Por la vía rápida 10: el oso de Berlín

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Tomando un vuelo de Easyjet, de los denominados low cost, me despedí de mi familia rumbo a Berlín, donde tras presentar mis tres libros, pasear y sentir el comienzo de un riguroso invierno, me vería en la obligación de tomar otro vuelo hacía Bangkok para luego enlazar con uno más hasta Phnom Penh, donde en el invierno se suda y no llueve, y Papa Noel va en chancletas y camiseta de tirantes.

 

Tomando un vuelo de Easyjet, de los denominados low cost, me despedí de mi familia rumbo a Berlín, donde tras presentar mis tres libros, pasear y sentir el comienzo de un riguroso invierno, me vería en la obligación de tomar otro vuelo hacía Bangkok para luego enlazar con uno más hasta Phnom Penh, donde en el invierno se suda y no llueve, y Papa Noel va en chancletas y camiseta de tirantes.

 

El vuelo que me llevó hasta el vetusto aunque eficiente aeropuerto de Schönefeld, repleto de jubilados alemanes, con alguno que otro deficiente en su humanidad y manejo de los modales, fue placentero. Tras recoger la maleta grande –la pequeña iba repleta de libros y la llevaba junto al ordenador portátil como equipaje de mano– fui aprendiendo a salir del recinto, a encontrar el metro, ya que desistí de lo que Krapoola, mi buen amigo David Gómez, me comentó: “Tómate en autobús que te dejará en la misma puerta de la librería, es el número…”. Krapoola, por cierto, al que vi en Madrid aparecer y del que me despedí en un after mientras daba una cabezada sobre el suelo, nunca aparecería, dejándome las riendas absolutas y completamente sueltas para una extraña presentación que unos párrafos más adelante contaré al detalle.

 

A mí los trenes siempre me han fascinado. Aunque los túneles bastante menos. Pero el olor a andén, y el que el metro berlinés fuera casi todo el tiempo sobre la superficie, me decidieron a tomar aquel humilde tren en donde nadie abría la boca. Antes, una teutona educada aunque poco servicial, me aclaró, tras mi pregunta y un poco a regañadientes, cómo debía sacar el billete de metro de la máquina expendedora. Excepto en aquel artilugio, el metro berlinés desatiende a los que como yo, turistas, no hablamos su lengua vernácula. Que Europa y sus nacionalismos socavan la posibilidad de un espacio realmente común. ¿O es que debería aprender esloveno para visitar Eslovenia? ¡A tomar por culo las lenguas vernáculas ajenas!

 

El chófer del convoy me confirmó, también a regañadientes, que ése era mi tren, y contando las estaciones, apesadumbrado, porque el mapa aclaratorio no terminaba de cuadrarme en mi humilde cerebro, acepté que estaba algo perdido. Pero como siempre, y gracias a que la vergüenza la perdí antes de las Olimpiadas de Cobi, comencé a preguntar a diestro y siniestro –siempre a mujeres– por mi estación final: Hermannplatz.

 

En medio de mi recorrido, y cuando cumplía con la regla de oro del transbordo, abrumado por el orden alemán, que aunque en Berlín sea menos severo sigue siendo ordenado –y aprovechándome de que mis pies pisaban unos de los lugares favoritos de mi mundo interior: un andén, y además al aire libre–, me acerqué al tenderete que un oriental, presumiblemente de origen chino, ofrecía a través de la ventanilla de un cuartucho, donde expendía cervezas nacionales para todos los gustos. Elegí la Berliner porque no deseaba complicaciones en mi paladar –aunque ame los andenes los mismos no son lugares para proceder a liturgias y orgías culinarias–, que fue cuando caí en la cuenta de que aún me quedaba otro transbordo y una presumible caminata. La tarde caía gélida, los pasajeros se mostraban huidizos y yo meándome encima.

 

Ni que decir tiene que en el metro berlinés, y aunque vendan cervezas, no hay baños públicos, o al menos por las estaciones que yo transité; por lo que armado de valor –no habría sido ni imposible ni digno haber salido en una nota breve de la agencia EFE: español detenido por orinar sobre los raíles del metro de Berlín– me contuve en una desconcentración absoluta que me llevó, desde la salida de Hermannplatz hasta la librería Bartleby & Co., a manejar dos maletas por calles orondas como percebes de los buenos, con la mirada puesta en el cielo y la sonrisa en las ingles, que desesperadas, iban cediendo poco a poco a un embalse de orina muy cercano, si se hubiera volcado, a hacerme parecer un mendigo de mudanzas, con serios problemas físico-mentales, con la clásica incontinencia urinaria y cerebral. Debo reconoce que tras dar con la librería y pedir permiso para ir al baño debió salir el 8% de lo recogido sobre unos calzoncillos que al rato metería en una bolsa de plástico; al instante me obsequié con una bonita ducha ocasionada por el agua potable berlinesa que se puede beber hasta del grifo.

