Pontejos de toda la vida

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El pasado perdido de las tiendas en una mercería emblemática de Madrid.

 

Una mujer, de mediana  edad, se asoma titubeante a la gran puerta de madera que, desde hace casi cien años, indiferente al paso del tiempo y a los cambios constantes que experimenta la ciudad a su alrededor, acoge a la clientela de Pontejos: “Llevo media hora esperando, ¿está abierto?”. “No señora, aún no”, contesta amable Juan Carlos, mientras ordena metódico y atento  las cintas de raso en el mostrador correspondiente.

       Son las nueve y cuarto de la mañana. Dentro de quince minutos la tienda abrirá sus puertas al público y la cola de gente que ya espera impaciente y dobla la esquina desde la entrada principal, en la plaza de Pontejos que da nombre al local, llega a la calle del Correo. Al igual que la plaza, el almacén va cobrando vida.

       Antes de que la mujer pueda por fin entrar en el reino de los botones, las cintas, las cremalleras y la bisutería, un universo reconcentrado de voces y colores, más de treinta veces se habrá abierto y cerrado la puerta. Casi tantas como empleados hay en Pontejos y que apenas tienen en común el trabajar en un lugar que es mucho más que una mercería. Tradición, una manera de vivir y de ganarse la vida que tiene mucho más que ver con el pasado casi perdido de las tiendas que con las modernas tecnologías.

       Máximo Rueda es siempre el primero en llegar. Nieto del fundador, y uno de los actuales dueños de Pontejos. Desde que tiene memoria, su vida ha sido, y tal vez siempre será, este almacén de familia, atiborrado casi de tantos recuerdos como mercancías. El primero en llegar será el último en irse. Hay tareas que le conciernen a él y solamente a él. Cuestión de conciencia. Cada uno tiene un papel perfectamente asignado. Se puede decir que la tienda es un mecanismo aparentemente caótico, pero de insólita precisión que atesora pautas y ritmos centenarios.

       Como cada día, Máximo ha subido la estrecha escalera que conduce al primer piso. Ahí se encuentra su cuartel general, una oficina repleta de muebles y de papeles (un espejo del resto de la casa, la mercería más renombrada de Madrid) donde, junto a su hijo Fernando, celebra cada día las entrevistas con los proveedores y se encarga de las facturas. Su instrumento de trabajo es un moderno ordenador, muy distinto de la pluma y de aquel cuaderno gastado por el uso sobre el cual, durante mucho tiempo, apuntaba todas las facturas.

       Hace siete u ocho años se decidió por fin a instalar un nuevo sistema informático para que todo funcione como la seda. Como administrador de la empresa y miembro del consejo de administración, Máximo se encarga del contacto directo o virtual con los más de mil proveedores que atienden a las demandas de Pontejos. La mayoría son españoles, pero “las piedras vienen de Eslovaquia y Chequia, los cristales de Francia e Italia…”.

       Mientras Máximo se mueve como pez en el agua entre papeles y  llamadas telefónicas, en la planta baja, el corazón del almacén va animándose, empieza a bombear sangre en todas direcciones. Los jefes de sección han ido llegando uno tras otro, seguidos de sus subalternos. El equipo se prepara para una jornada más. Todo tiene que estar listo antes de que las compuertas se descorran y una marea de clientes inunde el local. Como una presa dispuesta a soltar agua. Cada mañana hay que volver a surtir los mostradores, rellenándolos de la mercancía que se ha vendido la víspera. Se termina así una operación rutinaria que ya comenzó la noche anterior, después del cierre. Los empleados echan una mano a los jefes, cogiendo repuestos de las cajas amarillas, hechas a mano, y que llevan encima una muestra de lo que contienen.

       Un jefe de sección escruta atentamente el catálogo de un proveedor que se ha desplazado hasta el lugar para ofrecer su producto. Si hay algo que el almacén necesita, tal vez una gargantilla, una diadema, un broche, una pulsera que se ha puesto de moda, el responsable del departamento se encargará de comunicárselo a Máximo o a María, su sobrina, encargada de toda la tienda.

