Poderes, tristezas, vergüenzas

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La televisión cuenta la detención de los presuntos autores de la violación de seis turistas españolas en Acapulco y se ve algo curioso. El motel donde ocurrieron los hechos aparece rodeado por una cinta que dice: “Escena del crimen”. Traducción servil de otras cintas (“crime scene”) que vemos en las series norteamericanas; el llamado servilismo (lingüístico) basado, como casi siempre, en un error de traducción previo: crime (inglés) no significa sólo crimen, sino casi siempre delito, así que ellos lo ponen en cualquier caso; pero en castellano debería poner “escena del delito”, o algo parecido, ya que para nosotros el término crimen es unívoco. De todas maneras, teniendo en cuenta la frontera de más de tres mil kilómetros que les une/separa de Estados Unidos, en México no usan demasiados anglicismos. ¡No me quiero imaginar cómo hablaríamos nosotros si estuviéramos en su caso!

 

Un redactor de El País entrevista a la escritora británica Hilary Mantel. Ella le dice: “Mi salud, mi pobre salud, fue lo que me convirtió en escritora”. En inglés se utiliza poor cuando se quiere decir deficiente, escaso, de mala calidad. Se dice, por ejemplo, “a poor education«, que no quiere decir “una educación pobre”, ni tampoco “una pobre educación”. En este caso, la entrevistada dijo sin duda “my poor health”, es decir,  “mi mala salud”, pero tal como se tradujo parece que ella se compadeciera de su salud… Si uno dice “mi pobre hermano” es que se compadece de él. En cambio “mi hermano pobre” se refiere al hermano que no tiene pasta. 

 

Para variar, he recogido esta semana otros dos poderes con mucho poderío. Es una plaga, una enfermedad, un sinsentido convertido en la norma. Escucho a un historiador importante en la radio: “…la incapacidad política de poder hacer frente a…”. Prueben, por favor, a eliminar ese poder a ver qué pasa: ¡nada!

 

El segundo poder, también en la radio: “Ciudadanos que se ven obligados a rebuscar en la basura para poder conseguir alimentos”. Hagan lo mismo que en el caso anterior. Ya sé que la tristeza infinita está en esas personas que buscan comida en la basura. Pero es una tristeza añadida contemplar como personas instruidas machacan y afean sin piedad la lengua que nos vale para contar este mundo, con sus vergüenzas incluidas.

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.