Pokemon, una nueva adicción

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Si usted no tiene hijos menores de catorce años, es casi seguro que no tendrá ni la menor idea de lo que son los Pokemon. Pero si tiene hijos pequeños, seguramente habrá oído hablar de ellos. Y, posiblemente, los Pokemon sean una presencia molesta e insidiosa en su hogar, una extraña invasión de pequeños seres multicolores.

 

Los Pokemon aparecieron hace unos diez o doce años. Al ritmo que cambian las cosas últimamente, especialmente en el mundo de los niños, una permanencia tan larga y constante debería ya darnos que pensar. En un principio eran unos simples dibujos animados. Los Pokemon son algo así como armas o seres destinados a la lucha. Tienen aspecto de seres más o menos zooformes, y están metidos dentro de una esfera blanca y roja. El entrenador Pokemon, normalmente un niño, abre la bola en el momento necesario y saca al Pokemon. Cada Pokemon tiene unos poderes especiales que sirven para combatir a otros Pokemon. Una particularidad de los Pokemon es que pueden evolucionar hasta tres veces.

 

Con el paso de los años, los Pokemon se han refinado mucho. Han aparecido series de televisión, largometrajes, juegos de cartas, todo tipo de muñecos y, sobre todo, juegos de Nintendo. Han desaparecido las esferas rojas y el papel de los entrenadores, además de los malos del Team Rocket, unos malos muy kitsch que luchaban por «la verdad y el amor» (¿una parodia del idealismo soviético?). En los juegos de Nintendo el entrenador pasa a ser ahora el niño dueño de la consola. Y aparecen constantemente nuevos Pokemon. Hay cientos y cientos de ellos, todos con formas extrañísimas, poderes extrañísimo y nombres extrañísimos. Algunos amigos de mis hijos que van fatal en matemáticas, en lengua y en inglés, son capaces de recordar los nombres de hasta QUINIENTOS Pokemon, junto con las respectivas evoluciones y los poderes de cada uno.

 

Les voy a poner un par de ejemplos. Torterra, por ejemplo, es un Pokemon de nivel 45 (?), la segunda evolución de Tortuil, que evoluciona a Grotle y luego a Torterra. Parece una especie de tortuga verde que sostiene una robusta encina sobre la concha. Es tipo Planta y Tierra y tiene los poderes «Golpe Cuerpo» y «Lluevehojas». Así contado parece que tiene cierta lógica. Pero vean, por ejemplo, que los Pokemon se dividen en tipo Planta, Eléctrico, Fantasma, Psíquico, Volador, Dragón, Tierra, Roca, Lucha, Veneno, y mi clasificación favorita de todas: los tipo Normal. ¿Recuerdan la famosa clasificación de la biblioteca china de Borges? Pues algo así. Algunos son tipo Roca y Fantasma, otros Psíquico y Roca, etc. Es decir, una clasificación enloquecida que no clasifica nada. ¿Qué diferencia hay entre el tipo Roca y el tipo Tierra?

 

Los juegos de cartas de Pokemon son tan increíblemente complicados (hay libros enteros de reglas) que ningún ser humano podría ser capaz de jugar a ellos. El ajedrez, el juego más complicado que existe, cuenta con un puñado de fichas y un puñado de reglas. ¿Para qué tipo de seres superinteligentes están pensado los juegos de cartas de Pokemon? Los juegos de Nintendo son, por su parte, tan increíblemente largos que un jugador puede estar, por ejemplo, varios años jugando a Pokemon Diamante sin lograr terminar el juego. Mis hijos me cuentan las historias que hay debajo de esos juegos, sagas complicadísimas e interminables de seres intercambiables y niveles y mundos, historias imposibles de recordar, imposibles de comprender, sin principio ni final.

 

Me dan cierto miedo los Pokemon y también lo que pueden hacer a los niños que ocupan horas y horas de su vida en aprenderse sus nombres y sus poderes y en intentar conseguir los nuevos Pokemon que aparecen continuamente con poderes cada vez más complicados. Jamás habían existido juegos así. Ninguna generación de seres humanos ha gastado tanto tiempo mental en algo tan inútil, tan emocionalmente vacío, tan imaginativamente muerto.

 

Madrid, 1961. Escritor. Estudió Filología Española en la Universidad Autónoma de Madrid y piano en el conservatorio. Fue pianista de jazz y profesor de español. Vivió en Nueva York durante unos cuantos años y en la actualidad reside en Madrid con su mujer y sus dos hijos. Es autor de las novelas La música del mundo, El mundo en la Era de Varick, La sombra del pajaro lira, El parque prohibido y Memorias de un hombre de madera y del libro de cuentos El perfume del cardamomo. Ganó el premio Bartolomé March por su labor como crítico literario. Ha sido además crítico de música clásica del diario ABC, en cuyo suplemento cultural escribe desde hace varios años su columna Comunicados de la tortuga celeste. Su ópera Dulcinea se estrenó en el Teatro Real en 2006. Acaba de terminar una novela titulada La lluvia de los inocentes.

1 COMENTARIO

  1. Je, je, je. Recuerdo haber

    Je, je, je. Recuerdo haber ido al Rastro hace a lo mejor siete años o así a comprar los últimos Pokemon que le faltaban a Bruno, mi hijo mayor. Recuerdo que un tal Lugia era especialmente difícil de conseguir, y no nos marchamos hasta que dimos con él.

    Luego los olvidan. Como vestigios de esa época maravillosa quedan ciertos imanes de nevera. No creo que sean tan inútiles. Sospecho que familiarizan a los niños con un mundo que no es tan distinto de otros. En el mundo que tomamos por real, la gente también tiene poderes. Zapatero es también una especie de Pokemon, llamado Bambi por sus propios compañeros de partido, que estuvo de diputado en el Congreso unos diez años sin intervenir una sola vez.

    Cuando sustituyó a Almunia, de pronto adquirió sus superpoderes intelectuales y políticos, y ahora, llegado a la Presidencia Europea, se encuentra inmerso en una nueva mutación. Por alguna desafortunada conjunción, los superpoderes que maravillaban al votante español parecen haberse esfumado.

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