 

El alma de Pontejos

Sentada en su silla giratoria, atendiendo a las muchas llamadas que interrumpen casi con cadencia fija su rutinaria labor, María mueve, como una especie de marionetista, los hilos del almacén. La niña que ayudaba a su abuelo Máximo durante sus días de vacaciones, y la recién titulada en estudios comerciales que hace ocho años empezó su carrera como secretaria, se ha convertido en el alma del almacén.

 

 

       En su pequeño despacho, con la compañía de su hermano Antonio, Toño, ella se encarga de los pedidos y de la administración del personal. Los dependientes entran y salen de su oficina dando cuenta de los problemas, que como las cuentas de un collar, van surgiendo a lo largo del día. Desiré, una chica menuda y morena que lleva cuatro años en Pontejos, es su mano derecha, y sustituye a María en los raros momentos en que no está disponible. Pontejos no se parece en nada a los grandes almacenes y a las grandes superficies como El Corte Inglés. No sólo por la importancia de la relación directa con la clientela, sino también porque en esta sociedad anónima no existen diferentes departamentos y gran parte del trabajo de organización recae directamente sobre las espaldas de María.

       El ritmo de trabajo al que ella está sujeta es frenético y aparentemente carece de toda lógica y sentido. “Aunque pueda parecer que todo está desorganizado, en realidad tiene un orden, un ritmo, unas pautas”, dice María. “Somos como una gran familia: yo cuido la calidad de la labor de las personas que trabajan conmigo”. Es María la que se encarga de hacer entrevistas a los aspirantes a dependientes, los contrata y, sobre todo durante el primer año, les hace un seguimiento muy de cerca. La mayoría de los empleados de Pontejos son hombres y, aunque puede parecer raro para un trabajo tradicionalmente femenino, muchos de ellos son verdaderos especialistas en el género del que se ocupan.

       Desde que ingresa en Pontejos, cada nuevo dependiente para por diferentes puestos: desde el mostrador al almacén o la oficina, hasta que se encuentra la ocupación idónea a sus aspiraciones, cualidades y talento. “Se trata, sin duda, de un trabajo muy duro. Hoy en día es muy difícil encontrar a gente que quiera hacer un horario de comercio como este”.

       Cinco días a la semana, de lunes a viernes, por la mañana de 9.30 a 13.30 y por la tarde de 16.30 a 20.00, más el sábado por la mañana, de 9.30 a 14.00. Son horarios que no soporta de buena gana alguien al que no le guste trabajar y este trabajo en particular. Lo dice María: “Parece una tontería, pero no muchos chicos aceptan la idea de no poder salir el viernes por la noche porque a la mañana siguiente han de trabajar”.    

       Que tenga ganas de aprender y que sea listo. Eso es lo que primero busca la encargada de Pontejos en cada aspirante a integrarse en su equipo. Cualquiera que posea estas cualidades puede hacer carrera y convertirse, por ejemplo, en jefe de sección. “La tienda está dividida en secciones, y cada sección tiene un jefe y tres o cuatro ayudantes. Cada mañana el jefe se encarga de organizar su sección. No puede ser jefe si no está dispuesto a trabajar mañana y tarde y entrar antes que los demás”. Hoy en día, en la gestión del personal, “hay que tener la mano más dura. No es como antes que bastaba con pedir un día libre para obtenerlo, hoy hay que justificarlo”. Todo se basa en una relación de confianza mutua, que hay que ganarse.

       A la puerta del despacho de María, en uno de los estrechos pasillos que como retículas se extienden justo detrás de los mostradores, un chico se las ve y se las desea para hacer pasar una lentejuela negra por una máquina para pulirla. El temblor de sus manos revela su inexperiencia y el hecho de que, con tan solo 18 años, acaba de entrar en Pontejos.

       Si el joven aprendiz descubre que, al fin y al cabo, este empleo le gusta, dentro de poco podrá pasar a trabajar de cara al público, detrás de los grandes mostradores de madera, hechos a mano,  signo palpable de la tradición.

