Por qué crece la extrema derecha: algunas hipótesis

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¿Es porque los partidos clásicos se dejaron de preocupar por las condiciones materiales de existencia de las clases vulnerables?, ¿es porque ahora esas clases son más débiles todavía y sólo la extrema derecha les da respuestas convincentes?

 

Este artículo sólo plantea unas hipótesis que deberían refutarse o confirmarse con un estudio empírico más profundo. Todo surge a partir de las elecciones austriacas que ha ganado un partido verde a una formación de extrema derecha por poco más de 30.000 votos. Y sobre todo, a partir de estadísticas que apuntan que mientras la clase obrera y la población rural en su inmensa mayoría han apoyado a los ultra-nacionalistas, las clases ilustradas se han inclinado por el voto ecologista. No es una novedad: también se asoció el ascenso del Frente Nacional de Le Pen en Francia al desencanto de la clase obrera con las opciones de izquierda radical a las que habían apoyado hasta los ochenta, mientras los profesionales liberales y los trabajadores de cuello blanco continuaban apoyando a fuerzas liberales. Ahora mismo se apunta la posibilidad de que los trabajadores americanos estén formando parte importante de los apoyos de Donald Trump, aunque esto último está suscitando una gran controversia, dado que hay quien considera que éste es un mito construido (el enésimo) para demonizar a la clase obrera, resaltar su incultura y echarle la culpa del desastre que supondría para el mundo una victoria de Trump. La vuelta al materialismo de los demócratas de la mano de Bernie Sanders no parece estar teniendo tanto éxito entre la clase trabajadora tradicional como entre los jóvenes, pese a que Sanders apela a la primera reivindicando su ascendencia ‘working class’ y la izquierda del país lo considera el candidato de los obreros. El debate, por tanto, está muy abierto.

 

También está siendo objeto de discusión y análisis el porqué en unos países cuaja la extrema derecha, mientras que en otros, como en España, Portugal o Irlanda, aún no haya hecho acto de presencia, al menos de manera relevante más allá de manifestaciones de unos cuantos cientos de personas. De hecho, en estos tres últimos países lo que ha ocurrido es que han aflorado fuerzas nuevas de signo populista, pero de izquierdas, como Podemos en España, o han cobrado protagonismo partidos nacionalistas, pero también de izquierdas, como el Sinn Fein en Irlanda, mientras que el Portugal se ha reforzado una izquierda preexistente y dividida, pero que se ha unido.

 

La extrema derecha, una más suave que la de antaño en cuanto a que no quiere destruir las instituciones democráticas, sino aprovecharlas; más diplomática, porque en general, al menos la que pretende llegar a las instituciones, no hace uso de la violencia, sino de las maneras más exquisitas posibles (excepción hecha, por supuesto, de Amanecer Dorado, en Grecia), no ha aparecido únicamente en los países de los que hablábamos al principio: no hemos de olvidar a la Hungría de Orban, a Ukip en Reino Unido o a Pegida en Alemania, por citar unos pocos ejemplos.

 

La extrema derecha se hace fuerte en Europa coincidiendo no sólo con la llegada de refugiados de las guerras de Siria, Irak y Afganistán, sino también con una fuerte crisis económica cuya duración ya es de ocho años, con la progresiva retirada de los Estados de Bienestar, con el crecimiento del paro estructural, con el aumento de la inseguridad material de cada vez más amplias capas de población, con la sensación de disolución de los antiguos signos de identidad que tienen que ver con la religión, con la nación, pero también con la clase social. La extrema derecha ha conectado tanto con las carencias materiales como con las identitarias de ciertas capas sociales, con las que se sienten más débiles.

 

Aquí viene la hipótesis anunciada al principio: la conexión de la extrema derecha con la clase trabajadora o con los que comúnmente se considera “perdedores de la globalización” puede deberse sobre todo a que ha recuperado en su discurso la preocupación por las condiciones materiales de la existencia.

