Por qué el psicoanálisis no es una terapia como las demás

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El psicoanálisis pareciera formar parte del aparato sanitario-jurídico o confesional de una época en la que los dioses se ausentaron definitivamente. ¿Eso es cierto? Nadie podría negar sus beneficios terapéuticos. Pero eso no es lo único y eso hace, precisamente la diferencia con otras terapias (por llamarlas así), y no sustitutos laicos de la religión u otros soportes menos dignos.

 

Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo.

Sigmund Freud

 

Es tan difícil preguntar (y responder) a qué apunta un psicoanálisis como decir o asegurar que los únicos que pueden tener alguna idea al respecto son aquellos que lo han atravesado. Esa idea es redundante, tautológica, inefable. Porque la idea de “apuntar”, en psicoanálisis, es problemática: un análisis no va de un lado a otro, de la oscuridad a la claridad, de la ignorancia al conocimiento ni de la a a la b.

 

O decir que el psicoanálisis es como el mingitorio de Marcel Duchamp: una pregunta sin respuesta (que lo acercaría al koan, con la diferencia de que el koan es más una respuesta a una pregunta que sin saber, se sabe que ha sido formulada, si se piensa la pregunta o la respuesta según categorías occidentales. Esa, quizá, sea la razón por la cual el zen es el zen y el psicoanálisis, psicoanálisis).

 

O también, que un psicoanálisis es la puesta en acto del drama del deseo y de la pulsión y de sus diques o de la multiplicación de puntos de fuga que ensoberbecen con el “empuje” a la libertad, como pensó, forzando los términos, Gilles Deleuze. El de “libertad” es un concepto tributario de un universo donde las determinaciones están ausentes, así que no se entiende por qué entonces el empuje, o por qué la libertad.

 

“Siempre me he sentido inclinado a considerar a los surrealistas como unos absolutos idiotas”, escribía en 1939 Sigmund Freud, “pero ese joven español (por Salvador Dalí), con su mirada cándida y fanática, me ha hecho cambiar de opinión”. Freud, el médico vienés, conocía perfectamente la diferencia entre una opinión y un argumento.

 

Se sabe que la interlocución calma, tranquiliza, garantiza, ampara, rompe el aislamiento, hace lazo; es decir, cura. Y la interlocución sostenida transmite, en la era de la nada, valores, y antes de la era de la nada, valores también, religiosos muchos, ideales, que sin embargo, purgados de excesos decimonónicos, se mantienen incluso en la era de la nada, beneficio secundario de curas, justamente, o pastores o digámoslo ahora, o terapeutas decididos a curar y a transmitir valores, ideales, laicos, que no se excluyen con los religiosos.

 

Esta parrafada indica que hasta un cierto punto, el psicoanálisis o algunas vertientes del psicoanálisis, son capaces de curar y que por lo general, si el asunto llegó hasta ahí, que no es poco, de ciertas vertientes del psicoanálisis, los sujetos se abren, terminan, se van, llegan a puerto; de las otras, que convendremos en llamar psicoterapias, los sujetos, curados, pacificados, más que separarse, se agotan (y agotan el repertorio de su dramática): la guerra ha terminado.

 

El psicoanálisis, antes que una experiencia de la cura, es una experiencia existencial (de la cual no existen razones para excluirse, y tampoco para excluir a los idiotas), pero que poco contacto guarda con la experiencia de la cura, de las inhibiciones, de los síntomas, del pánico, del caos, de la felicidad y del desastre.

 

Esa experiencia, la del psicoanálisis, convoca esos monstruos y los vuelve inasibles, espectrales, sombras, espejismos, o los materializa, pulsión de muerte, terror sagrado, imposible, real, caída, exilio sin suelo, sin sangre, sin tierra, sin patria, identidad, fijeza: instancias atravesadas, una vez que se sabe (se sabe el uso del idiota, no como predicado sino como atributo).

 

Ergo, y cuanto mucho, una letra y un albur, un texto y un viaje, acaso como el de Ulises, en su regreso a Itaca, sin sombra y sin deudas, muerto para un modo de entender la vida interior como no sea impermanente, inútil, impersonal, excesiva, entregada a una crueldad involuntaria y cómplice: como la de quien asaltado por el enigma de ese trayecto sin fin, no se reconoce ni en el espejo ni en los otros, pero para quien el espejo y los otros nunca dejan de ser su condición de posibilidad.

Pablo E. Chacón nació a finales de 1960 en Mar del Plata. Aprendió a nadar antes que a leer. Estudió biología marina, psicología y psicoanálisis. Escribe desde chico. Se fue de la Argentina en 1979. América era el objetivo: Chile, Brasil, Perú, Colombia, México, Estados Unidos. A la búsqueda de los discípulos de Georges Ivanovitch Gurdjieff y Carlos Castaneda, perdió la orientación varias veces -además de apuntes y fotos. Se enclaustró en la universidad y pensó en el periodismo para ganarse la vida. A fines de los ochenta no resultó complicado. Siempre con el objetivo de escribir ficción, ensayos de especulación. Empezó por la poesía. En la Argentina hay muy buenos poetas. Abandonó la poesía, intentó un par de libros de investigación periodística y finalmente acertó con un par de conjeturas, sobre el insomnio y la soledad -mientras termina un escrito sobre el pánico. En 2010, al borde de la muerte, una operación del corazón lo salvó justo a tiempo. Este año acaba de publicar su tercera novela. Adora a las mujeres. Se negó a atender a un represor en un hospital público, de donde lo echaron.