Por la vía rápida 4: Roser Superstar

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Con algo de calor extra que ayudó a que el vino leonés se revelara cabezón en una inicialmente presumible y dominable resaca, recorrimos Adrián y yo Barcelona con la esperanza de que ese día fuera El día del Abstemio, que visto cómo está el mundo de imbécil, o lo hay o le faltará poco para que exista. Una casa que me dejó un amigo en General Mendoza, desde donde la vista sobre Barcelona era épica, nos sirvió de cuartel general, que en realidad yo habría soñado con un par de colchones junto al Pinotxo, el mejor abrevadero de placer no sexual.

 

Con algo de calor extra que ayudó a que el vino leonés se revelara cabezón en una inicialmente presumible y dominable resaca, recorrimos Adrián y yo Barcelona con la esperanza de que ese día fuera El día del Abstemio, que visto cómo está el mundo de imbécil, o lo hay o le faltará poco para que exista. Una casa que me dejó un amigo en General Mendoza, desde donde la vista sobre Barcelona era épica, nos sirvió de cuartel general, que en realidad yo habría soñado con un par de colchones junto al Pinotxo, el mejor abrevadero de placer no sexual que jamás disfrutaron mis papilas gustativas. Que además el Pinotxo se asiente en medio del deplorable mercado de La Boquería, lugar al que sólo le falta una capilla y un párroco para oficiar misas, demuestra mi teoría de los milagros, donde del más pegajoso lodazal se puede sacar siempre algo en claro. De ahí mis queridísimos The Den en Pekín, el ya desaparecido Casablanca 2F en Shanghái o el Toni 2 en Madrid. En Barcelona, ciudad mucho menos astuta, este tipo de milagros se ofrecen diurnamente, para que no te salgas del tiesto. Que por cierto, vaya judías de Santa Pau con chipirones, casi a la altura de sus inconmensurables garbanzos con butifarra negra, cuando El Pinotxo, en realidad, es el auténtico El Bulli, que los paletos del resto de España se empeñan en llamar “El Buli”, en una las demostraciones más palpables de la penosa raza española, que no sólo no tiene ni puta idea de catalán sino que aparenta dominar esa lengua en reuniones sobre lo culinario donde si yo fuera el chef cerraría puertas y ventanas y dejaría el gas abierto.

 

Luego la clásica parada en La Vinya del Senyor, donde con la ayuda de Trullás, otro que tal baila, nos metimos una botella de la D.O. Manchuela, por lo de ayudar al resto de España a vender en una Cataluña donde todo el mundo hablaba de lo mismo: independencia, ¿sí o no? Juro que en medio de la locura colectiva, beodo de placer, sin haberme lavado los dientes, cuando por lo tanto paseaba los restos de morcilla por el riachuelo de tempranillo que transitaba por mi boca, me introduje cual ratilla en la cúspide de las visiones lisérgicas: la iglesia de Santa María del Mar y sus vidrieras como alucinaciones. Si no lloré fue porque lo iba a hacer al día siguiente, durante una boda sin párroco ni legalidad alguna, salvo los que cargaban con el piano bar: el mejor momento vivido en el último lustro por mis oídos, tan lejanos del placer que me suelen generar la vista, el olfato, el tacto y el gusto.

 

Y haciendo tiempo llegué hasta la librería LAIE, sita en la calle Pau Clarís, que como el año anterior me acogió sin exigencias. La librería LAIE, para el que no lo sepa, es un centro cultural donde también se bebe y se come. Lo importante es su planta baja, repleta de libros, donde los míos poseían una importante cuota de escaparate, a causa de mi inminente presentación. Antes de que ésta se diera y conociera a Roser Amills, que aunque no lo sospechen es la protagonista de este texto cuando entra en el mismo casi a las quinientas palabras escritas, me di de bruces con Miquel Iceta, el jefe del los socialistas catalanes, que buscaba libros mientras caí en el precioso detalle de que un maromo guapo, altísimo y excelentemente bien vestido le esperaba, en la puerta de la librería, sobre una moto de grandísima cilindrada. Sin querer saber la orientación sexual del bailarín de las recientes elecciones catalanas puedo asegurar que aquel señor tan imponente que le esperaba no era, precisamente, su guardaespaldas. O si acaso, no sólo eso.