       Pasará al famoso mostrador de los botones (Pontejos es, sobre todo, el reino de los botones), donde también se encuentran artículos de bisutería como cristales de Swarosky y bolas de cristal. O al mostrador de mayor, donde la clientela puede encontrar cinta, tira bordada, cesto, y complementos para bautizos y comuniones. O al de flecos. O al de punto: punto lana, punto cruz, bragas, calzoncillos y complementos para bebé. O al de cordones, donde también se encuentra la bisutería metálica. En una superficie de 1.200 metros cuadrados, con 35.000 referencias, algunas tan enigmáticas como sugerentes para alguien no avezado en el mundo de las puntillas, las tiras bordadas, los guipures, tapacosturas, pasamanería, tapicería, borlas, flecos y galones, cordones y macramés, bisutería, broches y fornituras, cremalleras, hilos y lanas, género de punto, labores, punto de cruz, petit point y bolillos, botones, bolas y rocalla de colores… Secciones y productos parecen entremezclarse en un formidable laberinto que sólo los empleados de Pontejos son capaces de atravesar y descifrar.

 

 

La clientela


Cuando la puerta del almacén se abre al público, el silencio que reinaba en la tienda, apenas roto por las voces de los empleados, se convierte en el ruido de fondo, e impera la voz multiforme de la clientela que abarrota cada espacio libre de la planta baja de Pontejos. El gentío se reparte, se va desplazando hacia el lugar donde pretende encontrar lo que necesita. En su más o menos larga espera, ya ha podido ver en los escaparates buena parte de los tesoros que están dentro. La lista de productos se repite en las altas paredes del almacén, con todos los productos que despacha el mostrador correspondiente. Una selección de puntillas, pasamanerías, lanas, fornituras, tapicerías, botones, macramé y manualidades de la mayoría de los principales fabricantes y marcas del sector.

       Cada cliente espera pacientemente su turno, llevando en la mano el número que ha cogido al entrar de un dispensador rojo. Hoy, el turno vale solo para algunos de los mostradores, no, por ejemplo, para lo de mayor: mientras una señora “puede tirarse media hora para escoger una cinta”, los empleados atienden a las siguientes.

       La mayoría son mujeres de mediana edad, como Isabel, nacida en Bilbao y residente, desde hace treinta años, en Madrid: “Vengo aquí por la cantidad de artículos que tratan. Además, todo está a la vista y en seguida sabes si está lo que buscas”. También se encuentra gente más joven, como Estella, una modista rumana: “Llevo nueve años en España. Mis profesores de la escuela para modistas me aconsejaron que viniera, y debo decir que merece la pena, también por los precios”.

       Aunque muchos clientes de Pontejos vienen de Madrid y del resto de España, su fama ha traspasado fronteras. “Tenemos clientes que vienen de todos los rincones del mundo”, cuenta María Rueda. Mientras que de México vienen a Pontejos en busca de unas lentejuelas bañadas en oro para los trajes de luces de los toreros, de Irlanda viene periódicamente un modisto para comprar los galones dorados para los uniformes de los oficiales.

       En realidad, las personas que vienen a Pontejos buscan mucho más que un artículo, por especial y barato que pueda ser. Buscan el consejo, el asesoramiento que una cara amable, casi amiga, puede proporcionarles. Una cara que a menudo pertenece a una persona que lleva treinta o cuarenta años trabajando en el almacén y ha visto pasar ante su mostrador a miles de personas distintas.

 

Los albores del almacén


Antonio Ubillos, el fundador, era un joven guipuzcoano que llegó a Madrid para trabajar como aprendiz en la mercería de su tío. Fundado en 1860 por el madrileño Ángel Caso, el local se hallaba justo en frente donde años después, en 1911, Ubillos abriría su propia mercería. Su establecimiento, que ya en la fachada se anunciaba como de “Novedades, Bordados y Encajes”, fue a ocupar la planta baja de la que todavía en la actualidad es conocida como Casa del Cordero. Un bloque de seis viviendas que se hallan en la manzana entre la Puerta del Sol, las calles Mayor, Esparteros y Correo y la plaza de Pontejos, formando un conjunto uniforme. La Casa del Cordero se edificó entre 1842 y 1845 por orden de Santiago Alonso Cordero, concejal del Ayuntamiento de Madrid, en los terrenos correspondientes al antiguo solar del convento agustino de San Felipe el Real. Convento derribado en 1839 durante el periodo de ocupación francesa en España.

