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Apunte 4. Continúa el despropósito prologuista: ¿Qué es una novela?

Carlo es el nombre de mi padre. Lo elijo para el protagonista de esta novela por una razón ilógica; de hecho, entre mi padre y este ingeniero “desdoblado” cuya historia me dispongo a narrar no hay posibilidad de parangón alguno. Mi padre era un oficial del ejército, que vivió su madurez durante el periodo fascista (aunque en la rivalidad que se estableció entre fascismo y ejército estuviera de parte del ejército); su carácter, predispuesto a aceptar los nuevos tiempos –ya que de joven había sido un bala perdida y un quinqui de rancia familia–, había sido moldeado por el fascismo: nada hay más solidario que el desorden y el orden. Se conserva una fotografía de mi padre a los diecisiete años, poco antes de partir a la guerra de Libia: es un muchacho guapetón, fuerte como un toro, elegante, con esa elegancia algo chulesca que corresponde a un hijo de buena familia venida a menos, malcriado y rudo al mismo tiempo. En su pelo y en sus ojos negros hay algo de malvado: es su sensualidad, que se manifiesta en extremo violenta y lo muestra demasiado serio, casi torvo. La pureza de su tez juvenil, la perfección de su cuerpo (aunque era un muchacho de baja estatura, un retaco), era la de quien tiene una buena polla. Y sin embargo todo esto, en su conjunto, era expresión de una voluntad hostil, casi del exceso de actitud defensiva de quien, aun ostentando violentos derechos sobre el presente, prevé la futura tragedia que transformará sus derechos en degradación. Ha formado una familia y la ha aterrorizado. Luego se ha ido a África a combatir en su tercera guerra; ha sido hecho prisionero y tras algunos años ha reaparecido en Casarsa, el pueblo de mi madre, el “pueblo inferior” que había despreciado siempre, para desquitarse de un amor no correspondido por mi madre; y se ha dado a la bebida, como corresponde a un hombre. Se ve que nunca había reflexionado sobre su destino, igual que nunca había reflexionado sobre política. Había aceptado las cosas: exactamente como corresponde a un hombre. La humanidad, querido lector –querido pues eres de momento solo potencial–, no es revolucionaria, debe vivir la realidad como un todo: aceptar las jerarquías sociales como valores inmutables. De tal modo el hijo puede repetir la vida del padre, es decir, ser hombre.

El Carlo que toma el nombre de mi padre es en cambio un hombre escindido y (como dice Lukács) problemático. Tiene mi edad, no la de mi padre. De hecho, al hablar de él uso el presente de indicativo, porque vive en la actualidad, en estos años, justo en este momento.

Como he dicho, es ingeniero: o sea que, si bien es lo suficientemente culto como para vivir las contradicciones sociales y políticas de nuestro tiempo, no lo es lo suficiente como para vivirlas a través de esa consciencia que asegura la unidad del individuo, haciendo del estado esquizoide un estado natural y de la ambigüedad un modo de ser.

Debido a una profunda honestidad provinciana, Carlo (como mi padre) no hubiera podido aceptar nunca esta componenda, a la que solo la especialización política o literaria proporciona las coartadas, las habilidades, los instrumentos. Si el tiempo en que le ha caído en suerte vivir (habiendo nacido en 1932) es un tiempo en el que la lucha de clases provoca una división que se replantea en cada uno de sus aspectos o momentos –hasta la más profunda intimidad del individuo–, no puede por menos que aceptar esta división (igual que mi padre había aceptado su unidad: errando, y por lo tanto pagando atrozmente su error). Tal como mi padre nunca habría aceptado escindirse en dos, capaz hasta de matar –como matan los fascistas– por defender su unidad, asimismo Carlo, por el contrario, nunca habría aceptado fingir que era uno si en realidad estaba escindido en dos. Habría podido hasta dejarse matar, con tal de ser coherente con esta su realidad.

