Por la vía rápida 5: una boda en el Vallès

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Antes de que diéramos con el pueblo, Sant Feliu de Codines, yo estaba a medio minuto de vomitar. Y eso que iba delante de una fastuosa furgoneta Mercedes repleta de asientos, donde Peiró, que se casaba, llevaba a sus testigos, entre ellos mis amigos Trullás y Aguilera, además de otros venidos de Oriente y los Estados Unidos y el que escribe, que fue invitado sin ser testigo y que casi provoca un asunto desagradable, como es vomitar a medio metro del futuro marido, que iba a ser testigo de mi afán de protagonismo.

 

Antes de que diéramos con el pueblo, Sant Feliu de Codines, yo estaba a medio minuto de vomitar. Y eso que iba delante de una fastuosa furgoneta Mercedes repleta de asientos, donde Peiró, que se casaba, llevaba a sus testigos, entre ellos mis amigos Trullás y Aguilera, además de otros venidos de Oriente y los Estados Unidos y el que escribe, que fue invitado sin ser testigo y que casi provoca un asunto desagradable, como es vomitar a medio metro del futuro marido, que iba a ser testigo de mi afán de protagonismo.

 

Antes, cuando la mañana se hacía aperitivo, embarcamos en el barrio de Gracia, donde Cristián, un conductor como la copa de un pino, elegante e incluso algo dicharachero, condujo la aeronave de manera peculiar, organizando un curioso debate donde, cómo no, salió a relucir el asunto de marras: la política catalana, en sí la española.

 

Cristián abusó de su copiloto –en este caso yo, que iba delante intentando hacer decrecer las posibilidades de vómito–, obligándome a ver diversos videos que emitía su teléfono móvil que de nuevo tuvieron que ver con el asunto de marras. La verdad es que no me habría molestado si no fuera porque decidimos acudir a comprar pollos asados y demás viandas a uno de los escasos negocios de hostelería abiertos en el pueblo. Era domingo y caía una fina lluvia. Para llegar, callejeamos de tan mala manera que la arcada ya fue mi cómplice hasta media hora antes de la boda, enlace que se celebraría a eso de las seis en una casa como un palacio a tres kilómetros del pueblo, en plena motaña. Mientras pillaban tres pollos además de raciones de croquetas y macarrones, yo me di una vueltecita por Sant Feliu de Codines, abrumado por tan tremebundo mareo, momento en el que me di de bruces con una de esas pintadas que te recuerdan por qué España agoniza: Catalonia is not Spain, habían escrito en la tapia de lo que parecía una casa abandonada, demostrándose que hasta en los escenarios más extraños uno puedo oler a boina friéndose. Además de que en Sant Feliú de Codines el turismo extranjero no es, precisamente, su fuerte, como para tener la internacional idea de expresarse en inglés para asuntos tan locales; cuando todos sabemos que el nivel de inglés del Vallès Oriental es muy parecido al de El Bierzo o los Picos de Europa.

 

Tras el atracón previo a una boda –aunque no lo crean, seguíamos en España, donde no se da respiro a la orgía culinaria ni en los entierros, con esos negocios de hostelería posados como quebrantahuesos en los mismos tanatorios– comenzamos con un ritual que para mí es extraño, el cual consistía en pasear, meditar, hacer bromas, especular con el vestido de la novia, abrazarnos… A eso de las cinco y media comenzamos a vestirnos, que fue cuando me di cuenta de que aunque no llevara corbata o pajarita –no sé, en esos menesteres, no sé hacer la O con un canuto– no iba a desentonar de ninguna de las maneras. La camisa que acompañó a un traje hecho a medida en un localucho de Pekín la adquirí unas horas antes en un ZARA, asumiendo riesgos; los zapatos reciclados desde hace ya casi un lustro; y el cinturón me lo regaló mi hermano cuando le dije que me lo prestara… al menos llevaba perfume. De mi corte de pelo mejor ni hablar. Y al menos, como vengo advirtiendo, no vomité.

 

Por lo que antes de que algún miembro de seguridad de aquel fabuloso castillo incrustado en plena montaña –lejos de aquel pueblo politizado que apestaba a pollo a l’ast e independencia– me pidiera mis credenciales, tomé asiento cerca de los protagonistas, por lo de no sentirme a solas. A mi lado una taiwanesa de dientes mejorables. El cielo, por cierto, se abría, mostrando un azul mediterráneo memorable. La temperatura se adaptó al gusto de todos. Y luego lo de casi siempre: el llanto; que en mí era una novedad absoluta.

 

Porque tras un día cercano al vómito, nublado y en cierta manera extraño, el cielo se abrió y yo entré en una fase infantil decadente en la que me acompañaron, al menos, la mitad de los presentes. Una boda, para mí, es una estafa. Pero la boda cuando es de otro, o sea, se ve de lejos, se come bien, las bebidas acompañan –magnífica decisión en los aperitivos de colocar unas pocas botellas de Pétalos del Bierzo, el majestuoso tinto berciano que elabora Álvaro Palacios–, y no corres el riesgo de emparedarte con alguna soltera en plena cuenta atrás, es un deleite, que en el caso de la de mi amigo Peiró y su ya esposa Janet mantuvieron en secreto un milagro no cotidiano, que tras el lagrimeo fácil fue la auténtica apoteosis: tres chicos acojonantes, guapos y perfectamente bien vestidos, se plantaron en medio del jardín, donde ya atardecía en una vista psicodélica de Barcelona –tan lejos de los comentarios y comidillas de su población– que fue cuando se sacaron un piano-bar de la manga y se pusieron a servir cócteles, a cantar y a amansar a las teclas y a la percusión. Probablemente en algún momento de aquel deleite me debieron entrar ganas de casarme. Y suerte que ya había llorado antes.

 

A eso de las cinco de la mañana un autobús de cincuenta asientos nos traía de vuelta a Barcelona a Trullás y a mí, como si aquello fuera un secuestro o hubiéramos sido detenidos. La única razón para tanta floritura es que nos quedamos los últimos. Yo, un par de horas antes, me fui a dormir a la habitación donde muchas horas antes se cambiaron los testigos y yo mismo. Antes, me había tenido que comer cinco minihamburguesas para amortiguar el último error de Peiró como soltero: adquirir diversas botellas de single malt, entre ellas mi predilecto Yamazaki. Llegué a Barcelona con 20 euros de más y sin la camiseta que me vestía a la ida. Por lo que podría haberme ocurrido que, en mis sueños más extraños, hubiera hecho de chapero en aquella habitación, donde algún testigo también beodo y sin pareja se habría aprovechado de mí, viéndome roncar.

 

 

Joaquín Campos, 01/11/15, Phnom Penh.