       Desde su fundación, la planta baja de la Casa del Cordero se destinó a locales comerciales, mientras que las viviendas ocupaban los pisos superiores. En una de esos pisos, en el número 1 de calle del Marques Viudo de Pontejos, donde ahora se encuentra el Instituto de Reformas Sociales, murió el 11 de marzo de 1857 el poeta Manuel José Quintana. En la fachada hay una lápida conmemorativa. En el número 1 de plaza de Pontejos (con el número 4 de calle del Correo), Antonio Ubillos abrió su almacén. El origen histórico del edificio explica en parte por qué la tienda se ha conservado más o menos igual desde su fundación. Al formar parte integral de un edificio protegido, que goza del estatus de “nivel 1 singular” –el máximo grado de protección posible- una reforma estructural no obtendría jamás los permisos administrativos necesarios. La fidelidad a la tradición forma parte del ADN de este comercio centenario, que como enclave del particular interés histórico y cultural está incluido en las rutas turísticas de la ciudad de Madrid.

 

 

       Durante la Guerra Civil, Ubillos perdió a su único hijo varón, y ya que en aquellos tiempos las mujeres no solían regentar negocios, decidió designar como sucesor a su yerno, Máximo Rueda. Fue él quien transformó la tienda en su totalidad y quien la convirtió en la que es hoy en día, poniéndole, además, en honor a su suegro, el nombre de Almacén Sucesores de Antonio Ubillos. En aquel entonces, el aspecto del establecimiento era bastante semejante al que hoy luce, hasta en los pequeños detalles. Ya existían, por ejemplo, las famosas ruedas de botones: Ruedas de madera hechas a mano, que contienen un muestrario casi infinito de artículos del mismo color y de distinto tamaño. A Máximo le sucedieron los ochos hijos del matrimonio, siete hombres y una mujer, aunque solo Máximo y su hermano Antonio trabajan en el almacén.

       Las personas que compartieron el sueño inicial de Antonio Ubillos ya no existen. Sin embargo, aún quedan muchos testigos del trabajo de Máximo Rueda. Hombres y mujeres que entraron siendo casi adolescentes, como Maximino Magnes, que ha pasado 48 de sus 63 años en Pontejos y que detrás del mostrador de botones ha visto cómo, dentro y fuera del almacén, cambiaba la vida: “Era un chavalito cuando entré. Máximo Rueda fue como un segundo padre para mí. Todo ha cambiado, pero al mismo tiempo se ha quedado igual: el trato con la gente, el aspecto de la tienda… Todo eso no se ha modificado”.

       A pesar de que era entonces sólo un adolescente, Maximino recuerda perfectamente los días de su aprendizaje en la tienda de Pontejos. Cuando después del trabajo iba al colegio a completar su formación. Y cuando, lejos de los 1.500 clientes que atraviesan cada día el umbral de la tienda, los encargados tenían más tiempo para atender a cada comprador: “Las señoras venían con su chófer y se sentaban en una silla de madera mientras que un dependiente se dedicaba exclusivamente a ellas”. Maximino parece tímido, casi cortado, tal vez porque no se siente a gusto hablando de sí mismo, pero se transforma en cuanto una mujer mayor le pide consejo. Entonces se le ve seguro de sí, dueño de una confianza que viene de la experiencia.

       La timidez de Maximino contrasta con la exuberancia de Cándido Vetes, otro de los veteranos de la insólita y nada pretenciosa mercería. Cándido recuerda con placer su comienzo en Pontejos: “Tenía 14 años. Entré gracias a una tía mía que era la cocinera del jefe y me recomendó. Antes había trabajado sólo quince días como albañil. Entonces funcionaba así: se entraba a través de un familiar o de un amigo, te ponían a prueba durante un período y si funcionabas podías seguir trabajando. No se hacían entrevistas como hoy en día”.

