Políptico barroco. Marcello y la nostalgia de la patria

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Marcello y la nostalgia de la patria

 

Benedetto zarpó de Venecia en un navío de guerra armado con veinte cañones que iba a Corfú. Su desolación era completa. Ningún aristócrata romano condenado a pasar el resto de su vida en el peñasco de Serifos o en la isla de Pandateria, donde Nerón arrojó a Octavia para casarse con Popea, se sintió tan mal al abandonar la patria. Durante la travesía se desató una horrible tempestad que a punto estuvo de hacer zozobrar la embarcación y cuando llegó a Istria, el territorio de cuyo gobierno iba a hacerse cargo y del que procedía la piedra blanca con que se construían las fachadas de los palacios e iglesias de la capital, no estaba seguro de haber sobrevivido al viaje.  

La península pertenecía a la República desde hacía cuatro siglos y continuaba desempeñando un papel fundamental en la seguridad de la navegación por el Adriático. La sede del gobierno se encontraba en Pola, ciudad situada en el vértice meridional, a orillas de una bella bahía. De acuerdo con los informes de los geógrafos de la Serenísima, a su lado se extendía una campiña llena de pinos, hierbas aromáticas y arbustos silvestres que daba paso a un terreno abrupto y rocoso. De clima benigno, la zona tenía fama de insalubre, causa de su escasa población. A ello habían contribuido las correrías de los piratas que usaban como refugio los islotes situados a lo largo de la costa. Mantenerlos a raya era una de los deberes del gobernador.

La designación afligió a Benedetto. Los honores del cargo, relativos tratándose de un hombre de su rango, le parecían poca cosa comparados con las renuncias que acarreaba. Nada podía hacer, sin embargo. La constitución veneciana reposaba en el principio de que quien posee el derecho a gobernar tiene asimismo la obligación de hacerlo. Los Marcello, una de las familias fundadoras de la República, ocupaban una posición de prestigio en el patriciado y ello les obligaba a estar listos para asumir en cualquier momento las funciones militares, administrativas y de representación que aquella reclamaba. Era una carga gravosa para cualquiera, aunque más tratándose de alguien consagrado a la música. Encima de un glaciar o en medio de un desierto no se sentiría tan solo como iba a encontrarse en Pola. Lamentablemente, los deberes hacia el Estado tenían una prevalencia absoluta sobre los motivos personales. Cuando éste lo demandaba, había que abandonarlo todo, incluidas las Musas.

La administración de Istria no era una responsabilidad de primer nivel, aunque esto apenas preocupaba al nuevo gobernador. Tampoco su carrera oficial había sido brillante. El puesto más importante que había desempeñado era el de miembro de la Quarantia Vecchia, el tribunal responsable de los procesos civiles. La carrera judicial era la mejor alternativa para los miembros de las casas venidas a menos. Los Marcello tenían entonces más abolengo que recursos y no podían aspirar a otra cosa. De hecho, se habían visto forzados a hipotecar varias propiedades para afrontar las necesidades familiares. El compositor ocupó durante diecisiete años esa respetada posición sin soñar con cambiarla. ¿Qué importancia tenía su carrera oficial cuando su vocación verdadera era la música?

Pola significaba el destierro, una especie de ostracismo. Alejarse de Venecia, a su edad y en su situación, era un desastre. No añoraba las estancias guarnecidas de damasco y los ricos tapices del palacio familiar; tampoco envidiaba el fastuoso destino de sus parientes –pensaba en su primo Pietro Capello, embajador en Madrid-, pero un artista como él no podía vivir sin teatros y salones. Durante el viaje, en medio de la tempestad, mientras atravesaba el Adriático, se le ocurrió imaginar si no estaría pagando ahora la ferocidad de las críticas que había dirigido a sus colegas en un panfleto que se hizo famoso, El teatro a la moda. Su actitud fue demasiado intolerante, fruto de una mezcla fatídica de circunstancias. Al conocimiento profundo del arte musical se unía su condición de diletante que ejerce la profesión por placer y un temperamento dominado por un espíritu burlón, elementos que en manos de un hombre de principios derivan con facilidad en intransigencia. Por si fuera poco, su posición social le permitía fustigar los vicios ajenos sin temor a las consecuencias. Alguien como él, capaz de poner música a una carta en prosa o componer un madrigal acerca de los testículos de los castrados, difícilmente podía dar con una ocupación que le complaciera tanto. Claro que si se hubiera limitado a condenar la degeneración del lenguaje operístico sin censurar a sus colegas por someterse a la servidumbre del público ahora no lamentaría su rigor. Había sido injusto con ellos acusándoles de transgredir los ideales de pureza creativa que sólo están en condiciones de respetar los hombres de su rango. Se daba cuenta con retraso de que, igual que el patricio debe abandonarlo todo cuando la República reclama su servicio, el músico profesional tiene que sacrificar sus ideales estéticos a fin de alcanzar el reconocimiento que garantiza su subsistencia y la de sus familiares. El castigo por haber hablado tan alto desde su torre de marfil era aquella expatriación a la que le condenaban, sin pretenderlo, sus hermanos de sangre.

