Playas

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Playa Punta Hermosa en 2021. Foto del diario La República de Lima

Alguna vez me senté sobre una roca a mirar el mar. Solía decir que era mi roca. Si volviera a encontrar hoy el camino (una subida sobre la arena reseca, un sendero marcado por los pescadores) creo que, después de todos estos años, descubriría que lo importante era el simple hecho de estar ahí: apoyado contra la piedra, viendo a los lobos tirándose de panza, a los pelícanos volando en el horizonte, a las olas reventando contra los peñascos.

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En 1999 decidí que después de unos trámites extenuantes por la mañana, no volvería al trabajo. Recogí a un amigo, nos fuimos hasta El Silencio, a cuarenta kilómetros de Lima. Nos sentamos en la arena, a donde nos trajeron un plato y dos cervezas. Seguí manejando. Vimos la puesta de sol detrás de las casas de Santa María. Entonces especulé que, de todos los días que venía trabajando en esa oficina, desde las 7 de la mañana hasta las altas horas de la noche, solo recordaría con intensidad aquel día.

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Hacía calor en Italia y yo había estado en Roma y en Florencia. Alguien me dijo que si quería encontrar el mar que me fuera al sur. Vi Sorrento en un mapa y un albergue barato para quedarme una noche. De la playa recuerdo unas escaleras, botes en el horizonte, un sol. Y que el agua estaba caliente. Me pareció trágico: tanto viajar para encontrar el agua caliente.

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Riazor. Me encantaría caminar de viejo, con un libro, por el ancho malecón de A Coruña. Tal vez tener mis libreros en una casa desde cuya ventana pudiera ver la bahía. Terminar el camino ahí. Algo tendrá que ver el hecho de haber celebrado alguna vez a San Juan en esa playa, con fogatas, mirando el mar.

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Nunca había dormido en Punta Hermosa. César me invitó a pasar unos días con la familia de su hermana en una casa a pocos pasos de la playa. Hay dulces memorias de unas calles de tierra que parecían de pueblo pequeño. También de un hombre enfundado en una wetsuit saliendo del agua con sus hijos, con sus tablas. Sin embargo, recuerdo que, metido en el mar, tropecé con una bolsa. Existe el recuerdo incómodo de verlas flotando.

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Una casa y muchos hombres. Todos eran hermanos. Contaban historias. Su madre recibía a las amigas y se las llevaba a otro ambiente, a un cuarto en el fondo, a jugar cartas. La playa se llamaba Pimentel. Estábamos de camino hacia Máncora pero pasamos esa noche conversando, riendo. Roberto trastabillaba de borracho. Gilda daba vueltas por ahí. La felicidad era eso.

 

Pd: Obviamente el título de esta entrada tiene que ver con el libro de Carlos Calderón Fajardo, Playas, que se debe leer.

 

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