       A lo largo de los años, distintas personas de diferentes clases sociales, más o menos conocidas, han pisado el suelo de Pontejos. Pero a Cándido Vetes siempre le quedará grabado el día en que se presentó Carmen Polo, la mujer de Francisco Franco. “Yo llevaría en la tienda unos dos años cuando un guardaespaldas con un traje negro se acercó al mostrador. ‘Dentro de poco entrará una señora, ¿puedes atenderla?’, me preguntó. Yo le contesté: ‘Vale, pida la vez cuando toque, es decir, pida el turno cuando le toque’. Entonces entró la que me pareció una señora normal y corriente y que no reconocí, pues la política no me interesaba mucho”. La mujer del Caudillo le pidió un canevazo para alfombras: “Pero no lo teníamos, así que le aconsejé dirigirse a una tienda de Plaza Mayor. Luego mis compañeros me desvelaron la identidad de la mujer y mi jefe me echó una bronca por no haberle llamado”. Famosos o famosillos frecuentan el establecimiento: “El otro día vino un periodista deportivo muy conocido y le pedí un autógrafo para mi hijo. La cantante de Amaral viene a menudo a comprar botones. Desde luego todos los modistos que desfilan en Cibeles han pasado por lo menos una vez por aquí”.

       A lo largo de los casi cien años de historia que atesora, lo nuevo se ha adherido a lo viejo, la modernidad se ha mezclado con la tradición, sin por eso hacer que la segunda desapareciera. Es parte del encanto del local. En Pontejos, el avance imparable del tiempo ha añadido nuevas cosas, sin quitar las viejas. El cambio se ha visto sobre todo en la variedad de artículos. La evolución de la línea de los productos depende de la moda y de la demanda de los clientes. “Siempre que alguien nos ha pedido un artículo que no teníamos –dice María- hemos intentado conseguirlo. Si durante la guerra las amas de casa compraban nuestros productos para tejer y confeccionarse sus vestidos –por eso la tienda se dedicaba a vender lana, agujera e hilo-, a partir de los años setenta se han rescatado las labores como trabajo de ocio y hobby. Sin embargo, con la crisis mucha gente ha vuelto a tejer a mano su propios vestidos”.

 

 

       Los dueños de Pontejos hacen bandera del hecho de no dejar de vender ningún producto que esté en el mercado, y de poder contar a la mayor brevedad con las últimas novedades. Entre éstas destacan los polvos mágicos, que se utilizan para coger el dobladillo de los pantalones sin necesidad de dar una puntada. Para las cortinas se han inventado unas cintas termo-adhesivas que permiten ajustar el largo de la tela con la sola ayuda de la plancha. El precio de los artículos varía mucho, desde “los nueve céntimos por un botón, a los 600 euros por un tapiz de medio punto de petti pua”. Entre los clientes de Pontejos hay muchas tiendas pero trabajan sobre todo con el público: “No somos almacenistas para otros y no tenemos pago aplazado”.

 

El trabajo en Pontejos


Entre los miles de productos de la tienda, lo más requeridos en esta época son los Swarovsky, los abalorios, las bolas de cristal y las fornituras de pendientes. Es lo que prefiere la clientela más joven, sobre todo chicas que quieren hacer sus propios collares y pendientes. Los empleados trabajan a destajo, intentando satisfacer las peticiones del público. Los más jóvenes cuentan con el apoyo de los veteranos. Son ellos los que tienen más recursos para conectar con la clientela, especialmente con personas mayores que dicen antejuelas en vez de lentejuelas, y cosas mucho más difíciles de descifrar. Cada nuevo empleado necesita semanas de trabajo para familiarizarse con la amplia gama de productos y precios. Y también con las personas que están al otro lado y quieren que se les atienda de la manera más diligente posible.

