta para tratar de entender cómo un magnate sin escrúpulos pudo haber recibido el apoyo de casi 75 millones de estadounidenses en las elecciones de noviembre o que ganara las de 2016. Y menos aún que en una encuesta realizada por Yougov tras los sucesos del día 6 entre votantes republicanos estos defendieran su incendiario discurso poco antes de que esa misma multitud se dirigiera hacia el Congreso para corroborar con actos violentos el discurso del “jefe” de que el resultado de noviembre y la victoria del demócrata Biden había sido fraudulento.

No merece siquiera reproducir el nombre y apellido de quien sin duda ha sido el peor presidente de Estados Unidos en más de dos siglos de historia. Él ha decidido no asistir a la ceremonia del juramento, algo inaudito. La verdad es que su presencia la hubiese manchado. Pero en realidad todo eso es letra pequeña. Cuando escribo estas líneas leo que el Partido Demócrata ha decidido iniciar el proceso de impeachment en la Cámara de Representantes. El primer paso para juzgar por segunda vez a este matón no ofrece complicaciones, por contar el partido con la mayoría simple para dar luz verde al juicio. Mucho más difícil será que obtenga el respaldo suficiente en el Senado para juzgarlo, condenarlo e inhabilitarlo pues se requieren dos tercios.

En mi opinión es necesario que el acto incendiario de este tipo sea condenado por el Parlamento aún a riesgo que eso comporte la fractura del Partido Republicano. Todo lo que no suponga cerrar claramente su mandato, reprobar sin reserva su conducta e inhabilitarlo de por vida para el ejercicio de la función pública dañará más aún la estabilidad política de Estados Unidos. Y sobre todo propiciara que en el resto del mundo se quiera imitar actos como los ocurridos días atrás. En nuestro país los hubo sin tanto ruido en los últimos años por líderes que hoy desempeñan funciones de poder y que no merecieron la censura general.

De un tiempo a esta parte me vengo preguntando qué clase de dirigentes nos gobiernan y cómo llegan al poder y se mantienen aunque sea legítimo a través de las urnas. ¿Por qué la ciudadanía se equivoca tanto? Siempre se nos dijo aquello de que el pueblo es soberano y que acierta cuando debe votar. ¡Pues vaya, a mi juicio ya lo creo que yerra!

Vivimos momentos oscuros para la democracia, la fórmula menos imperfecta para la convivencia en libertad. Hay grupos que defienden la democracia popular y asamblearia antes que la parlamentaria con el efecto de que todo debe ser cuestionado públicamente por encima de la ley y de los representantes elegidos por sufragio universal. Los hay quienes no vacilan en manifestar que la democracia es un experimento fallido y apuestan directamente por el autoritarismo pasado o de nuevo cuño.

Es peligroso comprobar la desafección general que existe hacia los políticos, a quienes se les considera como una pandilla de aprovechados y hasta corruptos, que lejos de representar a quienes los eligieron para luchar por el bien común, hacer una sociedad más justa e igualitaria buscan ante todo sus propios intereses.

No son tiempos precisamente donde mirarse al espejo. Más bien al contrario. Abunda la mediocridad en la política. Tal vez porque en realidad somos unos mediocres y porque en el fondo buscamos nuestro beneficio a través de la bribonería. No recuerdo ahora si fue el político y escritor francés André Malraux quien escribió que en realidad no es que los pueblos tengan los gobernantes que se merecen, sino que la gente tiene los gobernantes que se les parecen. Aún me asombro cómo los italianos llegaron a votar, y hasta por dos veces, al histriónico y corrupto Silvio Berlusconi.

Triunfa la intolerancia por encima del debate de ideas, el rechazo del contrario y la supremacía y superioridad moral de nuestra verdad sobre la del otro. Vivimos en sociedades cada vez más polarizadas en las que aparecen fenómenos preocupantes de nacionalismos de aldea y de populismos o neopopulismos aislacionistas como los que llevaron a la Casa Blanca hace cuatro años a quien ahora está a punto afortunadamente de abandonarla. Votamos para castigar al contrario y no para que gane nuestro candidato. Conocemos más o menos su ideario, pero sabemos sus límites e incluso admitimos que una vez llegue al poder, sea conservador o progresista, no lo cumplirá y hasta cínicamente sostendrá que no se ha desviado ni un milímetro de sus promesas. Pocos renuncian al cargo una vez que llegan a pisar las mullidas alfombras.

Hay mandatarios que directamente dan susto como son, aparte del matón estadounidense, entre otros Putin, Bolsonaro, Erdogan y ya en nuestra débil Europa Orban o el mismo Johnson. La UE carece hoy de los líderes que en su día alumbraron y defendieron una entidad federal de naciones. Ahora es un reino de taifas, donde no hay miras de unidad y sí mucha pelea mercantil hasta el extremo de violar el tratado como lo hacen descaradamente socios como Polonia y Hungría. Por menos sancionaron en su día a Austria. El presidente polaco ha defendido las acciones del aún mandatario estadounidense al igual que el esloveno y el primer ministro húngaro no ha abierto la boca. Para ser justos, la Unión no se ha quebrado tras la salida del Reino Unido y ha logrado aprobar no sin dificultades 750.000 millones de euros del fondo de recuperación de la pandemia. Eso es notable para los vientos que soplan.

En fin, tal vez la tarde me pilla pesimista. Casi mejor leer un libro, ver en la tele la cuarta de las siete temporadas de El Ala Oeste de la Casa Blanca, ahora más que nunca oportuno, disfrutar de José María Pou en una versión libre de los pensamientos de Cicerón en el teatro de Antonio Banderas y taparse con una manta pensando que después de la oscuridad regresa la luz y que vendrán tiempos mejores. No diferentes, sino mejores.

 

 

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Bosco Esteruelas
Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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