¿Por qué la vacuna no nos salvará?

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Los meses de abril y mayo del pasado año transcurrieron con una carrera vertiginosa por obtener la anhelada vacuna. El mundo ponía su confianza en el esfuerzo desmedido de los más prestigiosos laboratorios médicos aupados por decenas de millones del presupuesto público. Ser el primero en algo cuando de países se trata termina siendo un asunto de estrategia nacional y a las denuncias de espionajes y contraespionaje le acompañaba un planeta cagado de miedo. Nueve meses después la vacuna llegó y, sin embargo, las cosas no han mejorado mucho. El mundo sigue confinado y aquellos que ya desarrollaron anti-cuerpos siguen usando mascarillas. Todo parece sacado de un guión orwelliano, pero si profundizamos un poco quizás arrojemos luz al asunto.

Una enfermedad no se convierte en enfermedad por congraciarse con un protocolo sintomatológico. Hay algo más. En su etimología la enfermedad significa “falta de firmeza”. Una firmeza que responde, en última instancia, al vigor a la hora de sobreponerse a las circunstancias desfavorables de la vida. Es decir, la falta de firmeza no deviene exclusivamente de contraer una enfermedad sino también de la reacción que prestamos ante ella. Y si no lo creen pregunten a un hipocondríaco. Ahora bien, que nadie deduzca de esto que este que os escribe niegue del Covid reacciones adversas a nuestra salud. Lo relevante se encuentra en la atención desmedida que ha prestado la humanidad por aplacarla. Sí, desmedida.

Este no ha sido ni será un evento extraordinario como lo fue la plaga de Atenas o la peste negra donde la mortalidad (veinte por ciento de la población) hubieran cuestionado una reacción global y en cadena (aunque tampoco hubiera servido de mucho). Podemos con mayor o menor gracia gestionar un hospital, el mercado de divisas, o las sesiones de quimioterapia. Lo que no podemos es esquivar la transmisión de un virus salvo que nos retorzamos con tanto ahínco como para poner en cuarentena nuestra condición de humanidad.

No soy un anti-vacunas de esos que creen que su aplicación responde a extrañas confabulaciones de la industria farmacéutica por experimentar con nuestra salud. Nada de eso. Por esto mismo la cuestión no debería centrarse en desprestigiar la positiva influencia que las vacunas han demostrado en el desarrollo de nuestro bienestar. Lo que sí se hace especialmente relevante es el contexto apocalíptico desde el que se nos presenta al virus como amenaza y la vacuna como salvación.

¿Nace la vacuna con el fin de aplacar el pánico colectivo alimentado durante estos meses? Claramente no; y por eso no funcionará. Con la aparición de nuevas cepas (ahora en Reino Unido mañana en Surinam) solo se busca desacreditar el poder inmunológico de la propia vacuna. Paradójicamente, aquellos partidarios de la vacunación obligatoria son sus peores detractores en el mismo momento que la convierten en una especie de fetiche con el que prolongar indefinidamente un estado abusivo de restricciones (cepa-vacuna-cepa).

La experiencia me ha demostrado que la verdad suele esconderse tras el sentido común. Aquí va a mí entender una de ellas: hemos hecho uso del virus para disimular la verdadera enfermedad que nos aflige: la de resistirnos a vernos sanos. A fin de cuentas, estar sanos es estar en deuda con la vida y la sociedad ha decidido que las únicas deudas que tolera son las financieras. Vivimos en una época vacía, de grotesco progreso hacia la nada impulsada por la cobardía moral, intelectual, política, etcétera. Esta turbación frente a la muerte no es más que un miedo obsceno a no tener nada por lo que vivir realmente. Un miedo que ha venido acrecentado por una explosiva desconexión entre el exponencial desarrollo tecnológico y la dificultad para humanizar su avance (que vuelvan ¡ya! las humanidades).

Esto viene de lejos. ¿Recuerdan el caso del ciclista Alberto Contador? Él fue una de las primeras víctimas públicas de esta desconexión; al menos que yo recuerde. La capacidad de los test para detectar cantidades infinitesimales de sustancias prohibidas hacía extrañamente compatible un caso de doping (positivo por clembuterol) con la buena voluntad del deportista (un inocente solomillo en familia). Alberto era culpable en su inocencia. ¿No es acaso esta lógica (anti-humanista) la que gobierna hoy a la medicina preventiva donde un “aparatejo” puede pronosticar infinidad de potenciales enfermedades? Y, por consiguiente, ¿no nos convierte esto en un enfermo a priori (asintomático) obligado a someternos a una sucesión inacabable de protocolos y chequeos médicos? La tecnología ha caído en las manos infantiles del hombre moderno que obediente a su influencia se olvida de vivir obsesionado con no morirse.

Mientras el mundo siga viendo en cada agujero un precipicio ninguna vacuna restaurará la tranquilidad perdida. Aquí mi recomendación: aplique su mejor juicio y sepa discriminar entre las vacunas que se utilizan para prevenir enfermedades y aquellas otras que utilizamos para aplazar nuestras responsabilidades.

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