Pon un antidisturbios en tu cama (Parte II)

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El sábado pasado estuve en la manifa. Los de Madrid ahora vamos a las manifas como los que van a misa (los que sean, X, desde aquí un saludo) y otros a tomar cañas… Te llamas y quedas para ir a la manifa porque las manifas molan mazo: hay ambientillo, te suben las pulsaciones cuando ves que los polis se ponen los cascos, bueno, debo reconocer que a mí me suben aunque no lo tengan puesto… esas cosas que pasan. Fui, no porque esté en contra de la reforma laboral, ni del rescate, ni la troika, ni la Cifuentes… no no, yo fui para ver si veía a mi nuevo churri en traje de faena. En acción, vaya. Porque escribir sobre antidisturbios sirve para que un buen día recibas un mail de un tipo diciendo que él es policía, de la UIP, Unidad de Intervención Policial para ser más exactos, y que tiene varias cosas que decirte al hilo de tu último post. Porque lo ha leído. No es que lea mucho pero eso no nos importa, porque tampoco buscamos que nos recite ni a Quevedo ni a Lorca. ¿O no? Que los hay que te recitan a Quevedo y luego no follan y eso sí que es decepcionante (un beso bocasexy, que sé que me lees… ojo, que leerme también es pecado).

 

Cuando leí lo de Intervención Policial me puse a temblar de emoción, porque lo del cacheo por parte de un policía siempre ha formado parte de los sueños eróticos de muchas mujeres. Y de los míos evidentemente, que soy muy de soñar.

 

“Me han dicho que es Vd. la autora del blog de sexo y querría decirle algo a propósito de su último post” fue el inicio de una ristra de correos en los que la carga erótica iba in crescendo según pasaban los días. Yo esperaba sus correos como agua de mayo: era entrar un mail suyo y se me mojaban las bragas. Y todo esto sin habernos visto las caras, que mi mayor temor era que este tipo fuese tan poco sicalíptico como Juan Manuel de Prada. Horror.

 

Tuve suerte y los dioses escucharon mis súplicas: quedamos en mi casa, para qué íbamos a andar disimulando con un martini en un bar. Lo único que le pedí es que viniera con toda la parafernalia puesta. Casco en la mano, no fuera a ser el clon de Nacho Escolar, que tampoco me gusta y tuviera yo que irme a buscar tabaco. Para no volver claro. ¿Sabes de esto que abres la puerta y te dices hoy es mi día de suerte? Pues eso: 1,90 de hombretón, ojazos negros y una boca libidinosa. De ésas que prometen besos arrebatadores.

 

Hablamos poco. Muy poco. De hecho fue entrar y ponernos en faena, no porque hubiera hambre, que también, sino porque no veáis la de accesorios incorporados que traen estos muñecos Ken: no me sentía así desde que era pequeña y me regalaron la Barbie. Venga a quitar cacharros y aquello no acababa nunca: el chaleco, el chirimbolo de hablar, las rodilleras, los guantes… Y yo adornada con un simple camisón de Vanity Fair que él me quitó de forma simple y certera. Uhmmm, porque ellos saben dónde y cómo tocar, chicas.

 

Nos follamos como solo se pueden follar un representante del cuerpo represor del Estado y una perroflauta. O sea, como si no hubiera mañana. Desde entonces nos hemos visto un par de veces más. ¿Lo peor de todo? El desorden. Al final parece que, más que echar un polvo (o tres o cuatro), hemos estado montando un mueble del Ikea.

 

Un beso para los chicos de la UIP.

 

Pd: mi pequeño homenaje a los hombres valientes con este vídeo de este personaje anónimo que le echa huevos a la vida. bit.ly/R84UVA

Vengo de París, como casi todos los niños, y me he pasado la vida entre Francia y España (aunque me defino extremeña). Empecé escribiendo de economía en Capital pero tras ocho años en los mercados bursátiles, y demostrando ser de perfil arriesgado, me hice freelance. He colaborado con los principales medios de este país y escrito varios libros de sexo, el último, "Hola, sexo: anatomía de las citas online (Arcopress)". Este blog es a consumir sin moderación pero ¡tampoco te lo creas todo!