Es católico, y, por su carácter aquí descrito esquemáticamente, no podía sino verse abocado a ser un católico de izquierdas. Toda su infancia, desde 1932 hasta aproximadamente 1945, la pasó en una ciudad de la Romaña, en Rávena (la ciudad de mi padre). Y no veo qué diferencias sustanciales podría haber entre la Rávena de los primeros años del siglo, y la Rávena de la inmediata preguerra o posguerra. Hay por lo tanto un periodo en la vida del protagonista de esta novela transcurrido en un mundo que coincide a la perfección con el de la generación precedente, y casi diría que con todas las generaciones precedentes. Los niños se comportaban de idéntico modo con sus padres; las casas eran las mismas (nada de televisión, ni frigorífico, ni derroche de bienes de consumo; la función de calentar confiada a la estufa, y en habitaciones privilegiadas: no, por ejemplo, en los dormitorios, donde el calor lo daban cobertores y braseros de cama); idénticas eran las comidas; idénticos los olores que se percibían por las calles yendo a la escuela, por adoquinados construidos con diligencia e imprecisión artesana el siglo anterior; idéntico el renovado anuncio de cada estación, con olor a tierra y a no sé qué material quemado, mezclado al perfume de las glicinias, en primavera; un agudo olor de piedra sin olor o de tierra helada, en invierno; idéntica la escuela, desnuda, pobre, vieja; idénticas las personas, a las que los niños, en su visión desde abajo, ven como pequeños y miserables gigantes que saben lo que es la vida, que los transporta a otro lugar, en una variedad de relaciones inimaginable para sus hijos pequeños, que tienen las horas todas tan bien ordenadas y la vida enteramente unidireccional.

Idénticas eran incluso las autoridades –al menos hasta 1944–, o sea los fascistas: la pequeña burguesía que había exteriorizado sin tapujos, ya sin la coartada de la mala conciencia, todas sus peores cualidades; que por otro lado se confundían con las buenas. Mientras tanto, al mismo tiempo, todas las que durante siglos, quizá durante milenios, hemos sido habituados a considerar buenas cualidades, las encarnaba el pueblo; a quien no había contaminado ni la revolución campesina ni la primera industrialización, y seguía pues totalmente fiel a sí mismo.

Carlo, perteneciente a una familia acomodada, ha vivido toda esta parte de su vida igual que pudo haberla vivido mi padre; o, sin ir más lejos, el suyo (muerto prematuramente, era un noble propietario que vivía gracias a las rentas de tierras e inmuebles, rentas condenadas sin remedio a disminuir). Así pues el catolicismo de Carlo era una costumbre, estrechamente ligada a su infancia y a un periodo del mundo.

Se podría inferir, por tanto, que su honestidad moral, su inocente voluntad de no oponerse a su propia disociación, real, necesaria, histórica, podría ser también una de las tantas formas positivas que puede asumir ese contenido negativo que es la hipocresía. Sí, la vieja hipocresía católica, contrarreformista. Quiero decir que la disociación podía también derivar, al modo clásico (y clasista), de un mecanismo de conservación, como es bien conocido; y acabar coincidiendo con esa disociación “real, necesaria, histórica” que digo. La primera disociación estaría regida por la hipocresía católica, y acontecería fuera del dominio de la consciencia. La segunda disociación estaría regida por la honestidad del viejo mundo (católico, coincidentemente), y acontecería no solo dentro del dominio de la consciencia sino por la propia voluntad consciente.

Tan es así que hay dos Carlos, no solo uno.

Apunte 82. Dejar de ponerlo

Entretanto el otro Carlo, Carlo di Tetis, sintió con claridad, una mañana de esa misma primavera de 1973, que había llegado el final de su experiencia. Fue al despertar, bien entrado el día. Carlo el Pobre no llevaba una vida de pobre, y dormía hasta tarde, porque, para estar con los pobres, se retiraba muy tarde por la noche. Cuando regresaba a su habitáculo aún no estaba cansado, y en consecuencia tampoco contento; ya no había nadie por la calle, en ese momento de la noche que precede a la reaparición de la gente que se dirige a su trabajo. La oscuridad se vuelve melancólica, a esa hora, de una melancolía ecuménica, y más aún si el aire es límpido, si se distinguen los contornos lejanos de otros barrios de la ciudad, con sus luces inútiles, o el perfil de las colinas; o si, acaso, al cesar el viento, queda un olor de tilos o glicinias, estancado sobre las aceras resecas, sobre la tierra apisonada; y (desde unos arbustos en el terraplén de las vías, o en medio de un desmonte en el que nunca terminó de edificarse nada) canta como desenterrado pero extrañamente intacto un ruiseñor.

