Pornografía

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El libro de Xabier Vila-Coia (Pornografía. Hacia una ontología de la penetración, Lapinga ed., 2018) no tiene pelos en la lengua. En su favor hay que recordar que poco se puede decir que esté a la altura de los placeres reales de la carne, de sus mil delicias compartidas. Hasta en el onanismo el sujeto encuentra una vía para conectar con el calor de una comunidad imaginaria o posible. Esto no quita para que el sexo haya devenido un complemento indispensable en una profunda deserotización de nuestra cultura, un sucedáneo ideal para compensar pérdidas dramáticas en la común vida sensitiva.

 

El sexo es también, sobra decirlo, una concesión privada que los poderes públicos hacen encantados a un individuo por todas partes acosado. Serás un esclavo de por vida, se nos dice sin palabras, pero a cambio podrás cascártela a gusto. Incluso multiplicar tu promiscuidad, tus imágenes obscenas y tus contactos. Este aliviadero narcisista es una de las motivaciones de fondo para entender el cambio de un tipo de moralidad represiva a otra productiva (Foucault). Trabajamos como consumidores, también sexuales, en la misma medida en que se nos han quitado las cadenas ascéticas de los trabajadores.

 

No olvidemos además, y sobre esto el libro de Vila-Coia tal vez no se detiene lo suficiente, que el ascenso de pornografía va parejo a un ascenso de la masificación urbana y su correlato antropológico evidente: el aumento exponencial de la soledad. Los excelentes analistas del presente llamados Comité Invisible muestran en Ahora que es la pérdida dramática de comunidad lo que explica que en el año 2015 las visitas a una de las páginas reinas del porno (que acumuló ese año en torno a 5000 millones de horas) rebase en dos veces y media el tiempo aproximado que lleva el Homo Sapiens sobre la tierra.

 

Es posible pues que masifiquemos nuestros escenarios, de un modo que ya adelantaron Ortega y visionarios como Jünger, para que no haya ningún prójimo, nadie a quien serle fiel hasta la muerte. Mutatis mutandis, es posible que los cuerpos se multipliquen en los encuentros sexuales, filmados o no, para tapar la ausencia dramática de compañía en nuestra deriva solipsista. Eso es lo que hemos querido, desde una congelación sensitiva que vino del frío Norte. Con una inteligencia cada día más emocional por parte del sistema, el sexo se convirtió después en la vanguardia del paquete consumista, buscando que la humanidad productiva (y ya casi el día entero es producción, aunque actuemos solo como “índice de audiencia”) no enloquezca de aislamiento.

 

Nuestro ideal es el solitario conectado. Se ha extendido una soltería existencial sin la que no se explica esta pasión nuestra por el encuentro y el sexo. Nuestra tendencia al divorcio universal, ya antes de la primera cita (separación de las raíces, de cualquier compromiso estable: miren el caso de la londinense Joyce Vincent), es el trasfondo de una compulsión sexual que debe cubrir el desierto nihilista que hemos creado bajo nuestro pies. En este aspecto la inflación posmoderna de sexualidad, pornografía incluida, ha venido a humedecer artificialmente una estrategia mundial de tierra congelada. El enfriamiento local sostiene el calentamiento global. En este punto son acaso un poco ingenuos casi todos los cantos a favor de la sexualidad promiscua y la pornografía libre. Comparto con Vila-Coia la idea de que asistimos al crecimiento de un moralismo patético, que nada tendría que envidiar al viejo oscurantismo cristiano. Pero es difícil compartir el entusiasmo ontológico por el potencial de liberación que encierra hoy una sexualidad servida, casi inyectada a domicilio. Curiosamente, también en Pornografía está un poco ausente la castidad como una de las opciones sexuales del individuo. Como si, por ejemplo, no fuera cierta aquella afirmación de un ignorado experto en estos temas, Baudrillard: “Nada hay más afrodisíaco que la inocencia”.

 

Coincido con Pornografía en muchos otros aspectos. Soy de la opinión de que ninguna práctica sexual es per se contranatura, pecaminosa u ofensiva, si se hace con amor, afecto o respeto. Y si esto no ocurre, y se trata de dos seres que se ignoran bajo acuerdo, tampoco hay problema, pues entonces apenas existe nada que dañar. Como decía una amiga psicoanalista, la incomunicación da mucho morbo. Pero es como si hoy se hubiera extendido la práctica onanista, en principio ocasional y minoritaria, a todo el horizonte de lo posible. Se folla, mejor dicho, se sueña con follar, en la misma medida en que no hay prácticamente nadie con quien hablar.

 

No solo, como Vila-Coia recuerda, la lectura se ha convertido en un recurso “residual”, sino que se ha convertido en residual el simple esfuerzo muscular por comprender el entorno mundano que nos envuelve. No se entenderían un sinfín de síndromes del sujeto contemporáneo (de la metástasis a las alergias, de la fatiga crónica a la depresión larvada), sin una caída en picado, no ya de una lectura que siempre ha sido un modo de deletrear los perfiles inmundos del mundo, sino del contacto sensitivo con los mil matices de esta tierra mortal. No asistimos a una “crisis del papel”, sino a una auténtica crisis de la piel, de cualquier encuentro real, con el consiguiente correlato de aislamiento analógico. El Sexo Rey (otra vez Foucault) cubre después esta castración corporal. Las conexiones se multiplican, pero sobre vidas cada día más aisladas del fondo sombrío de sus raíces. Y todos los síntomas del recorte vital, cristalizado en esta anémica y espectacular cultura angloamericana que nos invade, están detrás de nuestra aversión a lo abstracto y complejo, a lo lento y antiguo, así como a la sobriedad de sentir y pensar. El complejo de impotencia que atraviesa a esta sociedad senil explica a la vez su renovada adoración por el mito de la eterna juventud.

