Poder y oscuridad en Guinea Ecuatorial

0
194

Si quisiéramos mirar con mejor lupa los asuntos de la Guinea Ecuatorial, y aquí es donde uno se da cuenta de ello, vería que en el único lugar del mundo donde se habla de justicia, derechos humanos, libertad, es en la ONU. Es el único lugar del mundo donde los europeos, americanos, asiáticos hablan de elecciones libres. Van allí trajeados, se les da un turno y micrófonos, y sueltan sus discursos. Y el asunto termina ahí. Cuando se quitan estos trajes y se hacen civiles, olvidan el lenguaje de la diplomacia, y hablan de lo duro que es vivir en un país de negros. Fue esto lo que le pasó a Chester Norris, un caballero que tiene una calle en una zona residencial de Malabo. Ya hablamos de él; vino como embajador de los Estados Unidos, dijo lo que vio, se cansó de ejercer de aprendiz de policía y se tiró la corbata. Lo vimos cuando volvió, con la camisa arremangada porque sabía que iba a meter el brazo en los pozos de petróleo de Nigeria, que aquí explotamos como nuestros, para el particular medro de los que aquí mandan. (Este punto, el de quién es el petróleo, y de la mano larga de Chester Norris, se aclarará cuando lo quieran los guineanos, todos los guineanos.)

 

Cuando la ONU cierra sus puertas y descienden a Malabo los funcionarios, hablan el verdadero lenguaje de la vida, de lo que ven en Guinea Ecuatorial. Y es cuando se ve la verdadera faz de los cínicos de nuestra realidad. Hace unos años se creía que los extranjeros de raza blanca que llegaban a Malabo para trabajar en el negocio de míster Chester ponían el pie en el aeropuerto y eran llevados directamente a las instalaciones, donde seguían respirando los aires congelados del desarrollo de sus países. Cerca de las instalaciones quedaban los habitáculos que los acogían, y también los antros donde darían satisfacción a sus deseos contenidos. No, estamos hablando de simples lugares de ocio para que se entretengan mientras dure su larga estancia remunerada en nuestras tierras. Es decir, se creía que los voluntarios que acudían aquí a meter sus manos en el petróleo de Nigeria se aguetan  sin remedio, que solo se reúnen entre sí para recordar las historias de sus patrias abandonadas.

 

Pero un recorrido por la oscuridad de Malabo desmiente nuestra anterior certeza, ya que cuando uno se asoma por los locales prohibidos de esta capital se da cuenta de la ebullición que hay en ellos. En uno, situado en un lugar céntrico, se vive la alianza secreta de las potencias de la ONU, y es que en este local, puesto en pie por la rigidez monográfica de la cultura china, se dan cita los arribas citados para tratar sus negocios venéreos, desterrando los prejuicios anteriormente citados. Si se puede aclarar este extremo con mejor romance, se diría que individuos escurridizos de la potencia oriental, agazapados en la obscuridad reinante en la capital guineana, y obscuridad en su sentido global, regentan y medran al amparo de una casa de lenocinio cuya mercancía humana son las denostadas mujeres de la ribera norte de Yang Tsé Kiang y las que se escaparon de todas las aldeas guineanas porque en las provincias no hay piedra sobre piedra para que se pueda hablar de una edificación de la estructura vital del resto de guineanos. Estamos hablando, pues, de chinas y guineanas, que ofrecen su mejor carne para el deleite de gente a la que no volverá a ver cuando haya luz en Guinea Ecuatorial. De hecho, es gente a la que nadie vería de día.

 

Mientras escribíamos este artículo, se desató una lluvia en Malabo, y el que esto escribe, que ya dijo que vivía en un barrio con todas las comodidades pagadas por el Gobierno, tuvo que salir de manera imperiosa a poner los cubos para recoger el agua de lluvia, pues no queda cerca de su casa, y al amparo de las atenciones de las corporaciones locales, ningún punto de acopio de agua para satisfacer las sus necesidades domésticas, acrecentadas por la falta sobre la que escribe.

 

Pero quedaba algo urgente que aclarar: en dos ocasiones nos hemos referido al petróleo que da poder a los que aquí mandan como un recurso de la no república federal de Nigeria. (Cierto que estos nombres exigen versales en su apelación). Decimos que el hidrocarburo aquí explotado es nigeriano porque los que se benefician del mismo se comportan como si no fuera de todos, como si fueran ladrones, y que gracias al esfuerzo que hacen comprometiendo su buen nombre logran estos beneficios de este líquido que hay en nuestro submar. Se comportan, pues, como si pudieran decir “quien quiera los beneficios del petróleo, que lo robe como lo hacemos y se enfrente a las fuerzas de seguridad nigerianas”.

 

Hay una historia bíblica que podernos recuperar porque aclara en muchos puntos esta manera de proceder. No vamos a citar esta historia bíblica, para que los antiguos no se mezclen en nuestra vida. Lamentamos que la lluvia, inoportuna, nos haya impedido acabar este artículo como pretendimos. Y es que iba a dar mucho de sí el título. En realidad, la no materialización de nuestros esfuerzos se debe a la desidia de los que mandan, y vean todos los listos las paradojas que quedan encerradas en nuestra vida inmediata.

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.