 

A la vuelta, comencé la primera charla sin sentido de mi historia. O al menos siendo consciente de que aquello era como tirarle piedras a Júpiter. Porque aparte de que asistieron siete, y dos no entendían español, de los otros cinco cabría resaltar que, o pasaban por allí, o venían sin dormir. Afortunadamente Adrián De Alfonso Prieto-Puga, uno de los dueños de la librería, que además de librero es músico, me ayudó en lo que pudo. Teniendo en cuenta que al minuto de conocernos descubrimos que éramos como almas gemelas en la codicia del vicio, en la marabunta de la vida, en el saber que aunque haya mañana hay que volcarse en el hoy. Para amenizar la charla-coloquio adquirí dos tintos alemanes ni fu ni fa.

 

Tras el fraudulento show, donde si hubiera entrado un inspector de trabajo se habría salido de la librería pensando que los asistentes eran currantes y el que charlaba el jefe, me marché con Adrián, mi compinche en esos dos días berlineses, a dar una vuelta donde se acopló parte del público, su socia y el novio de ésta. La verdad, comentar algo de esa noche que no fuera lo usual, con la perversión entrando de lleno en la ilegalidad, y ésta, sin dejarnos dormir cuando llegamos a casa, me permitió aceptar que Europa sigue siendo Europa. Y que acostarse al amanecer no es pecado cuando se hace muy de tanto en cuanto. Berlín, por cierto, preciosa y cómoda. Austera y decente. De día y de noche.

 

Aquel sofá donde pernocté, por cierto, en un piso confortable de la zona ex comunista, con paredes como muros y techos como jirafas, me ayudó a reconciliarme con ese primer mundo del que, en realidad, nunca estuve enfadado. Un mísero sofá, menor que mi tamaño, y una manta del Ikea bastaron para que despertara de una manera única: por un momento deseé residir en Berlín, pero a su vez me preguntaba si ese sueño ficticio no habría sido debido a que levantarse a las dos de la tarde no ayuda a tomar las mejores decisiones.

 

Ese domingo de libro, con el otoño arañando el vergel berlinés, y cuando cruzamos dos cementerios en quince minutos, me ayudó a exigirme más, a comprender que Asia es la hostia pero que sigue sin ser abrevadero de muchas de mis necesidades: culturalmente es un solar, humanamente es una sonrisa ficticia, y femeninamente es un bodrio esclavista, donde si no fuera por esa necesidad antiquísima de tener que hacer el acto ni Cristo viviría en semejante era cultural. Luego me metí en un turco a comer de verdad. Porque Alemania, culinariamente, ofrece casi lo mismo que literariamente Camboya.

 

Tras recogerme temprano, comencé a leer libros que Adrián tenía por su casa. Libros que sabía que nunca podría terminar y que leía a borbotones, a pedacitos, todos contra todos, como si al día siguiente en vez de a un avión intercontinental fuera a un examen de literatura recientemente leída.

 

A eso de las seis de la mañana abrí un ojo, y luego los dos –es curioso, la primera vez que me acosté en Berlín lo hice a la misma hora que en esos instantes me levantaba–, descubriendo al salir a la calle que el frío hacía que la temperatura rozara los ceros grados centígrados. Repartidores de fruta, moviendo cajas como bestias, donde dominaba la manzana ácida, echaban vaho por sus bocas cuando no era tabaco: algunos, en pleno esfuerzo, hasta fumaban. Caminé arrastrando ambas maletas a través de una calzada escasamente uniforme por culpa de que estaba repleta de piedras y cemento, cuando el metro, de nuevo, me devolvería en su línea circular a Tegel, el aeropuerto berlinés de verdad donde tuve un importante altercado con una oronda demasiado quisquillosa uniformada con el traje de Lufthansa. Es lo que tiene cuando cargas con una melena extraña, una medidas algo desproporcionadas, mirada de preso, y actitud cuasi violenta cuando la de la compañía aérea me exige medir el equipaje de mano. Éramos cincuenta en la cola y me tocó a mí. ¿Casualidad?

 

Mide más de lo exigido. Debe volver a facturar.

 

Mire, llevo viajando con esta maleta como equipaje de mano desde Camboya, pasando por Tailandia, Dinamarca, España, hace dos días con Easyjet hasta Schönefeld. Y ningún problema. Y ahora ustedes me vais a tocar los cojones (textual) en un puto vuelo local Berlín-Múnich.

