Por la vía rápida 7: Alicante

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En esta gira deficitaria, en donde en realidad me organicé unas vacaciones literarias sin el patrocinio de Renfe, elegí a Alicante por una sencilla razón: hacía más de una década que no me encontraba con Óscar Martín Borromeo, un amigo de verdad, hermano, cocinero de postín y seguidor, como yo, de Hofmann: el suizo más importante que jamás dio Suiza a este mundo. Antes, y todavía en Valencia, andaba camino de mi nuevo tren cuando me detuve en un bar de desayunos regentado por una familia china que me sirvió un bocadillo de tortilla a la francesa con queso simplemente espléndido.

 

En esta gira deficitaria, en donde en realidad me organicé unas vacaciones literarias sin el patrocinio de Renfe, elegí a Alicante por una sencilla razón: hacía más de una década que no me encontraba con Óscar Martín Borromeo, un amigo de verdad, hermano, cocinero de postín y seguidor, como yo, de Hofmann: el suizo más importante que jamás dio Suiza a este mundo. Antes, y todavía en Valencia, andaba camino de mi nuevo tren cuando me detuve en un bar de desayunos regentado por una familia china que me sirvió un bocadillo de tortilla a la francesa con queso simplemente espléndido. Luego, tras tomar el convoy desde la estación de trenes Valencia-Joaquín Sorolla, me apeé en Alicante, donde un taxista entre pícaro y remolón se entretuvo en demasía antes de entregarme en L’Ambrossia, restaurante que regenta un músico que cocina. Y me sigo refiriendo a Óscar.

 

Más de diez años no son nada, por lo que tras abrazarnos nos metimos cuatro cañas, un par de vinos (botellas), y el apoteósico potaje de judías pintas que Óscar cocinó de manera viciosa: con su cerdada completa: chorizo, morcilla, panceta, carne, tocino… Luego llegó el turno del café, que fue cuando yo en vez de irme a dormir la siesta me entretuve recordando con mi querido amigo ese pasado tan lejano, único culpable de que yo hubiera viajado a Alicante a presentar dos libros, cuando yo nunca había estado en Alicante ni falta que me hacía.

 

Paseé, paseamos, para adentrarnos en otra ciudad española mediterránea, algo cascada en su casco antiguo, y especialmente en su centro neurálgico, cuando también ofrecía impactantes imágenes de secarral: monte pelado, calor asfixiante –primera semana de octubre– y sudores casi de mi querido sudeste asiático.

 

Antes de la presentación, y todavía asumiendo el potajazo que había engullido horas antes –momento adecuado para buscar el mejor digestivo que España ha robado a los ingleses como ellos hicieron con Gibraltar: el gintonic­–, me encontré con Luis Bagué Quílez en un bareto cercano a la librería Pynchon & Co, donde las libreras nos habían preparado un magnífico espacio donde poder darnos rienda suelta. La asistencia sin ser ínfima fue baja, por lo que, convencido de a qué había ido en realidad a Alicante, salí por la puerta grande tras haber firmado sólo seis libros, llevándome, además, dos de Josep Pla, un narrador eficiente, con una técnica no precisamente sobrada, que sin embargo tenía tantas cosas que contar que acabó convirtiendo su vida en literatura y ésta en necesidad. Admiro su capacidad para narrar, y sobre todo para viajar, en una España que por entonces debía ser un solar. Aunque ahora que lo pienso, ahora también parecemos un solar.

 

Como tras cada presentación, se quedaron algunos amigos y parte del público con los que nos volvimos al negocio de Óscar a continuar fomentando el consumo de tinto patrio y la conversa, que se transformó en penosa cuando un farlopero entradito ya en años –drogarse no está tan mal, salvo que ya roces los cincuenta añazos de edad– me recriminó, en el crepúsculo de su melopea, el que hubiera escrito tan alegremente sobre prostitución infantil. Cuando le pregunté si se refería al reportaje que escribí sobre Laos se le puso la misma cara de uno que no conoce, precisamente bien, la geografía asiática. Para redundar en su error, enloquecido y agresivo, me dio dos tiros de gracia: “¡Porque yo tengo una hija de once años!”; y la tan aclamada por tan española: “Si yo hubiera estado en ese prostíbulo habría salvado a las niñas”. Antes de agredirle o machacarlo con un tenedor le dije a Óscar que prefería marcharme. España, como pude comprobar, sigue repleta de perdedores, de mediocres, de sospechosos de todo tipo de delitos, desde penales a morales pasando por culturales. Que me temo que él en Laos si hubiera preferido meter el cilindro entre las piernas de alguna muy menor. Dime de qué presumes y te diré de qué careces.

 

Y en casa de Óscar, durmiendo juntos, con su ex charlando sin cesar apoyada en una esquina del colchón, acepté que para no perder el tren del día siguiente a Madrid debía no dormir. O como mucho dormitar. Que para ahorrar me había pillado un extraño enlace: un tren Alicante-Alcázar de San Juan, para tras una hora y poco de espera en medio de La Mancha pillarme el directo a Madrid. Porque no hay nada como no tener dinero para saber a qué sabe la vida. O la vida de la mayoría.

 

 

Joaquín Campos, 13/11/15, Phnom Penh.