Estaba diciendo que Carlo se dio cuenta de que el tiempo de su fuga, de su evasión, de su soledad había acabado. Había creído que su elección estaba fuera de la historia y de la pequeña sociedad que lo circundaba como una selva horrenda e inextricable, convencido de que rechazarlo todo para pensar solo en una cosa –cuya repetición era siempre una revelación– era una acción sin posible final, nutrida de sí misma, no de las circunstancias sociales e históricas. Levantarse por la mañana, y buscar un muchacho, o varios, para hacer el amor, de inmediato, bajo un sol húmedo aún del relente de la noche y su santo silencio –buscando refugio entre matojos y vertederos, por los terraplenes de las vías o los desmontes abandonados, en chabolas habitadas por mendigos desperdigados ahora por la ciudad, en los váteres de las obras, en almacenes vacíos o en casas en ruinas plagadas de excrementos–, y continuar así durante toda la tarde –cuando los encuentros son más difíciles, raros, porque los jóvenes a esas horas trabajan, presa ya, también ellos, tan arbitrarios y ligeros, de las servidumbres de la vida–, hasta que llega la noche, la gran protectora de sus amores, cuyo límite es solo ese momento que precede al alba y al nuevo inicio de la vida cotidiana, la única que Dios bendice. A Carlo le parecía que esto lo era todo, y que como tal nacía y terminaba en sí mismo.

Pero no era así, la historia había cambiado y dotaba de nuevas apariencias a la vida, incluso a la que estaba fuera de la historia, la bendecida por Dios. Estas nuevas apariencias eran horribles. La burguesía las había determinado a semejanza de las suyas propias. La historia era eso. O mejor: la historia consistía en un burguesismo universal. Los encuentros mañaneros –desde siempre escasos– habían perdido su milagroso encanto. Se habían hecho tan infrecuentes que cuando se producían la angustia de su espera ya los deslucía. Y además los muchachos parecían haberse afeado de fealdad burguesa: habían perdido su prepotente ligereza, su falta de resistencia frente a la realidad, cuyos hechos parecían existir para alimentar su alegría, y en cambio habían adquirido una especie de timidez hostil. Sonreían mal, si es que sonreían; solo sabían chancearse. Los más se mostraban serios, como los muchachos del norte. Habían perdido la relación con su propio sexo aprendida de sus madres: una relación de glorioso narcisismo plebeyo. La relación que se tiene con un oscuro bien. El modelo al que adaptarse con dicha y humildad ya no se lo proporcionaban los barrios pobres. Intentaban imitar un horrible modelo estudiantil y burgués. Ya no se les veía ufanos de su pobreza, un estado que los hacía fuertes y viriles, mucho mejor que la riqueza, que los volvía gilipollas. Intentaban exhibir la delicadeza y la sofisticación de las costumbres pequeñoburguesas. A fuerza de oír respuestas exactas tipo test, habían empezado a dudar de la maravillosamente arrogante validez de su ignorancia; e incluso a avergonzarse de ella y a sentirla como una culpa. Su inocente piel oscura se había vuelto rosada por una estúpida blandura afeminada. Habían perdido la moral, llena de honor, del honor. El honor viril ya no contaba sino como puro conformismo, aprendido gracias a la nueva educación sentimental televisiva, que ensalzaba a la pareja como culmen absoluto de una vida feliz. No tener al lado a esa mujer que durante tantos años se les había negado, proporcionándoles la maravillosa gracia de la castidad y de la violencia sexual, se había convertido en una frustración social. La buscaban ansiosamente. Comenzaban con ella, por lo general aún más embebida que ellos del nuevo espíritu burgués, su iniciación a la vida, traicionando la iniciación entre amigos, que los volvía hombres. Ahora, la frecuentación precoz de la mujer, entendida así, como deber social, les hurtaba la espera del milagro sexual, que muy pronto se convertía en una costumbre obsesiva, una pequeña manía sucia; y al mismo tiempo los despojaba de su actitud viril ante el mundo. Tiempo atrás la inocencia volvía gentiles y atrayentes hasta a los poco agraciados, por las palabras ingenuas con que se expresaban, por el fervor con que contaban sus historias de pícaros ladronzuelos; ahora, por el contrario, hasta los más apuestos resultaban repulsivos, soeces casi, con aquellos pelos largos que les colgaban delante de la cara y se les desparramaban por los hombros, con aquella palidez insana que la neurosis expandía por sus rostros, con aquellas ropas que ponían al descubierto la mezquindad y la precoz flacidez de sus cuerpos. Entre ellos y su sexualidad se había levantado el muro de la juventud burguesa. A quien les daba la posibilidad de un desahogo fuera de la norma –pero natural para ellos, pues es puramente carnal– tiempo atrás le concedían su complicidad (viril) y su gratitud un poco brusca pero siempre ingenuamente franca. No podían dejar de hacer una caricia a quien adoraba su sexo, no estrecharle los hombros, no posar la mano en su nuca, revelándose incuestionablemente partícipes, algo por lo demás que ya revelaba la estupenda rigidez y la riqueza de semen de sus miembros. Ahora en cambio se mantenían encerrados en sí mismos, como estatuas. No atribuían a su sexo la belleza y perfección que sí le atribuía quien se lo requería. Tenían el sentimiento de culpa de un pequeñoburgués. El mundo los quería normales (¡normales!, una palabra que antes ni siquiera conocían) y ellos habían de secundar esta voluntad. Ocultaban pues su inevitable complicidad, con una expresión en la cara de espanto casi.

