Phil Kelly: la silla invisible

0
254

El artista estadounidense Jimmy Durham propuso que las sillas son espías. Fundador del American Indian Movement, ha vivido en Berlín y en la Ciudad de México, entre otros lugares. Una tarde conversó acerca del tema con el pintor Phil Kelly.

 

 La idea de que las sillas son espías la enuncia así en su libro Entre el mueble y el inmueble (Alias, 2007): “la arquitectura no es orgánica, no es parte de la evolución, es una invención del Estado y un programa del Estado. Propongo aquí la tesis de que la arquitectura, como espíritu santo de esta entidad fantasmal y escurridiza llamado Estado, inventó las sillas. Las sillas son espías”.  A la vuelta de este enunciado Jimmy Durham dibujó en su libro una típica casa como las que los niños dibujan. Tiene puertas y ventanas en su fachada y a los lados, y del techo se desprenden los trazos de una silla. La casa está alineada sobre una línea de puntos que indican el horizonte.

 

 Sobre el tema de la silla como extensión del Estado Jimmy Durham conversó una tarde en la cantina La Mascota del Centro de la Ciudad de México con Phil Kelly, originario de Irlanda. Estaba de acuerdo con su interlocutor en que las sillas podían ser espías, pero se negó a aceptar que todas las sillas fueran mortíferas. Durham se extrañó de oír esas palabras, esperaba una adhesión quizás por parte del irlandés. No es que no le gustara polemizar, al contrario, sólo que había meditado tanto sobre el tema que no veía por dónde pudiera venir la réplica.

 

 Phil Kelly pidió otra cerveza y se dispuso a explicar por qué no todas las sillas son mortíferas. Jimmy Durham sólo pidió otra Coca-Cola. El irlandés dijo, después de darle un largo sorbo a su frasco de Corona: las sillas invisibles no son mortíferas. Ja, expresó Jimmy Durham, incrédulo y regocijado al mismo tiempo. ¿Y cómo puedes ver las sillas invisibles y, aún más, saber que no son mortíferas?, preguntó. Como única respuesta Phil Kelly extrajo del bolsillo de su chaqueta unos dibujos temblorosos y erráticos. Las arrugas del papel impedían seguir las formas con exactitud. Se reconocía al fondo el perfil de las torres de un templo. Jimmy Durham pensó en la Catedral Metropolitana construida durante la época de la Nueva España sobre los restos de la mayor pirámide azteca. El irlandés le señaló unas líneas curvas al pie de un muro. Ésta es una silla invisible, reía al decirlo. Jimmy Durham pensó que podría ser que Phil Kelly tuviera la razón. Una silla invisible contradecía el alcance absoluto de su enunciado de que las sillas son espías y mortíferas. En cualquier caso, lo de las sillas invisibles empeoraba su dilema.

 

 La llegada de un periodista que trabajaba para la revista Town & Country y quería entrevistar a Jimmy Durham interrumpió el coloquio sobre las sillas. Semanas después Jimmy Durham debió abandonar México y nunca más volvió a conversar con Phil Kelly, quien a partir de aquella tarde se entregó a pintar un cuadro que esclareciera su idea de que no todas las sillas son mortíferas. La silla invisible debía encarnar. Se tardó meses en terminar el cuadro, pintado al óleo como le gustaba. Lo tituló “Ciudad desnuda”. En éste se ve a una mujer desnuda sentada sobre la acera al pie de un muro ruinoso, los muslos sensuales y los zapatos rojos de tacón en los pies. La mujer parece hundida en la melancolía, un cuadro ajeno a la explosión de color y movimiento que la Ciudad de México siempre le despertó. Jimmy Durham volvió a pensar de cuando en cuando en la discusión inconclusa que mantuvo con Phil Kelly aquella tarde en la cantina mexicana. Le intrigaba el tema de la silla invisible.

 

Sólo un testigo pudo presenciar aquel debate sobre las sillas. Me habría gustado ser yo. Menciono todo esto ahora porque días atrás murió Phil Kelly (1950-2010) en la Ciudad de México. Queda su extraordinario arte.

 

 

 

Sergio González Rodríguez (Ciudad de México). Estudió Letras Modernas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es narrador y ensayista. Ha sido músico de rock, editor de libros y suplementos culturales y profesor en estudios de postgrado. Desde 1993 es consejero editorial y columnista del diario Reforma y del suplemento cultural El Angel. En 1992 fue Premio Anagrama de Ensayo (finalista ex aequo) en Barcelona, España, con la obra El centauro en el paisaje, y en 1995 recibió el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez. Dos veces ha sido becario de la Fundación Rockefeller. Autor de diversos libros, en 2002 publicó su relato sobre violencia, narcotráfico y asesinatos contra mujeres en la frontera de México y Estados Unidos titulado Huesos en el desierto, que fue finalista del Premio Internacional de Reportaje Literario Lettre/Ulysses 2003 en Alemania, obra que se ha traducido al italiano y al francés. En 2004 publicó la nouvelle El plan Schreber, en 2005 una novela titulada La pandilla cósmica y en 2006 su ensayo narrativo De sangre y de sol. En 2008 publicó su novela El vuelo y en 2009 su crónica-ensayo sobre decapitaciones y usos rituales de la violencia El hombre sin cabeza, ya traducida al francés. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México.