El teatro a la moda se publicó anónimamente en el año 1720. Su resonancia fue enorme. Los aficionados a la música no hablaban de otra cosa. ¿Quién era el autor?, ¿quién el blanco de sus críticas? Esto último estaba claro. En el frontispicio del libro podían leerse esta frase: “estampado en villa Belisaria por Aldiviva Licante”. Aldiviva, o sea, Vivaldi. Un niño de pecho lo habría descubierto. Por si hubiera duda, en el dibujo que acompañaba al título aparecía una barquichuela con un ángel vestido de sacerdote tocando el violín. Cierto que no había nada indigno en esto, era incluso un elogio. El prete rosso carecía de rival como violinista. Su virtuosismo era lo más parecido que había en el universo a los ángeles. El problema es que había puesto su talento divino al servicio de lo más bajo, no de lo más alto. La estampa lo expresaba con claridad. El ángel impulsaba con su música el barco de la ópera, identificada con el teatro de San Angelo, en donde solía estrenar Vivaldi. No cabía ninguna duda sobre el sentido último de la ilustración porque el barquero que remaba a dos manos en la imagen no podía ser otro que Modotto, propietario de un negocio de barcas además de empresario del teatro, y el gran oso sentado delante, en la proa, encima de unos sacos y un barril de vino, su socio Orsatto, quien se ocupaba de trapichear con las bebidas que se consumían durante el espectáculo. ¿Podía pensarse algo más zafio que un auditorio de gente que come y bebe a la vez que asiste al desenlace de una tragedia?

 

Detalle portada Teatro alla Moda

 

En realidad, no había criticado sólo la supeditación de los intereses estéticos a los comerciales, se había burlado de todo, incluidas las dedicatorias de los libretos, a menudo dictadas por la cruel necesidad. “El maestro o el poeta cierran su dedicatoria besando con profundo respeto las pulgas de las patas del perro de su Excelencia”. Él era una de esas excelencias y había tenido que venirse a Pola para percatarse de lo injusto que fue con sus colegas. ¿Acaso los patricios no estaban obligados a hacer concesiones y renunciar a su libertad? Vivaldi, por ejemplo, tenía en cierto modo más posibilidades que él. Quizá por eso restó importancia a la sátira. “Hagamos –comentó- lo que aquel noble joven sirio que no abandonaba la presencia del sultán sin cerciorarse de llevar la cabeza bien puesta sobre los hombros”. Y luego, cuando le preguntaban qué quería decir con esto, se quitaba el asunto de encima con el pretexto de no tener tiempo para polémicas. “Me he reído muchísimo con el panfleto y, además, estoy de acuerdo con su autor”. Nadie, de hecho, conocía mejor que él las concesiones que había que hacer a un público que acudía a los teatros para divertirse, sólo para divertirse. La diferencia entre el respetuoso silencio con que eran acogidas sus obras en la Pietà y la cháchara inextinguible del San Angelo no podía molestar a nadie tanto como a él.

Benedetto envidiaba la serenidad de Vivaldi, su inconsciencia. También él había disfrutado de ella en su juventud, cuando consagraba sus obras a los celos, el amor no correspondido, la separación forzosa, la desesperación de los amantes, la lucha entre el deseo y la virtud, emociones acordes con la vida que entonces llevaba. Luego sufrió una metamorfosis y su música se volvió introspectiva y compleja. Estaba harto de los amores de Flora y Filomela, harto de ríos rumorosos y ninfas abandonadas, de cupidos flechadores y flores aromáticas. Ya no le interesaba el mundo paradisíaco al que los músicos de su generación solían trasladar los conflictos sentimentales de los seres humanos, sino bucear en estos, adentrarse en su corazón.