       Esto lo sabe bien Alicia, que entró hace ocho años como cajera del mostrador de botones y ahora se encarga de la actualización del programa informático. Alicia acaba de casarse con Toño, el hermano de María: “Al principio pasaba mucha vergüenza, pues no había trabajado nunca de cara al público. Pero el continuo contacto con la gente te ayuda, hace que te abras mucho. Al principio es normal que no sepas nada y te sientas un poco perdido, pero todo te lo da el tiempo y la experiencia: a medida que va pasando el tiempo, aprendes a tratar con la gente”.

       En medio de la confusión general que reina en la tienda, los 22 encargados de los mostradores se mueven sin parar de un lado a otro del mostrador como si se tratara de un ballet imposible. En algunas ocasiones, cuando algo que el cliente demanda no se encuentra al alcance de la mano, el empleado desaparece bajando la pequeña escalera de hierro que lleva hasta el almacén correspondiente.

       En el sótano, igual que en la primera planta, en una estrecha retícula de pasillos con una pequeña escalera y techos bajos, se almacenan las mercancías. Tiene algo de bodega de un barco. Aunque a primera vista parece difícil encontrar lo que se busca y muy fácil perderse, todo tiene una ubicación precisa, en una caja hecha a mano y a medida, que lleva una muestra y un número de referencia. Asimismo, todo está organizado de tal manera que, si se coge una cosa y no se vende ha de volver automáticamente al mismo sitio. Para ahorrar espacio –un bien escaso y precioso en Pontejos-, las cajas de cada producto están colocadas en armarios de hierro, semejantes a los viejos archivos donde se guardaban los periódicos.

       Como escondidos en ese sótano, que también tiene algo de refugio antiaéreo, se mueve otro tipo de empleados de la gran mercería popular de la plaza de Pontejos. Como Miguel, que pacientemente rellena pequeños contenedores de plásticos con perlitas para adornar los trajes. Lleva tres años en la casa y aunque de vez en cuando echa una mano en el mostrador se encarga sobre todo de la estiba del almacén. “Aquí estoy muy a gusto, pues a veces la gente me vuelve loco”.

       De vez en cuando los que se mueven en el sótano reciben la visita de sus compañeros de los mostradores. A pesar del duro trabajo, siempre hay un rato para charlar y contemporizar. El compañerismo entre los empleados es una condición necesaria para el éxito de Pontejos. Acaso sea una consigna non escrita, pero parece evidente que sólo si te encuentras a gusto con tus compañeros y tu jefe, trabajarás bien y tratarás bien a los clientes. 

 

 

       Pero algo ha cambiado también con el paso del tiempo. Ahora es menos usual que antes que se forjen verdaderas amistades entre los compañeros. Como cuenta María del Carmen Guerra, una de las dos cajeras que en agosto cumplirá 31 años en la empresa: “Cuando éramos jóvenes nosotros salíamos juntos, siempre teníamos tiempo para una cerveza o una charla. Ahora cada uno va más a su bola”. María del Carmen se inició gracias a un tío que llevaba en el almacén toda su vida: “Él y el antiguo jefe lanzaron las ruedas de los botones. Fue uno de sus experimentos. Al principio trabajé unos años en la oficina, pero luego pasé a la caja, y tengo que decir que aquí me siento muy a gusto”. Para María trabajar en oficina era más fatigoso: “Es como en una casa. No paras nunca. Siempre hay algo más por hacer”.

       Al igual que Alicia y la otra cajera, Begonia, en Pontejos ha encontrado el amor. Desde hace 23 años María está casada con Cándido Vetes: “Se dice que boda trae boda y lo que es cierto es que me fijé en él en la boda de un compañero. Algunos piensan que debe de ser duro vivir y trabajar juntos, pero cada uno de nosotros tiene tareas distinta y la verdad es que cuando uno de los dos está malito y no viene a la tienda nos echamos de menos”.