 

Ya en la planta de arriba, estrechando las manos de mis eternos amigos barceloneses, me entró una mujer de corte de pelo egipcio y sonrisa perenne que dijo llamarse Roser Amills. Días antes ya me había advertido por mediación de un correo electrónico que Doble Ictus le había parecido un primor, o como ella exactamente escribió, “un precioso homenaje a una ex pareja”. Luego tengo que soportar que me tachen de misógino, cuando siempre debería exigir tras esas calificaciones la prueba del algodón: ¿desde cuándo no disfruta de orgasmos, querida? O querido.

 

Roser comenzó de la mejor manera posible ante una audiencia que superaba el medio centenar de asistentes: “Bueno, este hombre que tengo a mi izquierda dice que lleva follando veinte años sin condón”. No me ruboricé. Tampoco aclararé que no era del todo cierto. Pero por un momento, viendo las caras de algunos asistentes, creí escuchar la sirena de una ambulancia de donde saldrían dos alguaciles prestos a detenerme para llevarme a los loqueros. Porque la locura seudo demócrata de lo políticamente correcto siempre anda al acecho. Que por eso me marché a Asia.

 

Roser, lista hasta la extenuación, aunque algo menos inteligente que llamativa y contundente en lo comercial –por un momento dudé, al finalizar la presentación, si alguien del público habría sido capaz de recordar no ya mi cara o mi voz, sino hasta mi nombre–, colaboró de tal manera que exigió a los presentes la toma de ambos antibióticos: Doble Ictus, la narración al detalle de una relación, y Cartas a Thompson (Island), la locura final en forma de versos extraños. Y lo mejor de todo: de todas las ciudades donde presenté, incluidas Málaga y Madrid, Barcelona ganó en número de ejemplares vendidos. También en el coñazo supino del sí o el no a la independencia. Pero ese es otro cantar.

 

Tras la exhibición, recalco, de un ángel celestial que ríe y habla a partes iguales, endemoniando a la parroquia, enmudeciéndola, además de ensombreciendo al que escribe, nos marchamos a tomar algo, que en eso da igual ser catalán, castellano, andaluz o ceutí, que fue cuando corroboré que algo más de la mitad de los asistentes eran cercanos al escritor, demostrándose una vez más que esta gira sin mis insinuaciones varias contra mis amigos o cercanos habría sido un rotundo fracaso. En el bar, por cierto, cañas por doquier, descorches sin cesar –ojo al tinto Tocat del l’Ala, etiqueta diseñada por el genial Edu Simonneauy algunas raciones pasables.

 

Como irse a casa era harto complejo –recuerden que yo pernoctaba en el hogar de otro– proseguimos la procesión hasta el amanecer, que fue cuando compré el periódico, pedí un Cacaolat fred con bocadillo de sobrasada y queso, y me fui a dormir, con el olor de Roser entre mis dedos y unos recuerdos tan cercanos que se hicieron sueño justo antes de despertar: serían las dos de la tarde y había soñado que Roser y yo íbamos en el asiento trasero de un coche del que nunca pude ver la cara de su conductor.

 

En la boca de metro de Penitents la vi por última vez. Aunque Roser es de esas personas a las que sabes que aunque la veas dentro de tres lustros todo parecerá como la última vez. Su sonrisa, eterna, ayudaría a recapacitar a un suicida. Aunque de la misma manera fijarte mucho en esa sonrisa podría hacerte saltar por la ventana. Gracias Roser. Superstar.

 

 

Joaquín Campos, 27/10/15, Guangzhou.