Podemos y el PSOE, de adversarios a socios de coalición

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Un gobierno de coalición entre el PSOE y un partido a su izquierda. Parecía impensable. No sólo eso. Llegamos a considerar que la repetición electoral obedecía al deseo del PSOE de convertirlo en una opción imposible y, de este modo, favorecer un cierre de régimen, tanto en lo territorial como en lo socioeconómico. Pero al final, a la espera aún de la votación de investidura que tendrá lugar en los próximos días, ha podido ser.

¿Cuál ha sido la clave de que finalmente se haya podido construir un Ejecutivo del progreso? Algo ha tenido que suceder tanto en Podemos como en el PSOE para que haya sido posible el acuerdo.

Podemos nació del descontento con el orden político y económico que produjo la crisis y su gestión. Capitalizó el 15-M. Fue la manida “ventana de oportunidad”. También se cocinó en las discrepancias y disputas políticas existentes dentro de las organizaciones a la izquierda del PSOE. Y tuvo algún ingrediente oportunista, por supuesto, porque es algo muy humano sumarte a una fuerza emergente cuando tienes la sensación de que el barco en cuya tripulación te encuentras puede hundirse de un momento a otro.

En Podemos, por tanto, coincidieron varias familias ideológicas que tenían poco que ver, salvo en la sensación de que asistían a un momento histórico que podía darles la victoria electoral o, al menos, un resultado histórico en las urnas.

Del populismo a la IU refundada

En esa coyuntura efervescente encajaba el discurso populista, el ni de izquierdas ni de derechas, el los de arriba y los de abajo o la propuesta de enmienda a la totalidad del régimen del 78. Pero esos momentos de estallido social son, por su propia naturaleza, fugaces. Una vez superados, una vez calmados los ánimos, una vez algo decepcionados porque el triunfo esperado, aunque fue impresionante, no fue aplastante, mientras una corriente de Podemos (la encabezada por Errejón) continuaba apostando por la estrategia populista, atrapalotodo, Iglesias decidió virar hacia la izquierda clásica, que es de la que procedía. Las bases de Podemos le dieron un apoyo mayoritario a este último en Vistalegre II y Errejón decidió abandonar el proyecto para iniciar su propia aventura, que ya no es populista, que no es exactamente ecologista, que es algo así como progresista, urbanita, aseadita, emancipada del barniz de clase (trabajadora).

No sólo el origen ideológico de Pablo Iglesias fue importante para imprimir este viraje a Podemos. También, posiblemente, su análisis de la coyuntura. Pero, además, fue esencial el acuerdo con Izquierda Unida para concurrir juntos a las elecciones. Si hubo un tiempo en que varios de los miembros fundadores de Podemos se quejaron de que el PCE se estaba haciendo con los mandos del partido, quizás terminaron teniendo razón. Porque es posible que el PCE se diera cuenta de que su instrumento electoral, IU, ya no era lo suficientemente útil, o que había surgido una herramienta mejor y que había ampliado el campo. Unidas Podemos es, en la práctica, una IU refundada, a la que se han sumado, entre otros, nuevos elementos que se politizaron en la crisis económica y en el 15-M.

Podemos, desde hace mucho, se situó decididamente en la izquierda. Y desde hace algo menos, se mostró como heredero de los padres de la Constitución. Y de ahí la continua reivindicación que realiza Iglesias de su corpus social económico, al modo que también hacía Julio Anguita.

Evolución ideológica… y de su relación con el PSOE

Este camino ideológico de Podemos, ahora Unidas Podemos, ha corrido en paralelo al de su relación con el Partido Socialista, al que ha pasado de considerar “casta” o de recordarle desde las puertas giratorias a los GAL, a firmar un acuerdo de Gobierno de coalición (y antes a apoyar a Sánchez en la moción de censura contra Mariano Rajoy). Ha sido por necesidad. Por pragmatismo. Por evitar alternativas peores en un momento delicadísimo en España, marcado por una grave crisis territorial, una gran debilidad del Estado del bienestar y una bríosa emergencia de la extrema derecha.

La determinación de Pablo Iglesias de no darle a Pedro Sánchez la investidura gratis, o casi, y de garantizarse un Gobierno de izquierdas logrando asientos en el Consejo de Ministros parecía encaminada a no querer dejar escapar la oportunidad, quizás la última que podría presentársele, de presionar para poner en marcha reformas que, sin su concurso directo, veía de muy difícil aplicación.