 

El consenso keynesiano, vigente en el mundo desarrollado entre el final de la Segunda Guerra Mundial y la crisis de 1973 en unos casos, hasta los primeros años ochenta, en otros, o hasta el Tratado de Maastricht (1992) en otros, había resuelto en gran medida los problemas de supervivencia de amplísimas capas sociales, con derechos laborales, sociales y económicos. Tal es así que la clase trabajadora ascendió a la clase media, casi por arte de magia o de las condiciones materiales de existencia, que son capaces de cambiar la conciencia. En este contexto, el discurso de la izquierda cambió, se mostró satisfecha con el más o menos imperfecto Estado del Bienestar, abandonó el programa económico de máximos y se embarcó en conquistas de otra índole, las postmaterialistas, que pasan por la ecología, el feminismo, la libertad sexual… La cuestión está en porqué no se hicieron convivir los dos tipos de reivindicaciones. La pregunta también es por qué los antiguos socialdemócratas se hicieron liberales y abandonaron a sus tradicionales bases sociales, porque creyeron iban a mermar con el progreso y la sorpresa es que han vuelto a aumentar.

 

Finalmente, el postmaterialismo ha resultado ser útil solamente para quienes conservan una buena situación económica tras el azote de la crisis y los recortes. El caso austriaco es el más paradigmático o una fotografía lo suficientemente llamativa de ello: un partido verde, representante de la nueva política, de las nuevas inquietudes y reivindicaciones de quienes tienen la vida material resuelta, gana a un partido de extrema derecha que conecta con las clases más vulnerables que se han quedado huérfanas en términos políticos porque nadie les habla de trabajo, de salarios, de alternativas a un empleo cada vez más escaso, de cómo afrontar la llegada de diferentes… La extrema derecha también resulta atractiva porque reparte culpas fuera y no sólo exime a los de dentro de ellas, sino que les dice que en su comunidad está la salvación, en volver a ser ellos mismos, con todo lo que esto comporta, rechazando a lo extraño.

 

Pero esa extrema derecha ha ganado enteros electorales en ciertos países y no en otros. ¿Quizás en los que los partidos tradicionales han abdicado en su tarea de dar soluciones a los más afectados por la crisis y a los que se enfrentan en posición de desventaja a los retos de la globalización?, ¿posiblemente en aquéllos en los que no ha encontrado una contraparte fuerte que haya sido capaz de conectar con los problemas de las clases trabajadoras?

 

En España, Podemos se ha fijado en los perdedores de la crisis, aunque hay dudas de que sean primera fuerza entre la clase trabajadora española. Podemos también está recuperando la palabra “patria” y la está ligando no a cuestiones esencialistas, sino a servicios públicos y a derechos humanos. Es una estrategia que podría ser considerada como una vacuna contra la extrema derecha. Aunque en este audio extraído del programa Hora 25, de la Cadena Ser, se achaca el escaso éxito de la extrema derecha en España a sus errores ideológicos, tácticos y a sus disputas internas que la han fragmentado muchísimo, pese a ser diminuta.

 

Quizás la hipótesis de que en nuestro país no cala la extrema derecha por la reciente dictadura que tenemos a nuestras espaldas no es plausible, puesto que en Grecia también hubo dictadura y terminó en las mismas fechas y Amanecer Dorado es tercera fuerza en el Parlamento heleno. La situación de Grecia hace plantearse la pregunta de qué hubiera ocurrido en los dos o tres últimos comicios de no haber existido Syriza. ¿Se hubiera canalizado el descontento a través de la candidatura ultraderechista? El partido de Alexis Tsipras, al final, ha pasado por el aro y ha ido aceptando todos los requerimientos de las instituciones europeas a cambio de su apoyo financiero. Ello ha provocado que en los últimos sondeos se haya observado una reducción del apoyo a Syriza, pero no a cambio de un incremento sustancial (aunque sí ligero) de los ultraderechistas de Amanecer Dorado, sino del de los conservadores de Nueva Democracia, lo que no quiere decir que en su momento Amanecer Dorado no hubiera logrado el poder en Grecia.

 

La coyuntura actual exige un análisis de las razones por las que la extrema derecha nacionalista está creciendo en Europa. También exige preguntarse si la propia Unión Europea, si sus normas y sus abandonos, ha creado un caldo de cultivo en el que es fácil que las opciones ultras crezcan a sus anchas. Sólo de esa manera se podrá reaccionar y frenarla. El resultado de las elecciones en Londres, con el triunfo de Sadiq Khan, es una nota de esperanza: la construcción de una sociedad cosmopolita con derechos económicos y sociales garantizados aún es posible.

 

 

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