¿Por qué leemos quienes leemos?

La literatura consuela y reconforta porque nos ayuda a entendernos a nosotros mismos y a la humanidad entera. A mí me acaban de ayudar Nothomb, Camus y Reig.

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¿Por qué seguimos leyendo?, ¿por qué algunas personas terminamos un libro e inmediatamente cogemos otro y otro y otro y otro más? Y nos marcamos una lista interminable de títulos en la que vamos apuntando siempre más cuando leemos las reseñas de los suplementos culturales o cuando alguien habla con pasión de una novela, de un ensayo, de una colección de poesía.

Nos distraemos con la literatura, con esos cuentos, esas historias, esos personajes, que alguien inventa para que todos los demás disfrutemos. También, en los mejores casos, con los libros aprendemos sobre otros mundos, otras épocas, otros territorios, otras maneras de pensar, de mirar, de contar.

Pero posiblemente lo que más nos mueve hacia los libros es que en realidad nos cuentan, nos narran, nos destripan, nos psicoanalizan, a nosotros y a nosotras mismas. Una novela, una buena novela, nos explica cómo somos. Lo que odiamos. Lo que amamos. Lo que deseamos. Lo que aborrecemos. Y, sobre todo, lo que padecemos.

Qué placer ése el de encontrar en un libro que algún personaje sufre justo, justo, por lo mismo que nosotros. Que incluso el autor o la autora tienen esa misma dolencia nuestra del cuerpo o, especialmente, del alma. Lo que nos separa a la escritora y a la lectora es que la primera ha encontrado las palabras precisas para describirlo, ésas que a nosotras nos ha sido imposible hallar e hilar para que nos entiendan cuando contamos lo que nos pasa. Qué gran cualidad la de saber describir las sensaciones humanas referidas a un personaje de ficción (o real, que ahora se llevan mucho las obras en que el autor hace terapia con la escritura) y que en ellas se pueda ver reconocido un lector. Y no sólo un lector. Miles. Y generación tras generación.

La literatura muchas veces es comprensión y consuelo. A los libros se va a entender a la humanidad y a una misma.

No me malinterpreten. Aquí no nos referimos a esos volúmenes de autoayuda que no consumimos. Aquí nos limitamos a hablar de literatura. Mejor o peor. Pero literatura. Ésa que escudriña el alma humana sin parecer que lo hace porque ese profundísimo ejercicio intelectual está envuelto en el presuntamente inocente velo de la ficción. Aunque toda novela de verdad cuenta verdades como puños.

Todo esto que leerá muy poca gente, y me parece bien, porque las confesiones es mejor que tengan poco público (por algo las religiosas apenas tienen un espectador que está obligado al secreto) viene a cuento de unas lecturas recientes que me han apelado muy directamente y lo han hecho en el momento adecuado. Quizás en otro contexto me habrían pasado completamente desapercibidas. Pero es una suerte también que llegue a tus manos lo que necesitas leer para comprenderte y autoconvencerte de que no te estás volviendo loca.

Así, le doy las gracias a Amélie Nothomb por escribir en Estupor y temblores:

 

«Precisamente, creo que ése es el problema de las personas de mi especie.
Si nuestra inteligencia no interviene, nuestro cerebro se duerme».

 

Las novelas que apelan a mi inteligencia me mantienen despierta. Las novelas que prefiero son las incómodas, las que me retan y me desafían. Las que me dicen que no podré con ellas, no por su dureza estructural o lingüístico, sino por el daño que me van a hacer cuando las lea, las que propinan puñetazos en la boca del estómago y dejan sin respiración.

En la misma línea de Nothomb, Rafael Reig escribe en Amor intempestivo:

 

«A los pocos meses uno acaba convencido de que el sacrificio de la inteligencia le está convirtiendo en un alcornoque».

 

A estas alturas, con dos citas en la misma dirección, quien haya llegado hasta aquí se habrá dado cuenta de que ésta puede ser una obsesión actualmente para mí. Le doy la razón. Está en lo cierto. Me embarga el temor a una inteligencia atrofiada, dormida, que deje de expandirse, que vaya menguando, que desaparezca, que se destruya y nunca más vuelva. ¿Qué ser humano no esconde un atroz miedo a la locura y a perder la inteligencia?, ¿o es que estoy sola en esto? Al menos, Nothomb y Reig me han dicho que no, que ellos están conmigo. Y creo que es una magnífica compañía. Me reconforta. Me consuela. Sus libros han cumplido su misión conmigo.

 

«El dinero se paga».

 

Esto también lo dice Reig. Con una coma entre «dinero» y «se paga». La he quitado. Creo que «dinero» ahí es complemento directo, no sujeto. Así que la coma no sería incorrecta. Da igual. Al margen de la gramática, vayamos al meollo: el dinero se paga; si te compran, te vendes. Revisa los términos de la transacción. Evalúa, si te lo puedes permitir, qué incluye el precio y si te compensa.

Y si Reig y Nothomb son buena compañía, qué decir de Camus. Por eso voy a terminar con él, con unas frases de uno de sus relatos de El exilio y el reino:

 

«Cuando uno se ha tomado el trabajo de aprender un oficio no se cambia (…) Cambiar de oficio no es nada,
pero no es fácil renunciar a lo que uno sabe, a la propia habilidad».

 

Camus habla de los toneleros, un oficio en crisis, de una huelga que fracasa, de un hombre de 40 años que siente que

 

«A los cuarenta no se es un fiambre, no, pero uno se prepara para serlo, con tiempo, por adelantado. ¿No sería por eso por lo que hacía tiempo que durante el trayecto que le llevaba a la otra punta de la ciudad, a la fábrica de toneles, ya no miraba el mar?»

 

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