Políticas eficaces contra la desigualdad económica

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Para reducir la desigualdad, son más eficaces las políticas de gasto que las de ingresos, cumplen mejor con la misión de redistribución de la riqueza las transferencias directas de rentas que el establecimiento de una política fiscal progresiva que castigue mucho a las rentas altas y apenas lo haga (o premie) a las bajas.

 

Cuando escribimos sobre el candidato Bernie Sanders, su foco en la redistribución de la riqueza y los últimos datos sobre desigualdad en Estados Unidos, Borja Barragué, profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad Autónoma de Madrid, nos advirtió de que la política fiscal americana cumple muy bien su misión. De entre las grandes economías del mundo, el sistema impositivo estadounidense es el que más reduce la desigualdad. Pero su sistema de transferencias no aporta apenas nada a ese fin. Podríamos decir que si el Estado funciona bien reduciendo la riqueza de los «ricos», no utiliza lo recaudado para reducir la pobreza de los «pobres». El sistema fiscal americano es el más eficaz, mientras que su sistema de transferencias de rentas es el peor. Lo contrario sucede con Suecia, donde los impuestos no merman apenas la desigualdad social, pero las transferencias sí son muy eficaces.

 

 

Pero, ¿qué es más importante, contar con una buena política fiscal que corrija vía impuestos la desigualdad que genera el mercado o contar con un buen sistema de transferencias de rentas encaminado a ese mismo fin? Podríamos suponer que una cosa debería ir de la mano de la otra, es decir, que unos impuestos progresivos y bien diseñados no sólo merman la desigualdad de partida sino que proporcionan al Estado instrumentos económicos para ir un paso más allá y proporcionar rentas complementarias a los grupos de población más desfavorecidos. Pero no tiene por qué ser así: el Estado puede estar recaudando más de quienes más tienen con unas prioridades de gasto que no tienen por qué estar encaminadas al reequilibrio social. Las políticas de ingresos pueden estar bien diseñadas, pueden ser progresivas, pero las políticas de gasto pueden no tener como objetivo primordial la redistribución de la riqueza.

 

 

Teniendo esto claro, empíricamente, como vimos en el gráfico con que ilustramos el post de la semana pasada y como nos hizo ver el profesor Barragué, para reducir la desigualdad, son más eficaces las políticas de gasto que las de ingresos, cumplen mejor con la misión de redistribución de la riqueza las transferencias directas de rentas que el establecimiento de una política fiscal progresiva que castigue mucho a las rentas altas y apenas lo haga (o premie) a las bajas.

 

En el gráfico bajo estas líneas, que procede de un estudio realizado por Sanjeev Gupta, Ruud de Mooij y David Coady, los tres del Fondo Monetario Internacional, también se observa con claridad la mayor potencia redistribuidora de las políticas de gasto que de las de ingresos. En general, dado que parece que tanto en España como en Grecia las dos vías para reducir la desigualdad son igualmente ineficaces. (Pinche en el gráfico para verlo con mayor tamaño). 

 

 

 

 

Bernie Sanders propone fuertes subidas de impuestos, pero a la vista del problema de Estados Unidos y su desigualdad, quizás debería poner el foco de una manera más importante en redistribuir lo recaudado vía transferencias directas.

 

En España, el acuerdo entre PSOE Ciudadanos pone más énfasis en las políticas redistribuidoras que llamaremos de segunda ronda (porque se producen una vez realizada la recaudación vía impuestos), dado que parece haber un compromiso para evitar las subidas de impuestos. Pero en España hay dos problemas que aparecían patentes en el gráfico sobre estas líneas: en primer lugar, muchos expertos creen que los ingresos actuales del Estado español no son suficientes para garantizar las nuevas políticas de gasto y dudan de qué sería prioritario para los de Sánchez y Rivera, si mantener las políticas de gasto o si se priorizará el no subir los impuestos. En segundo lugar y relacionado con ello, España tiene un casi crónico problema de ingresos: su sistema impositivo recauda menos que los países de su entorno en relación con el PIB (España: 38,6%, frente a la media de los países de la zona euro: 46,8%). Por lo que no, los gastos no son el problema, porque España también gasta menos en términos de PIB que la media de los países de la zona euro (44,5% vs. 49,4%). A la vista de estos datos podríamos decir que el problema de España recae más en el punto de los ingresos que en el de los gastos; es en los ingresos donde hay una mayor distancia con los países de su entorno. Sin ingresos suficientes y progresivos no se redistribuye la renta ni se recauda lo suficiente para proveer de las necesarias políticas sociales, que deberían tener más ambición que el mantenimiento del sistema público de pensiones y los subsidios por desempleo para, por ejemplo, garantizar mínimos vitales suficientes para una vida digna. 

 

Impuestos redistributivos y suficientes para garantizar transferencias que mermen la pobreza y la desigualdad. De eso deberíamos estar hablando en España y no de tácticas y estrategias electoralistas. De todo esto debería estar haciéndose pedagogía. 

 

 

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