Poner verde a Hegel

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El fútbol va reduciendo sus estímulos como el médico que le va quitando los vicios al paciente. En Barcelona no se puede ver torear como tampoco se puede fumar en el Camp Nou, que es un lugar libre de humos de cigarro y de humos de individuo...

 

El fútbol va reduciendo sus estímulos como el médico que le va quitando los vicios al paciente. En Barcelona no se puede ver torear como tampoco se puede fumar en el Camp Nou, que es un lugar libre de humos de cigarro y de humos de individuo. Lo que allí se ve (uno recuerda a Cristiano en su córner y alrededor a una jauría de espectadores hambrientos, apenas sujetos en sus asientos, a punto de saltarle al cuello, por no decir lo de Figo y el cochinillo) debe de ser el imperio, con sus tardes cultas, romanas y superiores en el Coliseo.

 

Para Platón, ser considerado sofista era un insulto. Lo mismo que en Can Barca, que es la mismísima Academia cuyo frontispicio rezaba: “Aquí no entra nadie que no sepa Geometría”. No hay muchos por allí que tengan cara de geómetras, pero da igual. La geometría del fútbol es un concepto efímero, un instante, un golpeo a media altura de Kroos (donde el balón, por segundos, se convierte en jabalina), que han tomado como corriente los filósofos para justificarse como si el balompié fuera un tratado compacto y aburrido y no una alegre y caprichosa dispersión.

 

A Ortega le podía la dispersión e iba por ahí dejando tomitos por todas partes como detalles deja Benzema hasta para atarse la bota, por mucho que éstas ya parezca que se atan por bluetooth. El Madrid es dispersión gloriosa como Ortega era una fuente de erudición igual que James lo es de talento con la pelota, que cada vez que la suelta es como si don José, o Gasset como le llamaba Alberto Guillén, hubiera sacado un artículo. Guillén, peruano veinteañero que también en los veinte vino a triunfar a Madrid sin conseguirlo, se destapó por despecho sacando todos los trapos sucios de los literatos del momento.

 

Aquí el insulto, publicado como traición, incautándose de sus entrevistados para enfrentarlos y exponerlos, lo mismo que en una mesa policial, se revela como el insulto a Messi, por el que el aficionado se hace cruces como todo el estamento literario de la época. Guillén fue el pequeño Nicolás de las letras, que es por lo que intentan hacer pasar al Madrid con sus capturas de pantalla teledirigidas, ese perseguido ostracismo como si el Real fuera el apestado en que se convirtió Capote por abrir en canal a los Vanderbilt.

 

Ni que el fútbol fuera ciencia, o arte, más allá del terreno de juego. Se quiere singularizar a las masas por medio de la asepsia, de la esterilización como a presos a los que se desinfecta al entrar en prisión en vez de al estadio, olvidando el proverbio árabe: “Los perros ladran, pero la caravana avanza”. Esto es el mundo donde ladran los canes entre el polvo de las carretas. Prohíbase también el polvo e invéntese para ello un sistema, algo fantástico como sustituir a los insultadores por Schopenhaueres que pusieran verde a Hegel (aquí Hegel es Messi) tan sólo en la intimidad de los ensayos.

 

Publicado en ‘El Minuto 7’.