Con la edad, la tendencia introspectiva se transformó primero en moralismo y luego en religiosidad. Era un itinerario coherente con su temperamento, su bagaje intelectual y el conocimiento que poseía del arte compositivo y la tradición. Alessandro, su hermano, había recorrido antes el mismo camino. De los procaces epigramas latinos inspirados en Catulo había pasado a los sonetos dedicados a la gracia divina y el Redentor. Fue un proceso lento. Al principio se conformó con adoptar la actitud de un celoso defensor de la tradición y el buen gusto. Condenaba las sofisticaciones barrocas en nombre de la simplicidad de los antiguos. Luego fue más lejos y criticó a varios colegas a los que acusó de poseer el arte musical, aunque no el talento para componer obras inspiradas. Entre los afectados estaban dos compositores de relieve: el maestro de la capilla marciana, Antonio Biffi, y un alumno de Legrenzi, Antonio Lotti. Pero las críticas fueron radicalizándose hasta abarcar a la totalidad del mundo musical  y, en cierto modo, a toda la época. Sin advertirlo, pues además de crítico furibundo era autor prolífico, estaba quemando sus naves con aquella propensión inquisitorial. En el futuro, para ser congruente con sus ideas no le quedaría otro remedio que abordar los asuntos más elevados prescindiendo de los recursos habituales del lenguaje contemporáneo, desde las progresiones cromáticas a la ornamentada sonoridad a la que estaba habituado el público veneciano.

Los Salmos fueron la respuesta. La obra sorprendió. Todos quedaron perplejos con su sencillez y su gravedad. La gente se arremolinaba en la calle para oír los ensayos. Era increíble lo que había hecho con tan pocos ingredientes. El uso de melodías de la sinagoga revistió además a la partitura de un aire exótico, popular. Ésta iba dirigida sin embargo a los eruditos. Para dejarlo claro, Benedetto se empeñó en ilustrar los ochos tomos del Estro poético-armónico (así había titulado la colección) con grabados de Sebastiano Ricci llenos de ocultos significados musicales, añadiendo, aquí y allá, ejercicios de contrapunto obligado de difícil resolución. No contento con esto, excluyó el violín, al que Monteverdi otorgó la primacía en la orquesta y sus paisanos creían imprescindible. No sólo pretendía distanciarse de ellos, sino retornar a la época en que Andrea Gabrieli compuso sus propios Salmos. Y lo había logrado. Había demostrado que podía crear algo nuevo practicando la simplicidad que defendía como adalid de la tradición. Tenía que admitir, de todas formas, que su sentido de la piedad era demasiado complejo para el público, incluso el público refinado. Barruntaba que el problema estaba en él. También Vivaldi era hombre piadoso y, sin embargo, sus composiciones fulgían con una claridad cristalina. Escuchándolas, se tenía la impresión de que el autor era como esos poetas que no se preocupan jamás por buscar la palabra justa porque antes de pensar en ella ya le ha saltado a los labios. La música que Vivaldi dedicaba a Dios fluía como un arroyo de aguas claras y profundas, mucho más profundas de lo que su trasparencia hacía pensar a primera vista. A menudo pensaba que esa aptitud guardaba relación con la libertad con que se servía de los principios de los maestros. Otras, la atribuía a su condición social. Vivaldi podía permitirse no pensar. El destino de la República o los problemas de la salvación no le interesaban. Un sacerdote como él probablemente no experimentaba ninguna dificultad creyendo que es posible una vida plena desde la fe. Benedetto creía firmemente, pero de manera tortuosa. ¿Por qué Dios había creado al hombre sabiendo que se perdería?, ¿no era esto como cortarle las alas y reprocharle luego su ineptitud para levantar el vuelo? Vivaldi no se preguntaba por estas cosas. Si el hombre había caído una vez, Cristo lo había salvado. La gracia devolvía al mundo su sentido. Quizá por eso sacaba sus argumentos de las cosas menudas: el canto de los pájaros, una tempestad, las estaciones. Esas cosas, conjuradas por él, brillaban como si acabaran de salir de las manos del creador. Si en la naturaleza todo se dispone de modo que su posibilidad estriba en que mantengan entre sí las distancias justas –bastaría con que la Luna o el Sol estuvieran más cerca o más lejos de la Tierra para que la vida fuera imposible-, Vivaldi se encontraba situado justo en el punto donde cabe gozar plenamente de todo, Dios incluido.

