¿Por qué hay que jubilarse?

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Hoy toca un post tópico y puede que hasta presuntuoso, pero qué demonios, estoy harto de preguntas estúpidas. Hoy quiero escribir sobre las vacaciones y contarles que me siento muy afortunado por no necesitarlas, por gozar tanto de mi trabajo como para sentir que habito unas vacaciones permanentes. Esa sería la utopía perfecta, que todo el mundo disfrutara con su trabajo, que todos pudieran ganarse la vida haciendo lo que les gusta. El mundo sería de otra forma, sin tanta gente quemada, amargada, sintiéndose explotada, no valorada, profundamente infeliz y, lo peor, transmitiendo toda esa angustia a a los demás. Una plaga nefasta que hace estragos.

 

Siento una profunda tristeza cuando veo a jóvenes en plenitud de facultades, montar en cólera como posesos ante la posibilidad de que les retrasen un par de años la edad de jubilación. ¿Qué implicación profesional podemos esperar de alguien que tiene entre sus objetivos ser pensionista cuanto antes? Esta retirofilia tiene mucho que ver con la lógica del funcionariado –en España todo un mito–, que no es otra que pasar por la vida –ese valle de lágrimas— de puntillas, en grises, lo menos mal y más seguro posible, a la espera de poder disfrutar de la merecida subvención vitalicia. Es preciso cambiar cuanto antes esta filosofía mortecina, egoísta y chusca, que ha demostrado ser capaz de las más altas cotas de insolidaridad a raiz del famoso asunto del 5% de recorte salarial .

 

Dice Mihalyi Csikszentmihalyi que somos felices cuando una actividad que hemos elegido nos absorbe por completo, y que a menudo el trabajo, cuando nos llena, es mejor que el ocio a la hora de alcanzar el estado de flujo que nos acerca a la felicidad. En un mundo de gente contenta con sus trabajos, la jubilación no sería nunca un objetivo ni una obligación, sino un derecho al que nadie querría acogerse. Con una esperanza de vida cada vez más larga, los humanos tendríamos así mucha más capacidad productiva y creadora, y sólo la salud o la muerte podría apartarnos de la gozosa experiencia de hacer disfrutando y ser pagados por ello. Alguien que se mantiene oficialmente activo -y cotizando- hasta el final de su vida transmite una actitud más estimulante, constructiva y positiva hacia los demás y resulta mucho más barato para la sociedad que aquél que opta por el dolce far niente subvencionado de petanca, Benidorm y baile solo-parejas.

 

Sabemos que hay oficios que exigen un tremendo esfuerzo físico y necesitan el retiro anticipado pero, en muchísimos otros campos, la edad de jubilación coincide hoy en día con un momento de excelencia profesional que convierte en un disparate el retiro forzoso. Es el caso de la ciencia, la medicina, la arquitectura, la música, el derecho, las letras, el arte… En la docencia esta situación roza la insensatez. Catedráticos y profesores en plenitud intelectual, que podrían estar dando a sus alumnos lo mejor de sí mismos, deben abandonar el cargo muy a su pesar y, como mucho, aceptar ese inquietante título de emérito. Se trata de gente que sabe que puede seguir contribuyendo de forma oficial al mundo y no desea convertirse en un desecho subvencionable, gente que quiere ser feliz muriendo con las botas puestas.

 

Para ir cambiando este escenario habría que empezar a actuar desde el sistema educativo, donde deberían primar ante todo las aptitudes e intereses del niño. La pedagogía actual es cada vez más consciente de que uno no puede aprender de verdad cosas que no le interesan. Es preciso, pues, diseñar estrategias de prospección que permitan encontrar las vetas fértiles de cada individuo y centrarse en ellas desde el principio para sacar lo mejor de cada uno. Como dice Roger Schank, en la escuela cada niño debería poder escoger qué aprender en función de lo que le gusta hacer. Pero esa es otra historia, mucho más importante. Yo hoy sólo quería escribir sobre las vacaciones.