Platón no condenó la siesta

filosofía

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La calidad de las traducciones, puerta de entrada a una mejor comprensión de los textos filosóficos, es la clave para formar pensadores creativos

Dibujo de un hombre tropezando

n la Universidad franquista de finales de los sesenta se aprendía más en los intercambios entre compañeros que en las clases. Las aulas, los pasillos, el claustro o el bar eran lugares de encuentro y de organización de nuestros seminarios paralelos. Allí es donde comenzó mi formación: Marx, Freud, Saussure, Lenin, Althusser, Barthes, Nietzsche, Lacan, Foucault, Lévi-Strauss. Pero también fue allí donde tuve mi primer choque con las dificultades que las traducciones imponían a los lectores hispanohablantes.

       Se trataba de traducciones realizadas en Argentina o México, algunas también en España. En los seminarios se leía y sobre todo se discutía apasionadamente a partir de estos textos. No había más especialista en esas materias que nosotros mismos, por lo que en muchas ocasiones el resultado era de incomprensión radical: repetíamos las frases, los conceptos que habíamos leído, como si fueran versículos, como si su sola cita tuviera los efectos mágicos de hacernos penetrar en su verdad. Sin más autoridad presente que la del libro, la repetición textual se convertía en argumento de autoridad. Se fomentaba más la lectura dogmática que el pensamiento creativo. A mi modo de ver, las pésimas traducciones que manejábamos contribuyeron bastante a esta situación.

       Como ejemplo de lo que afirmo, partiré del texto en torno al cual se organizó uno de aquellos seminarios. Se trataba del libro de Althusser La revolución teórica de Marx. Nos había llegado la onda de que en Francia se estaba convirtiendo en un texto importante para realizar una nueva lectura del marxismo. Era el año 1968. La expresión fundamental en las discusiones era “estructura adominante”: la traducción decía “estructura a dominante”, y aunque no todos habían leído el libro, todos entraban en la discusión. Leída, la expresión es bastante incomprensible; oída, era claramente lo contrario de lo que Althusser quería significar. Si una sabía francés, se intuía la expresión original structure à dominante, cuya traducción hubiera debido de ser “estructura con dominante” o “de dominante”. Y si se estudiaba el libro, se entendía que Althusser la propusiera como medio para analizar en detalle una sociedad.

       El marxismo sostiene que la determinación en última instancia de una sociedad es económica. Pero en algunos textos de Marx se puede rastrear que el análisis de una situación concreta ha de aportar otros elementos igualmente fundamentales para comprenderla y, por supuesto, para cambiarla. Una sociedad es una estructura de niveles o instancias que posee dos principios de orden, uno determinante —siempre la economía— y otro dominante —que cambia según las sociedades: así, por ejemplo, la economía medieval determina que la religión sea dominante, o lo que es lo mismo, comprender la sociedad de esa época exige saber que las necesidades económicas se traducen en ideología religiosa.

       Repitiendo como papagayos que la sociedad era una “estructura adominante” no sólo no entendíamos, sino que además nos privábamos de la posibilidad de aplicar eso que estudiábamos a la realidad española, y así despejar algunas de las dudas que los marxistas, por entonces, se planteaban acerca del carácter de la revolución pendiente en España.

       Desde aquel momento, me volví desconfiada con las traducciones y eso me ha conducido a coleccionar una serie de ejemplos de los que expongo aquí una selección.

       Mi segundo ejemplo es Freud. Todavía hoy se traduce y se dice que el inconsciente está formado por material “reprimido”. Para ser más exacta y parafraseando a Freud (versión española), podemos leer que no todo el inconsciente es reprimido, pero todo lo reprimido es inconsciente. La palabra alemana Verdrängung, que en los libros de Freud en castellano se traduce por “represión”, significa “desplazamiento” o “apartamiento” y alude a lo que se aparta o se desplaza al inconsciente, a lo que queda desplazado o apartado de la conciencia. En francés se ha traducido por refoulement y en italiano por rimosso: en ambas se mantiene gran parte del significado original del término alemán. Hay que tener en cuenta que en ambas lenguas existe también el término répression y repressione como algo diferente de Verdrängung.

       Cuando ante una persona culta francesa o italiana dices que la versión española de Freud habla de inconsciente reprimido, sentencian inmediatamente: los españoles no habéis entendido nada del psicoanálisis. No les falta razón: el significado inmediato de la palabra “represión” alude a un comportamiento, no a un conocimiento. Una cosa es no reconocer la existencia de un deseo sexual y otra muy diferente ser consciente de un deseo sexual, pero no realizarlo debido a una situación personal o social: es la primera situación (deseo desplazado o apartado de la conciencia) la que puede tener graves consecuencias sobre la personalidad de alguien y no la segunda (deseo reconocido y no realizado, o sea reprimido, según el significado común del diccionario). Freud no advierte de los peligros de la represión para la salud mental, sino de los problemas que acarrea desplazar al inconsciente deseos o afectos que la conciencia no puede ni quiere aceptar.

