Pesadilla en la madrugada

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De un tiempo a esta parte sufro muy a menudo de pesadillas agobiantes. ¿Acaso hay alguna que no lo sea? Ignoro la razón de esta recurrencia. No sé si es cosa de la edad, de un problema de deterioro neuronal o simplemente porque está de Dios que mi sueño sea intranquilo últimamente. Será que me abruman mis culpas, mis pecados, que diría alguno de esos curas que trataban de moldear mi educación con incierto éxito cuando estudiaba en un colegio de jesuitas de Zaragoza, el mismo donde fueron alumnos Buñuel y Borau.

Lo que más me angustia es que en no pocas ocasiones suelen ser agresivas: algo o alguien que no vislumbro desea provocarme y ante esa imagen yo contraataco como buenamente puedo con pies o manos. Más de una vez me he despertado sobresaltado descubriendo que yo soy no sólo la víctima sino también el victimario. Qué raro todo.

Se remontan ya en el tiempo. He tratado de buscar un origen, un motivo, una referencia, pero sin mucha fortuna. Cuando me autoexilié hace más de una década en el campo no recuerdo que tuviera tantas; y eso que había razones. Y ahora, en el retorno a la ciudad y forzado al confinamiento como todo hijo de vecino, emergen sin fecha fija y sin tener una vinculación necesariamente con la realidad. Bueno, miento, puesto que la última de la pasada madrugada estaba muy ligada con la tragedia que nos ocupa y preocupa.

Cosas de mi fantasía, diría mi fallecido padre, cuando se enfadaba al descubrirme escribiendo sobre las musarañas y no centrándome en las asignaturas escolares. Yo también tengo fantasía y más que tú, exclamaba. Él era muy competitivo. Yo, bastante menos. Tener fantasía no es malo, agregaba y con ello quería hacerme ver que él tenía un decálogo de lo bueno y de lo malo, de lo autorizado y de lo prohibido. Las fantasías son como los libros, compañeros atractivos pero a veces peligrosos si no se saben digerir, declaraba mientras abandonaba ufano mi habitación. Debía de sentirse satisfecho, pero yo me quedaba más confundido.

Anoche después de completar la rutina monástica, con el cepillado de boca, de controlarme una vez más de no protestar por el ruido a los vecinos de arriba y de ver la final del Mundial de 1994 entre brasileños e italianos, me fui a la cama sin saber bien cuál era mi ánimo. Si persistía el catarro y la afonía, si me tranquilizaban las últimas medidas sociales del gobierno, si nos acercábamos al aplanamiento de la curva -¿y luego qué pasa?- o si los demonios reaparecerían trastornando mi ya de por si frágil sueño.

No sé qué hora sería cuando escuché ruidos en el rellano, voces y golpes fuertes en la puerta de entrada. Salté de la cama como un resorte. Traté de controlar el susto y domeñar las palpitaciones, pero me invadió el pánico cuando vislumbré lo que parecían ser tres figuras humanas vestidas de arriba abajo de blanco y con unas escafandras como de astronauta. No daba crédito y me pregunté cómo habían entrado sin llave y qué buscaban. Allí sí que pensé que llegaba mi final.

No me dio mucho tiempo para la reflexión y las preguntas. Me sentía desorientado y aterrado hasta el punto de orinarme. Cerdo, masculló uno de los tres, que se mostraba más enérgico y resuelto que sus acompañantes. Al aproximarse a mí cuando enfilaron el pasillo observé que tenía el cabello estirado hacia atrás y caía sobre la espalda una gruesa coleta. Calma, vicepresidente, que con insultos nada ganamos, contestó otro, con gafas, un tupé y una mirada triste y que a cada poco exhibía un tic nervioso en el ojo derecho. El tercero, con una barbita cuidada y una sonrisa un poco artificial, se había rezagado un poquito para así hacerme entender que estaba en el grupo pero sin estarlo. Vaya galimatías.

El de la coleta haciendo caso omiso a las palabras de calma del triste me acusó de ser una rata cobarde. Uno de esos que no cree en nada, un descreído. Sois una escoria los asociales y os vamos a eliminar como al coronavirus. Tranquilo, por favor, vicepresidente, que con gritos nada conseguiremos, solicitaba el del tic mientras que el tercero mantenía esa sonrisa sin saber yo muy bien a qué se debía. Sería un poco cretino, vendría de nacimiento, era una estrategia para abducirme. Sinceramente no lo sé.

Estaba claro que al que el triste llamaba vicepresidente deseaba mostrar madera de líder. Relativamente sencillo, pensaba yo al observar la conducta de los otros dos. Me obligó a entrar en el salón y sentarme en el sofá frente al televisor. Esta tarde me di cuenta de que hacías esos gestos de cínico que no soporto cuando hablé de la tropa, de la Constitución y de la patria. Pues te vas a enterar. Dicho y hecho. Conectó un lápiz digital al aparato y apareció su imagen frente a un atril leyendo con voz suave pero con el ceño fruncido el largo preámbulo y las medidas que había explicado ante las cámaras horas antes. ¿Lo entiendes?, gritó. Calma, calma vicepresidente, intervino ya sin mucha fe el del tic. Mira, me dijo éste, te dejo las últimas cifras. La cosa va mejor y la coordinación funciona. Todo se desarrolla conforme a nuestros modelos matemáticos y no es culpa nuestra que el mercado para adquirir material sanitario haya enloquecido.

Entretanto, el de la barbita y cargante sonrisa se distanció un poco. Aprovechó para echar un vistazo a mis libros, al mobiliario y los cuadros y se aproximó a la terraza. La oscuridad invadía el mar. Apenas una seña luminosa de un par de barcos. Debes de tener una buena vista, granujilla, me dijo en plan colega para tratar de hacerse amigo. ¿Por qué no pones una bandera española como hacen otros vecinos?, me espetó con informalidad. Déjate de banderas, tío. Aquí hemos venido para que esta rata se implique más. ¿Qué es eso de que está vacío y que la crisis no va a sacar lo mejor de él mismo?, berreó el de la abundante y tensa cabellera. ¡A leches se lo vamos a sacar! Tranquilo, por favor, vicepresidente, que va a despertar al vecindario, que es muy de derechas y podríamos tener problemas, zanjó el triste.

Creo que se fueron por el mismo sitio que entraron. Aseguraría que nada de lo que ocurrió fue real pero quizás lo fue dado que vivo una realidad irreal. Lucho contra un enemigo que no veo y que a lo mejor está desde hace días haciéndome compañía. Cuando desperté estaba en pijama sentado en el sofá. No había huella de haberme mojado. Me levanté y me acerqué al televisor para comprobar si estaba aún el pendrive. No había rastro de ello. Maquinalmente encendí el aparato. Curiosamente, la primera imagen que apareció en pantalla fue la del de abundante cabello. No llevaba el traje espacial, sino una chaqueta gris y una camisa blanca sin corbata, pero conservaba el ceño fruncido y el mismo cabreo de la madrugada.

 

 

Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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