 

Tendera de barrio


Cuando, a la una y media de la tarde, Pontejos cierra las puerta al público, los empleados pueden por fin descansar durante un par de horas. Hay quien aprovecha para ir al gimnasio o a la piscina, quien se cita con un compañero para comer juntos y quien, como Antonio Rueda, el padre de María, vuelve a su casa en Argüelles. Ahí le espera su mujer, Dorita, gerente de una tienda que calca a la perfección, aunque a un tamaño mucho más reducido, la empresa de su familia: Pontejos Galaxi. A Dorita le gusta definirse como “una tendera de barrio”. La fundaron hace 28 años por consejo de su suegro: “Máximo, que era un hombre muy emprendedor, nos animó a que la abriésemos”. Hasta entonces, la mujer se había dedicado en cuerpo y alma a los cinco hijos del matrimonio, pero cuando se hicieron mayores decidió volcarse en este nueva aventura. “Al principio fue un lío. Tuvimos que comprar el local y darnos a conocer”. Ahora todo el barrio de Argüelles aprecia a Dorita y su pequeña tienda: “No tiene el enorme potencial económico del almacén de Antonio Ubillos, ni su prestigio, pero la gente me conoce y me quiere, y el trato es aún más humano. Aquí las personas se quedan un rato más a charlar”.

       Dorita cuenta con la ayuda de su marido y de su hija María: “Los proveedores son los mismos, mi hija me ayuda con los pedidos y si necesito un producto me lo trae de la otra tienda”. Ella lamenta lo difícil que es tener una mercería bien surtida, en parte por el cierre de muchas fabricas a causa de la crisis. Aunque no haya trabajado nunca en Pontejos, Dorita conoce al dedillo su historia: “Me casé hace 39 años y durante los primeros diez de matrimonio mi marido se pasaba desde las siete de la mañana hasta las once de la noche en el trabajo”. Recuerda cuando “les pusieron una bomba en la puerta”. El 13 septiembre del 1974, ETA hizo estallar un artefacto explosivo en la cafetería Rolando, situada en el número 4 de la calle del Correo, donde solían tomar el aperitivo los policías que trabajaban en Ministerio de la Gobernación y la Dirección General de Seguridad (la temida DGS) que, aquel entonces, se hallaba frente a Pontejos. Donde hoy tiene su sede la Comunidad de Madrid fue antiguamente Casa de Correos, “por donde entraban y salían las diligencias postales que tenían su punto de arranque y de llegada en el famoso patio de ese edificio”, como se lee en Las calles de Madrid, de Pedro de Répide. Murieron siete personas y resultaron heridas 71. Dos de los muertos y once de los heridos eran miembros del cuerpo de policía. “Por una parte fue durísimo. Fue volver a empezar, pues el portal había quedado dañado, en el interior todo se vino abajo. Por otro lado, la providencia se volcó en nuestro beneficio, pues la tienda en aquel momento se encontraba vacía”, recuerda Dorita. Pontejos volvió a funcionar al cabo de unos días gracias al empeño y el esfuerzo de cada miembro de la familia. Después de aquel suceso, se decidió llevar a cabo una reforma general del almacén, siempre “respetando la tradición”.

 

 

Una plaza de mercerías 


Cerca de un año tardó la plaza en recuperar la normalidad. El ayuntamiento restringió el tráfico, convirtiendo la plaza en peatonal y reforzando su carácter de zona de bordados y tejidos, hasta el punto de que para muchos madrileños y clientes de la tienda la placita aneja a la centralísima Puerta del Sol  se la conoce simplemente como Pontejos. Aunque solo el Almacén Sucesores de Antonio Ubillos puede reivindicar para sí el título de “Pontejos de toda la vida”, entre las muchas mercerías que se encuentran en la plaza y en la calle homónima destaca el almacén de Cobián. Un edificio de tres plantas, muy moderno y donde solo trabajan chicas. Sandra Alonso, una de la recién llegadas a Pontejos, trabajó un año en Cobián: “Aquí es muy distinto. Allí cada empleada está en una sección cerrada, mientras que aquí tienes la posibilidad de desplazarte por toda la tienda”.

       El almacén de Antonio Ubillos no parece sufrir el hecho de vivir codo con codo con la competencia. “Es interesante tener competencia –admite Toño Rueda- pues genera un mercado muy dinámico. No intentamos reducir los precios. La nuestra es una competencia sana. Mi tío Máximo se lleva perfectamente con la dueña de Cobián y convinieron de mutuo acuerdo que se cerraran las tiendas el sábado por la tarde”.

