Por qué estamos en Afganistán

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La lamentable muerte de dos soldados españoles en Afganistán pone de nuevo sobre la mesa las razones de nuestra presencia en aquel lejano país donde un profano diría que no se nos ha perdido nada.

 

Esta conclusión sería un tanto precipitada. Estados Unidos y sus aliados acudieron a Afganistán, en primer lugar, hace casi una década, para que no quedara impune el atentado de las Torres Gemelas. Esta razón sería insuficiente para justificar que, sobre todo los aliados, estuviéramos aún allí. La segunda razón, la que cuenta ahora, es que existe el fundado convencimiento de que si Afganistán no se estabiliza y se limpia considerablemente de los talibanes, que fueron los que acogieron a Bin Laden, el peligro de que ese lejano país se convierta de nuevo en refugio de terroristas que se entrenan y planean golpes como el de Londres o el de Atocha se acrecienta.

 

Es decir, que en contra lo de que se cree no nos encontraríamos allí para sacarles las castañas del fuego a los “prepotentes” Estados Unidos sino para preservar nuestra seguridad, la de España. Un país controlado por fanáticos con odio hacia Occidente es un riesgo para cualquier nación en la que florezcan nuestros valores democráticos. Que ese país, potencial refugio de terroristas, esté lejos no nos debe tranquilizar, en el mundo moderno la distancia no es la menor garantía.

 

(Es cierto lamentablemente, con todo, que no tenemos ninguna certeza de que el ingente esfuerzo realizado, sobre todo por Estados Unidos, va a dejar un Afganistán estable y encarrilado. Pero parecía sensato hacer todo lo posible para que eso acontezca).

 

Razón supletoria es la de la solidaridad con nuestros aliados. España está dignamente presente en Afganistán. Nuestro contingente no es muy elevado, 1.520 efectivos, y no estamos desplegados en zonas de gran peligro, pero nos encontramos allí y hemos pagado un precio de sangre fundamentalmente y también económico. Va a comenzar una retirada pronta y gradual de los elementos de la coalición aliada. Que nosotros nos precipitáramos en la salida dejaría mal sabor de boca.  Aunque prometido en el programa de gobierno socialista, lo que lo hacía previsible, la FORMA de nuestra marcha de Irak fue tachada de censurable por los aliados, en Libia participamos, pero en misiones cómodas y no excesivamente costosas. Dar la espantada rauda en Afganistán sin esperar al año que viene cuando lo harán por etapas los demás no sería consecuente y dañaría nuestra imagen.

Inocencio F. Arias es un veterano diplomático y frecuente colaborador en los medios de información. Ha tenido cargos destacados con diferentes gobiernos: embajador en la ONU con el PP, Secretario de Estado y Subsecretario con el Gobierno anterior del PSOE y Portavoz del Ministerio de Exteriores con tres distintos ejecutivos de la democracia; UCD, PSOE y PP. En la ONU presidió el Comite Mundial contra el Terrorismo y la Asociación de Embajadores. Ha sido profesor en la Universidad Complutense y en la Carlos III de Madrid. En su única escapada a la empresa privada fue Director General del Real Madrid. Ha escrito libros: Confesiones de un Diplomático (Planeta) y Tres Mitos del Real Madrid(Plaza-Janes) y en colaboración con Eva Celada La Trastienda de la diplomacia (Plaza-Janes). A mediados de 2012 publicó también en Plaza y Janés Los Presidentes y la diplomacia. Me acosté con Suárez y me desperté con Zapatero que actualmente está en su tercera edición.