Poder o no poder. De eso se trata.

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Cartel del candidato a legislador por el condado de Westchester, Nueva York. Foto del autor.

Es un atardecer memorable. El sol cae detrás del colegio del pueblo y tiñe de un naranja intenso los árboles cuyas hojas también han cambiado a colores amarillos, ocres, rojos. Estoy parado al lado de un patio muy verde, amplio, que se extiende mucho más allá de la casa a la que pertenece, hasta una verja natural formada de arbustos no muy altos. Detrás de las matas se ven las canchas de tenis de la escuela.

Soy el primero en llegar. Miro a mi alrededor. Desde una mesa acomodada sobre el césped, donde ha ordenado unas bebidas y golosinas para los niños que van a llegar pronto con sus padres, David, el politico, se acerca hasta mí. Había visto su rostro en los volantes que tiraba el cartero en el buzón de mi casa, anunciando que quería ser elegido como legislador del distrito.  Me presento: nos conocemos a través de su esposa. Mis hijos y el de ellos son compañeros de clase. Se acuerda de mí, sonríe, me estrecha la mano.

*

Hace unas semanas supe que David era candidato. Lo sospechaba porque su hijo tiene el mismo apellido que yo veía en carteles clavados sobre el césped en los cruces de caminos, al lado de las carreteras locales que me llevan a las grandes autopistas del condado de Westchester. No es un apellido común. Sé que sus padres vinieron de la India. Él nació en Nueva York y tiene una trayectoria de casi 20 años en los negocios: asesora a corporaciones y empresas. Lo citan en la revista Forbes, en Bloomberg y en el New York Times. Aparece en programas de televisión. Dicta clases en NYU. También escribe novelas.

*

Eso lo supe porque el día del cumpleaños de mis hijos, citamos a sus compañeros en el parque, después de las clases. El otoño aún permitía poner un pastel sobre una mesa para cantar a coro el «Feliz cumpleaños». La esposa de David apareció con su hijo, se presentó. Le pregunté si estaba casada con el político cuyo nombre veía en todas las esquinas. Dijo que sí. También me dijo–más tarde, cuando ya hubo confianza– que además de libros de negocios, su esposo había publicado dos thrillers. Antes de irse me invitó a esta reunión de la que les he hablado: en la casa de unos amigos, cerrando su campaña, David iba a dirigirnos unas palabras. Iba a convencernos de que votáramos por él.

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Cuando estaba por terminar el colegio, la profesora de Historia del Perú, Inés Prado, me dijo algo que yo tomé como una crítica. Dijo que yo era «un lider nato» y agregó: «No estás haciendo nada con ello».

Muchas veces me he preguntado qué quiso decirme.

Yo he ido por la vida intentado confundirme con el resto (colegas, compañeros). Es verdad que hay proyectos personales que requieren algún tipo de liderazgo, sin embargo nunca he buscado un rol activo, organizando actividades que precisen mucha dedicación.

Por esos años yo escribía un fanzín con textos satíricos y caricaturas. Inés Prado había sido una de mis víctimas.

Yo distribuía fotocopias que iban de mano en mano por los pasillos de la escuela. Pensé que por ahí iba su comentario. Ella dedicaba mucho tiempo en la clase a enseñarnos sobre los privilegos de clase que retrasaron nuestro progreso como país. Creo que veía en lo que yo escribía algún talento. Y sin embargo veía también un esfuerzo futil: mucho tiempo desperdiciado.

Portada de una de las ediciones del fanzine El Recoletano, 1989. Foto del autor.
Otra edición del fanzine El Recoletano. Sátira que utilizó como personaje a la profesora Inés Prado (1989). Foto del autor.

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Un hombre con un pin clavado en la solapa del traje, talla XS, una autoridad local (¿un concejal?), se sube a las gradas que comunican el jardín con la terraza del segundo piso. Nos mira y dice: «¿Ven a esos niños?–señala a un grupo de diez chiquillos que corren bajo el hermoso cielo anaranjado. El voto no es por nosotros, que ya tenemos nuestra vida más o menos definida. No. Nuestro esfuerzo es por ellos. Por los niños».

Aplaudo. Miro a la muchacha parada a mi lado que acabo de conocer: Jill. Es integrante de la mesa directiva de la escuela. Antes, Jill me había estado interrogando: sobre mis clases en la universidad, sobre mi vida en los suburbios. Resulta que tenemos una amiga en común: una profesora de Lehman College casada con el director de la revista donde ella ha trabajado durante muchos años: City Limits.

–He is good– le digo a Jill, mientras los dos aplaudimos–refiriéndome a este político que intenta convencernos. Jill asiente.

Mientras lo escucho (y después escuchando a una candidata que había vivido en la Ciudad de México por 20 años: Francesca), me pongo a pensar en lo que se necesita tener para ser político.

¿En qué piensa alguien que decide ser un líder? ¿Qué lo empuja a David a subirse a las gradas después de los concejales, para explicarnos que, acompañado de su hija –una niña delgada, que luce despreocupada y hermosa con sus 9 años: we have knocked 8,000 doors in the last few months. David nos habla de sus conversations with more than 7,000 people. También nos explica que quisiera usar el dinero del condado para preparar profesionalmente a los ciudadanos que han perdido su trabajo a causa del covid.

*

¿Vocación de servicio? Yo no tengo ¿Deseo de figuración? Sí, pero lo trato de llevar sin aglomeraciones, sin ruido ¿Afán de poder? No. (Si lo tuviera, estoy convencido de que no sabría qué hacer con él).

Pienso en eso mientras camino hacia mi auto. Al salir veo un montón de carteles para llevar, de esos que he visto clavados en muchas casas. Me llevo un par. Mientras conduzco, pienso en si quiero clavarlos en mi patio. Sé que votaré por David pero no sé si quiero convencer a mis vecinos de que lo hagan.

A ambos lados de mi casa, los vecinos son republicanos. La familia que vive una casa más allá, una pareja de rumanos, ha pintado la bandera de Estados Unidos en la pared del garaje: no creo que quieran votar por David, un demócrata. Me pregunto si mi vecino brasilero, el gaúcho de Porto Alegre que vive a una cuadra de mi casa, es ciudadano de los Estados Unidos. ¿Deseo tocarle la puerta? ¿Convencerlo de que vayamos juntos a votar? Sospecho que no.

Entonces se me ocurre que podría tomarle una foto al cartel de David. Y empezar diciéndoles lo mucho que me gustó esa puesta de sol y lo bueno que estuvo ese discurso sobre usar el poder para hacer el bien. Pienso en que podría escribir sobre la profesora Inés Prado, cuando ella me preguntó (o mejor dicho: a ese chiquillo que era yo) qué es lo que yo iba a hacer con mi poder: con mi pequeño liderazgo.

Y pensando en eso, empecé a escribir.

 

 

 

 

 

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