       Uno de los mayores encantos de Pontejos es el haber permanecido fiel a sí mismo. Mucha gente pasa por el almacén sólo para ver una “una tienda centenaria, que es casi un símbolo de la ciudad de Madrid”. Tanto que en la última planta del Museo de la Ciudad, en Príncipe de Vergara, se puede admirar una reproducción de la plaza de Pontejos y de su más famoso negocio. La hicieron hace diez años y es un modelo exacto, hasta en los escaparates, del original. En la galería de los primeros ciudadanos de Madrid, que se encuentra en la primera planta del museo, hay un retrato del hombre que dio el nombre a plaza de Pontejos, don Joaquín Vizcaíno Martínez, marqués de Pontejos.

       Militar y político coruñés, contemporáneo del marqués de Salamanca y senador por la provincia de La Coruña, fue alcalde corregidor de Madrid entre 1834 y 1836. Cuando, con 27 años, se casó con Mariana de Pontejos y Sandoval, marquesa de Pontejos, que en aquel entonces tenía 45 años, adquirió el título de marqués de Pontejos. Después de la muerte de su mujer, emprendió muchas obras para convertir Madrid en una ciudad moderna que pudiera competir con las otras capitales europeas.

       El marqués solía decir “dichosos los seres que por sus talentos, sus méritos y virtudes hacen imposible el olvido”. En recuerdo del marqués, además de la plaza que lleva su nombre se construyó una fuente coronada con un pequeño busto en bronce del industrioso alcalde. La pieza fue robada una noche, aunque fue prontamente restituida a su lugar. Desde el centro de la plaza, el busto del marqués parece vigilar el río de gente que, de la mañana a la noche, entra y sale del almacén de Pontejos. Hasta la última señora de mediana edad que, cuando la hoja de la puerta se cierra, intenta colarse. “Lo siento señora”, dice uno de los empleados, que van turnándose para que nadie entre después de las ocho en punto de la tarde: “Vuelva mañana”. El trabajo para los empleados de Pontejos aún no ha terminado: hay que cerrar las cajas, barrer el suelo, empezar a reponer los mostradores para adelantar un poco la labor del día siguiente. Es casi seguro que la señora volverá. El almacén, que comenzó siendo un negocio de venta de puntillas suizas, a sus mercancías de toda la vida suma hoy “todo aquello que el público demanda”. Todos saben –dice Ana, que cada sábado por la mañana, desde hace cuarenta años, compra aquí bordados para sus hijos y sus nietos- que sólo una de las muchas tiendas de mercería que hay por aquí es “Pontejos de toda la vida”. Es justo por eso que Pontejos no tema ni a la competencia ni al paso del tiempo. Al fin y al cabo, si no lo encuentras en Pontejos es que no existe.

 


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Autor: Annastella Palasciano

1 COMENTARIO

  1. Magnífica esta leccíón de

    Magnífica esta leccíón de intrahistoria madrileña, enhorabuena a la autora. Nada más una duda y es acerca del n° 1 de la calle o de la plaza de Pontejos. Siempre que estoy en Madrid me alojo en el apartamento de un amigo, en el n° 1 de Pontejos, y no es ni la casa donde donde murió Quintana, ni el almacén famoso, puesto que queda exactamente enfrente de él, y yo lo veo por las claraboyas de esa buhardilla que es mi hogar madrileño desde hace años. Si la memoria no me falla, la casa donde murió Quintana debe de ser más bien el n° 2 de la calle, porque no me cabe duda de que el almacén es el n° 1 de la plaza. En cualquier caso, ese n° 1 donde resido cuando paso por la capital, es también un domicilio ilustre: allí vivía la Jacinta de la novela de Galdós. “En la casa de Jacinta”, contesto siempre cuando me preguntan en Madrid que dónde estoy alojado. Y ya sería hora de que el Ayuntamiento colocase en ella una placa recordatoria de esa novela inigualable. Vale.

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