Por la vía rápida 2: AVE Sevilla-Córdoba

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Tras mi segunda visita a los estudios en Sevilla que posee Radio Nacional de España, salí disparado hacia la estación de Santa Justa, poderosa, donde aparte de desayunar pan con tomate y aceite, me bebí el primer café en tres años, que yo creí necesario por la euforia contenida y el cansancio acumulado, pero que casi me hizo subir al AVE que me llevaría a Córdoba con el cardiólogo a cuestas.

 

Tras mi segunda visita a los estudios en Sevilla que posee Radio Nacional de España, salí disparado hacia la estación de Santa Justa, poderosa, donde aparte de desayunar pan con tomate y aceite, me bebí el primer café en tres años, que yo creí necesario por la euforia contenida y el cansancio acumulado, pero que casi me hizo subir al AVE que me llevaría a Córdoba con el cardiólogo a cuestas. Por si alguno me lee desde Latinoamérica aclararle que el AVE es un avance para un país y un retraso para los viajeros de verdad, porque antes de aceptar que estás viajando ya te estás apeando en tu destino, por esa manía de ver quién corre más, quién la tiene más larga…

 

Mi fortuna al llegar a Córdoba se multiplicó por nueve, ya que su ilustrísima Pablo M. Díez, amigo y corresponsal en Asia del diario ABC, me esperaba con su coche, un utilitario que nos llevó hasta su casa, lo más parecido a una mansión. Y de allí al agasajo extremo: paseo por el centro; comida algo más que copiosa, con rabo de toro y salmorejo entre el torticero menú que casi nos obliga a meternos una siesta; y otro paseo visitando la plaza más sorprendente que pisaron mis pies durante esta gira: la de la Corredera, golpetazo castellano en el corazón de Al-Andalus.

 

La presentación, en la República de las letras, con el poeta Pablo García Casado, merece ser resumida de la siguiente manera: Pablo M. Díez, mi amigo, en su afán por ser cordial hasta la extenuación, reunió en la charla a una decena de personas cercanas –él es cordobés–, que sin sus llamadas telefónicas habrían dejado la asistencia en cuatro: tres señoras y un señor. Las libreras, maravillosas, así como su selección de libros, de donde me llevé García del otro Pablo, el poeta, que lo primero que hizo cuando nos presentaron fue preguntarme lo siguiente: “Oye, en serio: ¿todo lo que cuentas en Doble Ictus es cierto?”. Cuando le contesté afirmativamente él lo remató con un “Vaya tela, vaya tela”, moviendo la cabeza arriba abajo, entre resignado y afectado. Luego tomamos vinos y hablamos de literatura, porque la librería, además, servía vinos muy decentes; alguno de ellos rondeño. A eso de las dos de la mañana nos recogimos por la evidente amenaza de que si no dejábamos de ir de bar en bar veríamos amanecer.

 

Antes, una aclaración: participar en un gira literaria por ocho ciudades españolas además de Berlín, a la edad de 41 años, con más cicatrices vitales que páginas impresas por mi editor, no me hizo engominarme el pelo, posar y engolar la voz, evitar el trato de asuntos pornográficos ante el público asistente, o adquirir trajes de marca para parecer más cosa de lo que realmente soy. Salí airoso; auténtico. Cuando lo normal en estos casos es pedirle matrimonio a Ayanta, pasear el trasero de plató en plató, y apestar a apariencia grotesca mientras ingresas cheques por arrastrarte.

 

Y al día siguiente un recordatorio de lo que es la democracia: huelga de trenes. Por lo que los dos únicos que salían hacia Málaga, próxima estación, cargaban con ciertos problemas: el primero, por no disponer de asientos libres; y el segundo, por partir a eso de las tres, cuando yo a esa hora debía estar comiendo en Málaga con Christina, de Renacimiento, y mis dos presentadores: Marcos Rodríguez-Espinosa y Juan Pascual Martínez. Por lo que Pablo M. Díez, que disfrutaba de su hogar, de su señora madre, y en resumidas cuentas, de sus vacaciones anuales, se prestó a conducir su utilitario hasta el mismo centro de Málaga. La autovía, perfecta. Y la parada cerca de Antequera, maravillosa, donde radiografié a esa parte de la población ibérica que detiene su coche en una estación de servicio, pide un par de cañas –que tal como están las cosas con el asunto del tráfico está más penado que pillar dos gramos–, una de ensaladilla, mira la tele encendida sin saber el porqué, y, como si estuvieran abducidos, se dejan caer por la tienda de souvenirs donde se pillan un cenicero recuerdo de la zona, una bolsa de tortas caseras y un décimo de la lotería de navidad. Yo sólo pillé tortas de aceite.

 

 

Joaquín Campos, 17/10/15, Phnom Penh.