El viaje socialista

El PSOE también ha protagonizado un largo viaje en estos últimos años. Y su evolución no se entendería sin incluir a Podemos en la explicación. El partido morado rompió el tablero en 2014 y 2015 y el mayor damnificado fue el Partido Socialista. Básicamente, porque dejó de ser un partido de izquierdas creíble. Su papel se asimiló al del Partido Popular y sus intereses, a los de las élites económicas. Podemos retó seriamente al PSOE y a punto estuvo de sobrepasarlo en las elecciones de 2015.

Pedro Sánchez logró, podemizándose, según le acusaban propios y ajenos y adversarios todos, rescatar al PSOE de su pasokización. Construyó un relato épico a su alrededor que fue una emnienda a la totalidad del discurso que propició su hundimiento electoral: no hay diferencias entre el PP y el PSOE. El “PPSOE” podría haber sido así antes de Pedro Sánchez, pero él se rebeló contra el ‘stablishment’ socialista, contra el propio Felipe González, y le ganó al “susanismo”, que representaba al viejo PSOE. Sánchez, con esta sintetizada historia personal, supo conectar con el espíritu de su época y recuperó muchos votantes que se habían ido a Podemos.

Pero en su victoria, Sánchez se cegó un poco. Sus triunfos electorales en abril y en mayo le hicieron pensar que recuperaba la hegemonía en la izquierda y que podría establecer los términos de su relación con el que consideró su subalterno y con todos los demás partidos políticos. No quería cerrarse a ninguno, quería tener las manos libres para pactar las cuestiones sociales con Unidas Podemos y las territoriales, con las derechas. Pero se encontró con que Unidas Podemos no pasaba por ello y con que las derechas no estaban por la labor de ponerle las cosas fáciles.

La opción, entonces, fue la repetición electoral. Se ha contado mil veces: el PSOE esperaba que Unidas Podemos y Ciudadanos se despeñaran. En ese escenario, a su costa, lograría una victoria mucho más holgada y, por tanto, una posición de mayor fuerza para las posteriores negociaciones. El PSOE apenas mejoró su resultado. Los roji-morados cayeron, pero menos de lo previsto. Ciudadanos sí se hundió. Pero la clave de la nueva disposición del PSOE para negociar con Podemos fue el fuerte crecimiento de Vox. No se podían permitir un nuevo error que le diera más aire a la extrema derecha.

Para sacar adelante la coalición, será necesario que Pedro Sánchez cuente con los votos o las abstenciones de partidos nacionalistas e independentistas en la sesión de su investidura. Es lo que, seguramente, quería evitar para reducir el grado de acoso que recibirá por parte de las derechas. Pero es lo que, probablemente, dé lugar a una oportunidad para resolver el problema territorial de España que convendría no desaprovechar.

Los retos

Ése es el principal riesgo al que se enfrenta el PSOE: el coste que le puede suponer “gobernar con los votos de los independentistas” y las potenciales contrapartidas que tenga que asumir (que podrían llevar a una solución del problema territorial español). Ésa puede ser la línea de flotación de los ataques de las derechas políticas y mediáticas. Esta cuestión también puede provocar tensiones internas dentro del socialismo, aunque, estando en el Gobierno, seguramente sean en voz baja.

Unidas Podemos, pese a que ha perseguido la coalición con denuedo (especialmente Pablo Iglesias, no tanto dentro de IU y mucho menos los Anticapitalistas), también se enfrenta a riesgos. El primero, el derivado de las diferentes posiciones de sus familias ante la posibilidad de la coalición: habrá descontento y críticas a toda cesión que se considere que Unidas Podemos hace al PSOE. No hay que descartar alguna ruptura. El segundo, el derivado de la posibilidad de que los socialistas sepan capitalizar mejor los logros de la legislatura que UPs.

En su conjunto, la coalición se enfrenta a una campaña de acoso y derribo de la que sólo hemos visto su arranque. En estas circunstancias es muy probable que sea muy difícil ser audaz con las reformas socioeconómicas y del modelo territorial que se puedan poner en marcha. Y también se eleva el riesgo de un próximo Consejo de Ministros con alto grado de conflicto, en función de cuáles sean las personalidades escogidas para conformarlo.

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