Popeye

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El ladrón salido del pueblo, que roba haciendas, asalta bancos y prospera a costa de ricos y poderosos, es un mito arraigado en el inconsciente colectivo, por más que la mayoría sean psicópatas que matan a diestro y siniestro

                 

 

El más implacable sicario que tuvo a su cargo Pablo Escobar, el legendario narcotraficante colombiano, está a punto de salir de la cárcel. Le apodan Popeye y su nombre completo es John Jairo Velásquez Vásquez. Según propia confesión, participó en más de trescientos asesinatos y no tiene reparos en llamarse bandido y asesino a sueldo. En la cárcel ha concedido multitud de entrevistas como si se tratara de una celebridad. La fascinación por este tipo de criminal es siempre grande. En la España del XIX los bandoleros gozaban de un extraordinario prestigio, semejante a los toreros. Todavía mi abuela contaba haber visto de niña en una taberna de su pueblo, junto a otros muchos admiradores, al último bandolero andaluz, el famoso Pernales, poco antes de que lo abatieran en un olivar de la sierra de Alcaraz en Albacete:

 

ya mataron al Pernales.

Ladrón de Andalucía.

El que a los ricos robaba.

Y a los pobres socorría.

 

El ladrón salido del pueblo, que roba haciendas, asalta bancos y prospera a costa de ricos y poderosos, es un mito arraigado en el inconsciente colectivo. Ni que decir tiene que la mayoría son psicópatas que matan a diestro y siniestro, que disparan a quemarropa a quien se les pone por delante y que les importa un pito la justicia distributiva o las injusticias del pueblo, pero uno quiere pensar que Robin Hood repartía su botín entre los desposeídos, que el Tempranillo hacía lo propio en la Sierra Morena y que el difunto Pablo Escobar, de terrorífica memoria, no era sino una salvaje versión actualizada del Coronel Aureliano Buendía imaginado por García Márquez.

 

Popeye, en las dos largas entrevistas que le he visto en Youtube, no defrauda un ápice. Es fuertote, bien parecido y tiene desparpajo. No se achanta ante ninguna pregunta. Responde con naturalidad, como si lo suyo no fuera tan grave. Lleva más de veinte años en la cárcel. En su reducida celda tiene un transistor, un cuaderno de notas y una estampa de la Virgen María. Está al corriente de lo que pasa en la rúa. Dice que no ha tenido oportunidad de ver al completo la serie de televisión dedicada al Patrón, como así llama a Pablo Escobar, pero certifica la fidelidad de la serie, que es un poco como si Frank Nitti, el lugarteniente de Al Capone, hubiera dicho de Los intocables que era una fiel versión del Chicago de la Ley Seca.

 

Es difícil desvincular el mito de la realidad cuando hay sangre por medio. Claro que Popeye no mitifica nada, se confiesa muy arrepentido y se llama a sí mismo rata, aunque luego describe con orgullo profesional alguno de sus trabajos y de cómo él, a diferencia de la mayoría, disparaba siempre arriba, a la cabeza, sin pestañear. El instinto asesino no lo tienen muchos. En un estudio hecho por el ejército americano poco antes de la Segunda Guerra Mundial se concluía que solamente un 10% de los soldados, incluso cuando estaban acorralados, tiraban a matar. La mayoría cerramos los ojos cuando vemos sangre, otros se desmayan y muy poquitos pueden mirar de frente una operación a corazón abierto. La frialdad y la carencia de miedo producen siempre admiración entre la gente. Un asesino a sueldo como Popeye nos revuelve nuestra conciencia moral, pero a la vez intuimos que tipos así, medio psicópatas, son seguramente una reminiscencia degradada del guerrero que nos defendía de las hordas enemigas, allá in illo tempore.

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José Luis Madrigal
Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.