Por los chelines

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Ya imagino mi llegada a la oficina el primer día, presentándome a mis nuevos compañeros entre aplausos con lágrimas en los ojos, como con las croquetas, en forma de despedida. Sería el compañero de trabajo idóneo, como para Hamlet lo era Polonio una vez muerto.

 

“Los diez chelines por noche que gana son dinero”.

Juventud, J. M. Coetzee

 

 

Después de cada verano, con septiembre negándose a reverenciar a nadie, la cuenta está en números rojos, de forma natural e irremediable, como lo es que se caigan las hojas de los fresnos en otoño. Así es como el jueves pasado mi hermano terminó siendo esposado a una lámpara por un niño de 11 años para el que hacía de canguro. Y supongo que eso es lo que se conoce como riesgo laboral. ¿Por qué? Por los chelines.

 

Hablo de esto porque mañana tengo una entrevista de trabajo (y una analítica, un día duro). Teleoperador. Me queda cerca de casa, no pagan mal, y en la mayoría de puestos para becario de redacción o algo relacionado con el mundo audiovisual la máxima recompensa a fin de mes es probable que sea un sugus. Parece que cualquiera que se permita trabajar en ese mundo tenga que hacerlo por ocio. El otro día una amiga me contó que llevaba de becaria un año en un diario deportivo de primer nivel sin ver un centavo y que la gente la felicita por privilegiada. Pero ese es otro tema.  

 

Así que al teléfono. O a intentarlo, que igual tiro la toalla antes del primer timbrazo. Cuando vivía en Alemania conocí a un muchacho argentino que me ofreció trabajar para una línea erótica. Tuve que explicarle que a mí lo de excitar por una llamada telefónica nunca se me ha dado bien, si ni siquiera he conseguido nunca caldear el ambiente por Skype, que es casi un vis a vis, ya ni hablemos con el aparato en la oreja y mirando a la pared. Hace unos años estuve quedando con una chica durante un par de semanas a la vuelta del verano  y una noche, después de pasar la tarde morreándonos en el parque, me llamó por teléfono y me dijo: “Será mejor que no sigamos viéndonos” No fui capaz ni de preguntarle el por qué y acepté mi condición de alma en pena, y cuando alguien me preguntaba que qué había pasado con aquella chica lo único que se me ocurría era explicar que la culpa de todo la tenía el puto teléfono. En persona nada de eso hubiera pasado, o al menos le habría reprochado algo, o le habría llorado en el hombro, pero por teléfono me pilló desprevenido y le contesté como cuando tu madre te pone al aparato para que saludes a algún pariente lejano: “Sí…, mm…, aha…, bien”. Un final trágico en cualquier caso.

 

Creo que mañana iré a la entrevista mascando más vocabulario. Al menos, pienso, pasaré las horas sentado, que ya es ahorrarse un esfuerzo. Durante un par de meses estuvimos trabajando en un servicio de catering, donde solía tocarme servir el champán con unos zapatos que me estaban pequeños y así terminaba siempre con los pies desintegrados. El único recuerdo hermoso que conservo de aquello fue cuando conseguí meterme en el bolsillo cuatro croquetas de jamón que llevaba un compañero en su bandeja, acto seguido me escondí en el baño a comérmelas con lágrimas en los ojos y el pelo despeinado mientras fuera el mundo seguía girando. Momento maravilloso. Jamás me volverán a saber tan bien unas croquetas.

 

En primero de carrera mi hermano y yo trabajamos durante dos semanas de captadores de socios de una ONG. Sí, con peto y carpeta parando gente que te esquiva con la astucia de un corredor 100 metros vallas. Había que conseguir cinco socios al día. Yo conseguí uno solo en mis dos semanas y encima me sentí culpable porque era una señora en paro, que me fui a casa maldiciendo en voz baja mi ética laboral. Así que descubrimos que nuestro punto fuerte era centrarnos en un target específico, jovencitas que rondasen nuestra edad, y que el tema marchaba si además las pedíamos el móvil sin mencionar si quiera la opción de hacerse socias. Esto sumado a que el tercer lunes no nos presentamos porque nos fuimos a Londres a ver a un amigo (entonces consideramos que ya merecíamos unas vacaciones) nos costó el despido.

 

En una cafetería de Las Rozas Village entré de pinche de cocina hasta que la jefa me vio incapacitado y me pasó amablemente a camarero. Había cierta atracción entre nosotros (creo) y eso me mantenía a flote asegurándome el puesto. Las cosas se pusieron feas cuando un cliente me acusó de los elevados precios de las hamburguesas; el tipo no llegó a entender que yo no tenía mano en los asuntos económicos del negocio. Además la jefa y yo nos distanciamos… Disgustado por todo un poco (era una época de esas en las que uno se echa a llorar si están saladas las lentejas) empecé a pedir reducciones de jornada hasta que mis horas de trabajo semanal casi no sumaban cuatro. Ella terminó con aquello de forma elegante firmándome un cheque como finiquito digno de un alto ejecutivo, yo prometí pasarme a visitarla y nunca lo hice.  