Si la situación era esta, ¿qué sentido tenía seguir viviendo en el Quadraro?

Se levantó y se vistió. Un grito en medio del vocerío del Quadraro, un grito de otros tiempos, una mujer implorando. Carlo consiguió vencer la conmoción que pujaba por convertirse a toda costa en un llanto de dolor, de dicha, de nostalgia, de rabia. Venció como vencen los santos.

Aquel 21 de mayo era por otra parte una jornada singular; la luz era fortísima, pero el cielo estaba completamente nublado, compacto, blanco. El sol se entreveía a través de aquel nublo como un cerco más blanco. Hacía un montón de años que no se veía polvo por las calles. Ahora sí. Agitado por un viento irregular, velaba el pavimento de las calles, las glorietas, los solares en construcción; parecían los arrabales de una ciudad árabe cercana al desierto, allí donde la arena se transforma en un polvo sucio y agobiante.

También en los alrededores de la estación Termini, donde Carlo llegó tras una hora de viaje en tranvía desde los arrabales, se veía aquella absurda barrera de polvo en suspensión. Era una hora insulsa, no había vida apenas. Tráfico sí, espectral, pero las calles en torno a la estación estaban casi vacías. Fue allí, en aquellas calles, donde comenzó todo, un atardecer lluvioso de 1969. Carlo lo recordó con la precisión de quien tiene la memoria de un poeta. ¿Fue justo? Sí, lo fue. No hay nada a lo que un hombre tenga más derecho que a la vacancia, la evasión, la desaparición, la soledad. La matriz que había dado los últimos frutos de la belleza estaba marchita. Helos ahí, dos idiotas, con el pelo hasta los hombros, uno, el otro con una cola atada con un cordel en la nuca. Ya eran mayores, no interesaban a nadie, vagaban como supervivientes. Pero su historia acabaría lentamente, y otra nueva comenzaría también lentamente, con contaminaciones, mezcolanzas, retrocesos y anticipaciones. El hecho es que para Carlo el final de una época y el principio de otra coincidían, pura casualidad, con aquel 21 de mayo de 1973. Carlo llegó a su casa, en esa calle de los Parioli que repugna al autor describir y hasta solo nombrar, “guiado” por un nuevo espíritu en el que curiosamente coincidían una absoluta novedad, una mirada de total ligereza sobre el mundo, y un sentimiento muy viejo de regreso y de rendición. Quizá el saber es inevitable, e inevitablemente lleva a la comprensión y al perdón. Pero la ligereza de este saber lo deforma y lo invalida; y la comprensión y el perdón acaban volviéndose un juego.

La casa de los Parioli estaba vacía, el Carlo que la habitara se había ido; pero todo estaba en orden. Parecía que el cambio de turno estuviera previsto: uno regresa y el otro se va. Las mismas razones que convocan a uno repelen al otro. Pero si regresar significa aceptar una situación negativa y degradante, irse no significa rechazarla; al contrario. Vea el lector en esta simetría una falsa simetría, y acertará. Quien retornaba, regresaba de una ilusión y aceptaba una realidad que era a su vez ilusión para quien se iba. En términos objetivos, la primera ilusión era altamente positiva; la segunda era fascinante, pero culpable. Y ese punto horrendo que había en aceptarla, se convertía casi en inocente al sufrirla. Un santo la aceptaba, un réprobo la sufría. Pero evidentemente no podía darse un cambio de atribuciones: el santo (es un decir) se quedaba en santo, y el réprobo en réprobo. Una vez que los ha determinado, la historia puede quizá contradecir sus datos, pero no cambiarlos; es impotente ante sus leyes y sus decisiones primeras, como Alá.

Estos fragmentos pertenecen al libro del mismo título que, con traducción de Miguel Ángel Cuevas, ha publicado la editorial Nórdica.

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