Pinochos

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Lo llaman periodismo de declaraciones. El presidente o el ministro, el político de turno, comparece ante los medios. Ya admite preguntas, pero sabe perfectamente qué debe decir y qué titular va a aparecer en los medios digitales en cuestión de minutos. El equipo de guardia de la redacción está para eso: redactar algo rápido con un buen titular para alimentar al monstruo. Quizá más tarde le envíe el compañero allí desplazado la noticia firmada. Para todo lo demás: Efe.

 

La fórmula de los ‘dos puntos-comillas’ hace es el mejor reclamo de clics. Impacto, le llaman. Punch. Dar un puñetazo, traducido al español. La prensa estadounidense, al menos, intenta devolver el golpe. Su objetivo, como explica el corresponsal en Washington Marc Bassets en una crónica publicada después del segundo debate presidencial entre Obama y Romney, es la búsqueda de la verdad.

 

En el citado cara a cara, el candidato republicano a la Casa Blanca acusó a Obama de no decir lo que sí había dicho. «Consiga la transcripción», respondió el candidato demócrata. Y la moderadora, que está lejos de ser un robot, le dio la razón a Obama. Una batería de fact checkers lo contemplaban a través de los televisores. Escuchaban cada palabra de ambos candidatos para comprobar su autenticidad.

 

 

El fenómeno no es nuevo. La prensa anglosajona, antes de que la crisis se comiera a pedazos las redacciones, acostumbraba a tener un equipo de fact checkers, una unidad dedicada a comprobar que cada uno de los datos que se publican son ciertos. ‘The New Yorker‘, que tiró su primer número en 1925, es una revista «elitista», «efímera», con cierto grado de «esnobismo», como escribe Alfonso Armada en ‘Diccionario de Nueva York‘. Pero la publicación «atesora probablemente el mejor periodismo que se hace hoy en el mundo». Buena culpa de ello la tiene su legión de fact checkers.

 

La novedad en esta última década, cuenta Marc Bassets, consiste en poner a estos periodistas al servicio de la actualidad. ‘The Washington Post‘ otorga Pinochos a las mentiras. ‘PolitiFact‘ es la web del diario ‘Tampa Bay Times‘ dedicada a esta tarea. Ganó el Pulitzer en 2009. «A estas alturas de la campaña –escribe Bassets– no está claro que la verificación sirva para algo, que el impacto emocional pese más que el rigor en los discursos. Pero a ningún candidato le gusta que le peguen la etiqueta de mentiroso. El periodismo consistente en recoger declaraciones de unos y otros siempre les resultará más cómodo».

 

En Holanda es la Oficina Central de Planificación (CPB, por sus siglas en neerlandés) quien se encarga de poner los pies en el suelo a los partidos políticos durante las campañas electorales. Su director está nombrado directamente por el Gobierno, pero su independencia y neutralidad está fuera de toda duda. «El CPB asume en periodo electoral una tarea que la ciudadanía respeta y los políticos asumen resignados: examinar sus programas y valorar su impacto en la economía», explica Beatriz Navarro en La Vanguardia.

 

Así, el ciudadano, votante en periodo electoral, puede comprobar cuáles son las consecuencias de las promesas con las que los bombardean. «Incluso sus detractores admiten que ayuda a disciplinar a los políticos y evita que las campañas sean meros ejercicios de retórica. Una cuarta parte del electorado afirma decidir su voto a partir de su informe». Los partidos no están obligados a enviar sus programas al organismo, pero ninguno con opciones de entrar en el Parlamento se atreve a no hacerlo. Nadie les tomaría en serio.