 

Durante cuatro meses hice de profesor particular para un chaval de nueve años que era un tanto raro. Bueno, la madre era la rara. Lo tenía encerrado en el cuarto estudiando cuatro horas cada tarde y yo tenía que ir una de esas horas a echarle un cable. Ni aunque se hubiese puesto a intentar adelantar cursos le hacían falta tantas horas, pero tampoco quise contradecir a la madre y mis ingresos pendían de aquello. Además me pagaban como si le enseñase física cuántica, y recuerdo una tarde que nos pasamos los dos mirando una hoja en blanco discutiendo sobre cómo podía hacer su dibujo libre (yo quería que el chaval fuese algo clásico y usase solo un lápiz negro, pero él era un vanguardista y le echó al folio la tinta de dos bolis rojos por encima). Era la época posterior a lo de la ONG y mi ética laboral seguía confundida, pero sí pensaba que esta vez trataría de cumplir y que no me despidiesen. Y lo conseguí, aunque no me quedé por mucho tiempo. Tuve que decir adiós de todas formas porque aquella relación entre profesor alumno y madre se me estaba yendo de las manos. Y no porque me enrollase con la madre, sino porque, al principio, ella nos espiaba; después comenzó a interrumpirnos cada diez minutos en todas las clases, me traía más vasos de agua de los que yo podía beber y hacía alguna observación sobre el dibujo de su hijo. Me di cuenta de que no quería que nada escapase de su control, así que llegó un momento en que ella le orientaba desde mi silla y yo les llevaba el agua y les miraba. Tuve que resignarme y despedirme, dar la espalda a mis ingresos de forma suicida y voluntaria. Me pesaba en la conciencia saber que tarde o temprano acabaría pasando esa hora cada tarde sentado en el sofá leyendo el periódico junto al padre mientras la madre perdía los papeles con su hijo para luego salir a darme las gracias, un beso en la frente y a pagarme.

 

Pero es que lo de profesor particular es complicado. En segundo de carrera durante dos meses me pasaba cada tarde por un edificio entre el Retiro y Atocha para ayudar a aprobar ciencias naturales a una niña de 11 años. Desde el principio yo entendí que a ella no le hacía ninguna gracia y que prefería estudiar sola, y ella entendió que yo no tenía ni puñetera idea de nada, pero su madre trabajaba de dentista en una consulta en el piso de abajo, así que debíamos mantener la profesionalidad frente a los apuntes durante una hora hasta que yo bajase a pasar la factura. Primero en silencio, los dos mirando por la ventana sin dirigirnos la palabra. Pero poco a poco descubrimos que lo mejor era que yo le contase mis penurias amorosas y entonces ella me aconsejaba, y la verdad que lo hacía de maravilla, con mucho criterio. Se convirtió en mi gran confidente y en una consejera maravillosa. Pero llegado el final del trimestre no aprobó ciencias y tuve que salir huyendo antes de que la niña quisiese delegar responsabilidades frente a su madre.

 

Lo malo de teleoperador es que aún no he firmado ni el contrato y ya estoy pensando en despedirme. Espero que al menos sean generosos con el finiquito, sin duda me lo merezco; no he sido molesto, no he bebido en el trabajo, ni he causado problemas. Ya imagino mi llegada a la oficina el primer día, presentándome a mis nuevos compañeros entre aplausos con lágrimas en los ojos, como con las croquetas, en forma de despedida. Sería el compañero de trabajo idóneo, como para Hamlet lo era Polonio una vez muerto. No sé…, prefiero facilitar las cosas, es mejor así. A ver si me sale algo malo en la analítica (que tengo el hierro bajo, por ejemplo) y puedo llevar la baja directamente a la entrevista.

Antonio Mérida Ordás nació en Madrid en 1992, y veinte años después se fue de Erasmus al sur de Alemania en busca de sol y playa. Estudia comunicación audiovisual en la Universidad Complutense y ha colaborado desde Alemania con El Viajero, y a su vuelta a Madrid con Koult.es, y Achtung Magazine. Hasta hace no mucho, ha sido becario de redacción en Canal Plus. También ha trabajado sirviendo champán con una mano, de pinche de cocina, y eligiendo corbatas en Massimo Dutti entre otras cosas. Ahora escribe de cuando en cuando. Le gustan las películas. Twitter: @antoniomerida92 Aquí se viene a desnudarse, a tomar seis tragos, a bailar un boogie-woogie aunque no bailes, a enfundarse los guantes y saltar al ring agitando las caderas, para terminar brindando por un buen polvo o mejor combate.