       En una ocasión, leí un intento de traducir Verdrängung más correctamente: el traductor proponía inventar una palabra, “lo contencionado”. Está claro que no tuvo éxito, es casi imposible cambiar hábitos adquiridos durante tanto tiempo. Se ha incorporado espontáneamente a nuestro discurso hablar de represión sexual, confundiendo el culo con las témporas, es decir, lo que no queremos admitir con lo que no queremos o no podemos hacer.

       Con Nietzsche pasa algo parecido: es casi imposible decir las cosas de manera más correcta. Übermensch se ha traducido por “superhombre”, y todo el mundo habla de “la doctrina nietzscheana del superhombre”. Mensch, sin embargo, no es hombre sino humano, ser humano. En alemán, se puede decir que Ana es un Mensch y sería ridículo traducir que Ana es un hombre. Nietzsche quiere proponer con el concepto de Übermensch una superación de lo humano, una vida que vaya más allá de los límites impuestos por la moral cristiana, una vida “superhumana” más entusiasta, más dionisíaca: lo humano superado por lo superhumano. Por eso la muerte de Dios anuncia la llegada de una sociedad que ya no sucumbe al humanismo cristiano, una sociedad superhumana. Con una fuerte dosis de optimismo, Michel Foucault escribió, al final de Las palabras y las cosas, que estábamos ya en un periodo en el que se podía anunciar, después de la muerte de Dios, la muerte del Hombre. Más de un ignorante gracioso (y en algún caso era profesor de filosofía) ha replicado que, a pesar de que nos separan 40 años de aquella afirmación, los hombres no han desaparecido. No me extraña que una mala lectura promovida por una mala traducción haya terminado en esta sandez.

       Gilles Deleuze es un pensador que no ofrece una fácil entrada a su filosofía. Sostiene la necesidad de crear conceptos nuevos para hacer avanzar nuevas ideas, y eso lo impulsa a escribir palabras o expresiones a primera vista muy complicadas. Pero cuando además nos encontramos con una traducción que no nos ayuda sino todo lo contrario, el acceso a su filosofía se vuelve casi imposible.

Dibujo de una pareja bailando

       El deseo corre o discurre dans un agencement, afirma Deleuze: la traducción española dice “en un agenciamiento” . La palabra “agenciamiento” no existe en castellano. Eso no sería un problema, si Deleuze estuviera igualmente inventando una palabra, o si, puesto que está inventando un concepto nuevo de deseo, la palabra “agenciamiento” nos hiciera entender mejor su teoría. Pero resulta justo lo contrario. Aunque “agenciamiento” no existe, sí que existe “agenciarse” que significa “coger”, “apropiarse”. Por lo que cuando decimos que, según Deleuze, el deseo es un agenciamiento, el significado espontáneo es que se trata de una apropiación, y si se trata de adueñarse de algo es porque, sin duda, carecíamos de ello.

       En otras lenguas vecinas, en italiano por ejemplo, se ha traducido agencement por concatenazione, o sea “concatenación”: es una traducción correcta, ya que agencement tiene que ver con el poner en orden, disponer o colocar. Según Deleuze, el deseo es una construcción, una producción de nuestra fábrica inconsciente, que siempre organiza un conjunto concatenado de objetos: deseas a esa persona, sí, pero en esa ciudad, con esa ropa, con esos libros que ha leído y con esos paisajes en los que ha vivido. El deseo discurre a través de esa concatenación o disposición que has construido. Por eso no es carencia de un objeto, no es espontaneidad. No haces el amor con una persona sino con un mundo, es decir con un conjunto de objetos que has dispuesto de manera que, a través de ellos, estableciendo relaciones entre ellos, corre tu deseo.

       Todos los ejemplos que he ido desgranando hacían referencia a conceptos. Lo cierto es que un estudio atento de los textos puede suplir la mala traducción de un término. Al fin y al cabo, si son conceptos, su significado está en el contexto de una teoría, y es esa teoría la que hay que entender. Pero cuando la mala traducción afecta no a un término conceptual sino a una idea expresada en una frase, el conjunto de la teoría puede resentirse.

       La Carta VII de Platón no sólo es un documento interesantísimo para conocer algunos elementos de la biografía del filósofo, sino que además es un texto emocionante y, en algunos momentos, críptico. Nos cuenta sus tres viajes a Siracusa, intentando influir en la vida política de aquella corrupta ciudad. Ya de su primer viaje, cuando Platón tenía alrededor de 40 años, nos habla con escándalo: las costumbres de los siracusanos eran vulgares, inmoderadas. Se dice que los gobernantes y su corte se encerraban en palacio para dar fiestas que duraban hasta 90 días. En esas fiestas se comía, se bebía y se disfrutaba “de los placeres de Afrodita” sin freno. Platón consideraba que un verdadero gobernante era aquel que era capaz de gobernarse a sí mismo, lo que quería decir que su intelecto tenía que poner límites a sus apetitos. Si eso no lo sabía o podía hacer, entonces no podía tampoco gobernar a los demás. La moderación era una virtud que pertenecía a los mejores, pero desgraciadamente no eran los mejores los que estaban al mando de la política.