Él, en este momento de su vida, se sentía ya menos un músico que un hombre al borde del abismo. El misterio de la existencia era lo único que ya le preocupaba. Su tendencia, desde que retornó a la fe, era saltar al vacío en la esperanza de que algo lo sujetara antes de caer, una mano que fuera más que una mano. Era lo que había tratado de expresar en su Réquiem, la última obra que había compuesto y con la que daba por cerrada su carrera musical. Su espíritu creativo estaba agotado. Había llegado al límite de sus fuerzas y no estaba en condiciones de ir más lejos. Realmente no le quedaba más que hacer. Sólo poseía la nostalgia de un tiempo en el que conoció la plenitud. El problema es si podría sacar fuerzas de esa nostalgia para asegurarse el vigor que necesitaba para seguir viviendo.

Cuando el abatimiento y la desgana eran mayores solía asaltarle un pasaje del Evangelio en el que se compara la vida del hombre infeliz con la del pescador que tira de las redes vacías. La había usado a menudo en sus poemas sin pensar en ella, como un recurso retórico, pero en su situación actual reflejaba mejor que nada su estado interior. En realidad, ni siquiera echaba ya las redes. El violonchelo que había traído a Pola y al que no se había acercado ni una sola vez podía atestiguarlo. Los tiempos de la plenitud habían pasado, y aunque no anhelaba como antes el placer o el reconocimiento, sentía nostalgia de ellos. La providencia le había concedido el don de sentirse durante años como una cuerda bien afinada. Ahora, en cambio, la vida le pesaba, no podía dejar de pensar en ella. La edad lo había desafinado.

Su salud y su ánimo se resentían a causa de estos pensamientos de los que no podía liberarse. Saber, además, que tendría que permanecer aquí año y medio, el plazo mínimo fijado por la ley, le horrorizaba. La tensión nerviosa debilitó su mandíbula hasta que los dientes empezaron a bailar en las encías y a caer uno tras otro. De la noche a la mañana envejeció quince años. La muerte parecía trazar en torno a él círculos estrechos antes de lanzarse en picado y destruirlo. Sus deberes, sin embargo, no eran tan pesados como supuso al principio. El examen de documentos, las reuniones con ciudadanos, la inspección de edificios o los balances económicos eran tareas llevaderas. Lo peor era el sin sentido personal de todo aquello. A menudo evocaba las palabras de Juliano cuando tuvo que abandonar Atenas para asumir el gobierno de la Galia: “¡Ay Platón, qué tarea para un filósofo!” Cumplía las órdenes que le llegaban de la capital, aplicaba los reglamentos, se hacía cargo de las necesidades de los ciudadanos, pero era incapaz de poner el corazón en nada de lo que hacía. Además, y pese a respetar el consejo de su hermano de dedicar la primera parte del día a las Musas y Dios, la segunda a las obligaciones del cargo y la última a los placeres, no lograba encontrarse bien. Ni siquiera los invitados que recibía una vez por semana (emisarios de paso, oficiales de la flota, familias de la región), le entretenían lo más mínimo. Él, tan aficionado en su juventud a las mujeres, tampoco se interesaba ya por ellas. Claro que: ¿cómo comparar a las mujeres de Pola con las patricias venecianas, flor y nata de la femineidad?

Lo mejor, pensaba a veces, sería morirse, desparecer para siempre. Imaginaba que cuando esto ocurriera su cuerpo sería trasladado a Venecia y que allí, a pesar de carecer de sentidos, reconocería la luz y el olor de la laguna. Se conformaba con eso. Prefería ser un cadáver en la iglesia de la Magdalena, donde yacían sus antepasados, a vagar como un alma en pena por las tierras de Istria. La muerte no era peor que aquel enterramiento en vida. Le había ocurrido ya una vez y sabía de qué estaba hablando. Una noche cayó en una fosa abierta en el templo. ¡Quién podía imaginar que alguien levantaría la lápida de una tumba y la dejaría así, sin avisar a los feligreses! Claro que él no era un feligrés, sino un hombre con intenciones pecaminosas. No era la primera vez que se citaba allí con la mujer que el diablo le buscó para perderlo. Tras la caída, su mente se abrió por entero. Precipitarse en una sepultura es una experiencia escalofriante incluso cuando se profesa el más grosero materialismo. Pero él no era un materialista, e interpretó el hecho como una advertencia del cielo. No recordaba los detalles. Sólo que de repente estaba dentro de la fosa, con las manos y las rodillas desolladas. No se había roto nada, pero al comprender donde se hallaba el pánico se apoderó de él. La madera del ataúd sobre el que había caído parecía resquebrajada y a través de las rendijas creyó percibir un olor nauseabundo. Menos mal que podía salir de allí sin ayuda. Fue entonces, al apoyar los brazos en el pavimento de la iglesia, cuando entró su amante. La visión de un cuerpo saliendo de una tumba la hizo correr vociferando como una loca. Sus chillidos reverberaron en la nave varios segundos, el tiempo justo para que a él se le pasara por la cabeza toda su vida de pecados. Benedetto no era Don Juan. Había comprendido con claridad el aviso del más allá y no estaba dispuesto a volver a las andadas.