 

Le repito, mide más de lo habitual. Y las normas de nuestra compañía dicen…

 

Cojones, unifiquen las normas, que soy un pasajero, y no un esclavo que tiene la obligación de saberse las reglas de cada compañía, cuando sois, además, doscientas.

 

Le repito, son las normas.

 

Pues muy bien: ni tengo ni dinero ni voy a dejar esta maleta aquí tirada. Así que ya me diréis.

 

 

Por supuesto, y por la presión legal ejercitada, la mujer, conminada con otra, decidieron dejarme pasar bajo una excusa tan progre y falsaria que sentí vergüenza ajena.

 

Muy bien, le facturamos la maleta y no tiene que pagar nada ya que el equipaje anterior sólo pesaba veinte kilos y el máximo por pasajero es treinta. O sea, que sumando ambas maletas cumple con las normas.

 

 

Ni que decir tiene que la anterior pesó veinticinco kilazos y que la de mano que acabó siendo también facturada, con más de cuarenta libros, casi todos de mi propia cosecha, pesaba trece. Pero ante mi afrenta la legalidad alemana bajó la guardia, sospechando que podría haberla montado gorda. Como dato racista decir que, a la vuelta, en la misma cola donde perdí la vez, había como setenta personas, como poco, con equipajes de mano más violentos en su tamaño que el que acababan de facturarme. Pero o eran alemanes o la oronda azafata tenía miedo. Y luego el acabose.

 

Por favor, desabróchese el cinturón que debo verificar si lleva explosivos.

 

 

Que me lo llega a decir una tía en vez de un gordo y le digo que sí. Que explosivos. Que según el amor. Pero el tipo, perfectamente uniformado de policía, me palpó con unos guantes la zona testicular cuando la última vez que me ocurrió algo parecido fue en un examen médico para una empresa que trabajaba. Y tras este nuevo incidente, acometido tras una mísera cortina, como si en vez de en un aeropuerto estuviera en un sex-shop, debo reconocer que Europa, por mucho que la admire, no me es recíproca; porque aparte del manoseo en Berlín-Tegel, debo recordar que en Zúrich, a la ida y a la vuelta, me ocurrieron hechos sumamente parecidos, sumando que en Copenhague un policía me recriminó por una estupidez, y que en Málaga, cada vez que aterrizo desde el sudeste asiático, me abren las maletas y me hacen preguntas. Lástima que no venda libros suficientes como para que me rindan pleitesía en los puntos de control de pasaportes, pero el día que eso llegue…

 

El vuelo a Múnich, tranquilo. Y la espera al de la Thai tomándome un par de copas de vino y dándole a la tecla, fenomenal. Luego embarqué dándome cuenta que elegir el asiento con antelación no te asegura el éxito, ya que yo disponía de mi asiento de pasillo pero a mi derecha, una familia extrañísima, conformada por un tipo que pesaba por tres y una señora entre calva y miope –iban, además, en bermudas y no me saludaron al llegar– me obligaron a tomar una decisión escasamente trabajada: me acerqué a una azafata tailandesa, la sonreí –es lo que hacen ellas sin media palabra–, y le rogué que me buscara otro asiento, aunque fuera en la bodega del avión. De manera milagrosa –a veces sonreír conlleva premio– recibí el permiso para mudarme a una de las filas de en medio que estaba completamente vacía, compuesta por cuatro asientos. Sin querer abarcarlos todos, aposenté mi culo sobre el de la esquina izquierda, y mi libro y ordenador sobre el contiguo, dejando dos libres, por si había revancha. Porque al instante un señor ruso –lo de señor es por ayudar al gentilicio a tomar forma– reclamó a la misma azafata por esos lugares que yo ocupaba que parece ser él había solicitado anteriormente. Durante todo el viaje fui comiendo y bebiendo, leyendo y roncando, riéndome y tarareando, en una paz sin igual que demuestra que viajar en primera debe ser la hostia porque hacerlo en turista sin gentes a tu lado ya lo es. Y la soledad como premio en un planeta con no sé cuántos miles de millones de habitantes.

 

Al llegar a Camboya tras el transbordo mañanero en Bangkok, su corrupta policía metió sin calzador una publicidad de un complejo de viviendas en mi pasaporte. Sentí náuseas. Pero a fin de cuentas acepté que había vuelto al denigrante tercer mundo. Porque las categorías a la hora de ser superior o inferior no las marcan los gobiernos, sino los habitantes de los países. Como dato a agradecer, en el aeropuerto de Phnom Penh siguen sin abrirme una sola maleta. Que cómo cambia mi imagen según qué países transite. Que así está la cosa, por mucha globalización y tanto cuento chino que haya.

 

 

Joaquín Campos, 24/11/15, Phnom Penh.