       En la traducción española, la frase en la que Platón condena el tipo de vida de los gobernantes de Siracusa dice más o menos que estos son capaces de comer y beber hasta el hartazgo incluso dos veces al día y que van a la cama no sólo una vez al día. Cuando la leí, me detuve y me quedé algo perpleja. Entendía que le pareciera mal que tanto la comida como la cena fueran exageradas y tuvieran como consecuencia borracheras y vómitos, pero no que criticara la siesta. En la traducción francesa decía otra cosa: decía que los siracusanos nunca se iban a la cama solos. Y eso ya tenía más sentido: Platón condenaba la falta de equilibrio que delata una líbido desenfrenada.

       ¿Un detalle sin importancia? Depende. Por una parte, son muchos los que piensan que la filosofía no se entiende, que a los filósofos les está permitido decir cualquier cosa, que es tan raro lo que dicen que te puedes encontrar con cosas sin sentido. Y las malas traducciones refuerzan esa mala fama. Por otra parte, la desconfianza en el texto que lees crece cuando te topas con algo así. Desde hace muchos años, desde el seminario sobre Althusser, siempre que puedo manejo junto con las traducciones españolas, traducciones italianas o francesas de los clásicos, cuando no soy capaz de leerlos en lengua original. Y, puesto que pienso que no soy la única en haber observado esas tropelías, la desconfianza deja en mal lugar al conjunto de las traducciones españolas.

       Mi último ejemplo se refiere justamente a mi experiencia como traductora. De entre los pocos libros que he traducido, uno fue los Escritos de Londres de Simone Weil. Cuando el texto me fue devuelto, corregido y revisado por la editorial, pude comprobar que la frase “un colectivo no hace ni una suma” había sido sustituida por “un colectivo no forma ni una suma”. Obviamente el corrector de estilo había querido mejorar o embellecer la traducción, que en este punto le debió de parecer demasiado plana o literal. Y afortunadamente me percaté de ello. Simone Weil repite hasta la saciedad que el pensamiento es algo individual. Que así como el trabajo físico puede hacerse en cadena, el trabajo intelectual, la reconstrucción mental de un argumento, se lleva a cabo en su totalidad, de principio a fin, en una mente individual. No se puede pensar colectivamente. Quien dice que existe el pensamiento colectivo confunde el pensamiento con la ideología, con la doctrina. Hacer una suma es una operación mental sencilla, pero una colectividad no podría ni siquiera hacer una suma.

       La traducción “un colectivo no forma una suma”, de haberse publicado, se habría añadido al conjunto de cosas incomprensibles de las que se supone que están llenos los textos de los filósofos. Y no habría contribuido al conocimiento de una filósofa excelente como es Simone Weil.

       ¿Es posible que la debilidad teórica de nuestro país esté vinculada al hecho de que las traducciones de los clásicos sean tan horribles a veces? ¿A que sólo en contadas ocasiones existan traductores reconocidos de tal o cual autor y a que, por el contrario, la mayoría de las veces un autor sea traducido por diversas personas, que no respetan entre sí la misma terminología? ¿Por qué no existe una edición de bolsillo, barata, de clásicos en lengua original con el texto traducido enfrente?

       La última vez que hice un seminario fue sobre Marco Aurelio. Tuvimos que pelear con diversas traducciones españolas, y sólo salíamos de dudas con la versión francesa acompañada del original griego. Sólo así podíamos saber si Marco Aurelio hablaba de pensamiento, alma, espíritu, inteligencia, entendimiento, o de qué. Cada versión empleaba conceptos diferentes, e incluso en una misma traducción se saltaba de un término a otro en casos en que el original empleaba siempre el mismo.

       Que no se me diga que los traductores son tradittori, porque en los ejemplos de los que he hablado se trata más bien de falsarios. La responsabilidad también es de las editoriales, que pagan mal, que no les importa el rigor de la traducción, que no buscan especialistas en la materia para revisar la corrección teórica de las traducciones, que no se atreven a publicar con el texto enfrente porque piensan que no es rentable.

       Estamos lejos de aquellos últimos años del franquismo, cuando leíamos con voracidad, sin entender apenas lo que leíamos. Quizá ha llegado el momento de que se fomente un acceso a los clásicos con más garantías: para ello, hay que revisar las traducciones, proponer nuevas, editar en bilingüe. Sería un modo de conseguir, para un futuro, pensadores creativos.

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Autor: Maite Larrauri

Fotografias: Ilustraciones Arnal Ballester