Ahora amaba a Rosanna Scalfi, su mujer, pero no había podido traerla consigo. Era imposible. Se habían desposado en secreto. Las autoridades del Estado no sabían ni podían saber nada. Ella procedía de una familia humilde, hija de una lavandera. Jamás olvidaría la tarde en que la conoció. Era verano y las ventanas de su habitación estaban abiertas. Por el Canal Grande pasaban a esa hora barcas de mujeres que cantaban alegremente. En cierto momento escuchó una voz cristalina, brillando sobre todas como una perla. Asombrado de su perfección, corrió en busca de un criado y le ordenó que invitara a aquellas muchachas a su casa. Rosanna le gustó. Tenía una voz maravillosa y miembros hermosos. Él le ofreció su protección y le enseñó a modular su instrumento. Poco a poco se enamoraron. Aunque la diferencia de edad era respetable –veinte años- él se hallaba en la flor de la vida. Alessandro, su hermano, toleró la relación hasta que supo que pretendían desposarse. Se puso furioso. Temía, dijo, el envilecimiento de la sangre familiar. Él buscó una solución intermedia alquilando una casa para Rosanna y su madre, pero ella, al fin y al cabo una mujer honesta, supo tirar de la cuerda y, al final, el único medio de alcanzar sus favores fue el matrimonio. La situación resultaba incómoda porque Benedetto seguía viviendo en el palacio familiar y debía continuar haciéndolo a fin de guardar las apariencias. Hacía cuatro años de esto, aunque el asunto, por fortuna, no se había hecho público. De otra forma su nombre habría desaparecido ya del libro de oro del patriciado. Claro que tal vez lo habían enviado a Pola para apartarlo de ella y evitar el escándalo. A menudo se preguntaba si no habría sido mejor renunciar a ella. “!De todas las locuras que llenan el mundo –recordó un aria de la última ópera de Vivaldi- la más grande es sin duda el amor!” 

Tal era su estado de ánimo cuando, a los dos meses de llegar a Pola, mientras paseaba por las viejas callejuelas de la ciudad, un aguacero le obligó a refugiarse bajo el arco triunfal de los Sergios. La lluvia le gustaba mucho. Pocas cosas le agradaban tanto como el olor a tierra mojada. Venecia es uno de los pocos lugares del mundo donde ese olor rara vez se percibe y, quizá por eso, le embelesaba tanto. Junto a él, compartiendo el exiguo espacio seco garantizado por la construcción, se hallaba una anciana envuelta en harapos que se apartó respetuosamente. Benedetto se secó con un pañuelo mientras contemplaba la obra. Le llamó la atención la imagen de la dovela central: un águila que sujetaba con sus garras el cuerpo de una serpiente. El eterno combate entre el cielo y la tierra, la virtud y el instinto. Los seres humanos llevamos siglos interrogándonos por las mismas cosas. La idea le reconfortó. Movido por su repentino buen humor, sacó una moneda de oro, un ducado con la cara regordeta del dogo Ruzzini, y se lo ofreció a la anciana. La mujer, que nunca había visto semejante cantidad de dinero, se deshizo en cumplidos y le ofreció en señal de gratitud el colgante que llevaba en el cuello. “Es un hueso de Scanderberg -le dijo-, su excelencia debe llevarlo siempre encima, le ayudará a combatir la melancolía”. El gobernador supo luego por un secretario que el cadáver del héroe albanés, sepultado en Lezhë, había sido profanado siglos atrás por los soldados turcos, convencidos de que confería vitalidad inusitada, y que sus reliquias circulaban por la península de los Balcanes como remedio contra la impotencia.

Benedetto no tomaba en serio las supersticiones populares, pero cuando llegó a su despacho se había disipado la niebla interior. La serenidad retornó a su alma como cuando un viento empuja la borrasca que ennegrece el cielo y se la lleva muy lejos. Por primera vez sintió en aquel lado del Adriático algo parecido a la dicha. No esa felicidad que acompaña a la realización de los deseos, sino algo más profundo: la felicidad de sentir el deseo de vivir. Ni siquiera le molestó la presencia de los funcionarios que le esperaban para inspeccionar el estado de la celda donde murió Crispo, el primogénito de Constantino. El paseo le agradó y aunque la construcción carecía de interés, la historia del parricidio le gustó mucho. Mientras oía el relato, se sorprendió incluso pensando en aprovecharlo para elaborar un melodrama similar al que compuso años antes sobre la muerte de Cómodo. 

De vuelta, ordenó que le abrieran la catedral. Por primera vez en meses sintió necesidad de la música. El templo, consagrado a la Asunción de la Virgen, poseía un órgano notable sobre el que se afanaba torpemente cada domingo un joven inexperto. Cuando el obispo se enteró de la petición del gobernador acudió él mismo acompañado de varios sacerdotes para saber qué pasaba. Benedetto departió un instante con él e inmediatamente apareció el sacristán con las llaves de la cancela de acceso al órgano. Mientras prendía las lámparas, el capellán preguntó si deseaba alguna partitura, pero él negó con la cabeza y comenzó a subir por las escaleras. Todos sabían que el gobernador era uno de los mayores músicos de la época, aunque nunca lo habían escuchado tocar. Desde que llegó a Pola ansiaban hacerlo. Obviamente, no se atrevieron a pedírselo. ¿Dónde se había visto que un personaje de su categoría accediera a satisfacer semejante deseo? Al principio albergaron la esperanza de que él mismo satisficiera su curiosidad. Pero parecía que se hubiera olvidado de la música. Ni siquiera se acercó una sola vez el violonchelo que había traído consigo desde Venecia. Quince minutos después ya no se acordaban de esto. Un estupor delicioso, similar al que sintió Odiseo cuando flanqueó la isla de las sirenas, se apoderó de sus almas. Benedetto, tras contemplar la nave de la iglesia un instante, se sentó ante el teclado y atacó los primeros compases del allegro de su quinta sonata. No hizo falta más que un minuto para que los ampulosos sonidos del órgano, primero lánguidamente, luego a una velocidad de vértigo -diabólica dijo en voz baja un canónigo-, fueran inundando la catedral y dejándolos a todos boquiabiertos y sin aliento.

 

 

Post scriptum.

Benedetto compuso en Pola varias sonatas para violonchelo. Atribuir la recuperación de su fuerza creativa a los efectos del talismán de Scadenberg es una insensatez. Hay que saber, en todo caso, que la figura de Scadenberg, a quien Vivaldi dedicó una ópera en 1718, era muy conocida en Venecia. Tras la caída de Albania en manos turcas, muchos albaneses, particularmente nobles, se trasladaron allí. No constituían una comunidad numerosa, pero formaron una scuola que intentó impedir que se olvidara la historia de su pueblo, un pueblo subyugado hasta el punto de tener que renunciar a la fe cristiana. Que encargaran a Carpaccio un ciclo de pinturas consagradas a la historia de la Virgen evidencia su deseo de señalarse. Poco antes, en 1480, costearon la edición de una obra anónima que relataba las hazañas del héroe patrio. El original latino, la Historia Scanderbergi, se ha perdido. Por suerte, un erudito boloñés, Gianmaria Biemmi, la tradujo al italiano en 1742. Biemmi, historiador y fraile franciscano, se ocupó de Scadenberg gracias a Marcello, con quien mantuvo estrechas relaciones en Brescia. El músico ejerció en esta ciudad durante año y medio el cargo de camarlengo de la República. La muerte impidió su regreso a Venecia. Al parecer, convenció a Biemmi para que iniciara un proceso para solicitar la beatificación del héroe de Albania, gran defensor de la cristiandad. Sus tendencias místicas se agudizaron y soñó con convertir su talismán en reliquia. Que la traducción de Biemmi fuera publicada al poco de morir el compositor demuestra que la idea no desapareció con él. Una década más tarde, Biemmi, que carecía de respaldos influyentes, olvidó el proyecto de beatificación, aunque siguió interesándose por el personaje. Fruto de ello fue su Storia di Giorgio Castrioto, detto Scanderbegh, uno de los estudios canónicos sobre el caudillo albanés.