 

En concreto, la obsesión por la penetración y por ser penetrados (por otro, un animal o toda clase de objetos, insiste Pornografía) sobreviene en una cultura donde el individuo ha devenido impermeable e impenetrable, sin atender a otra cosa que a la gélida empresa del Yo. La caída de la tasa de natalidad en todos los países avanzados solo es un síntoma externo más de este proceso de “insularización” del individuo. Nadie quiere descender, apearse de la seguridad de la elevación o sacrificar su bienestar por otro ser que venga, que no ofrece garantías. Para eso tenemos la solidaridad a distancia de las ONG. Sobre las vidas encriptadas en el aislamiento, se tienden después las mil conexiones virtuales.

 

Así pues, una de las ideas que es difícil compartir con este arriesgado y denso ensayo es la ilusión de un enfrentamiento potencial de la explosión pornográfica con el poder. Habría que pensar más bien en dirección contraria. Nuestro orden social es pornográfico al cien por cien, pues para huir de las preguntas ontológicas más íntimas, no le queda otro camino que la sobre-exposición. Estando maniatados en la acción, no nos queda otro alivio que la expresión, cuanto más descarada y obscena mejor. A una cultura que literalmente no puede afirmar nada, pues le teme a la vida al desnudo como a la peste, solo le queda la exhibición de su vacío, es decir, convertir al nihilismo en espectáculo. Y esta es nuestra obscenidad de base: la necesidad de exponerlo todo (el medio es el mensaje), puesto que no hay nada serio que decir.

 

De ahí que romper tabúes, de Almodóvar a Lady Ga Ga, de Beyoncé a D. Trump, se haya convertido en la regla, prácticamente obligatoria para todos los que no quieran ser socialmente excluidos. El temor a la marginalidad social, auténtico demonio de la época, nos empuja a la pornografía. Por esta vía dentro de poco, ha insistido Baudrillard, todo estaremos integrados. No habrá más que zombis asistidos, excluidos de una pulpa vital que jamás podrá plegarse al ideal de la transparencia, la homologación y la homogeneidad. Hasta la homosexualidad masculina y femenina, de ahí su creciente poder social, se ha puesto al servicio de este ideal democráticamente totalitario de integración.

 

Es tal vez falso que, como se suele comentar, estas multitudes solitarias de las redes teman de verdad la pérdida de espacio privado a manos del saqueo electrónico. Más bien parece que la gran esperanza metafísica (el capitalismo no es una economía, sino ante todo un espíritu) es que las redes nos permitan flotar sin que cada vida pese, sin ningún eje opaco e intransferible de experiencia.

 

No puede dejar de notarse, aunque Vila-Coia pase de puntillas sobre este dato, el origen y la lógica puritana de la pornografía: insinuando, para empezar, que existe la posibilidad generalizada de un contacto carnal sin implicación afectiva. Es exactamente el ideal del neoliberalismo llevado a la carne, insistiendo (a la manera de M. Friedman) en que el mercado pone en contacto a miles de personas sin que tengan que conocerse ni comprometerse personalmente en nada.

 

Estaría de acuerdo con la alerta de Pornografía en ese “prejuicio progresista” que a veces parece amenazar con ocupar el lugar, casi redoblándolo, del viejo moralismo patriarcal. La ofensiva moral contra la prostitución podría ser hoy un índice significativo. Ya sabemos, por lo demás, que las madres no han sido menos castradoras que los padres. Pero Vila-Coia insiste en la idea de que vivimos en una sociedad plural avanzada, mientras uno, que tiene muchos problemas con Freud, comparte con él la idea de que no existen ni existirán nunca sociedades no represivas. Ninguna sociedad, tampoco la nuestra, puede ver los prejuicios que le permiten ver y mantener su posición de fuerza en el mundo. De ahí que también esta sociedad tema al individuo, y las comunidades ocasionales que la vida puede fundar, en virtud justamente de su potencia mortal.

 

En este punto no es seguro que Pornografía sea un ensayo ecuánime. No parece inactual repetir la intuición de que la mujer siempre ha sido ontológicamente superior, precisamente por una receptividad indiferente a las ansias falocéntricas de penetración. De aquí proviene la desconfianza, las sospechas y a veces el odio social que la mujer genera. Ella siempre ha tenido armas terrenales que al hombre le cuestan, de ahí ese miedo secular de la virilidad. Antes se quemaba a las mujeres por brujas, ahora se las quiere disolver en el líquido de la transparencia social y la penetración virtual compartida.

 

Sería muy divertido analizar el papel de cierto feminismo de la igualdad en esta labor de liquidación de la diferencia existencial de una mujer que el varón siempre ha sentido como una amenaza. Ahora se ha unido a ese miedo secular un poder social horizontal, polimorfo y que prefiere utilizar vías taimadas de infiltración y colonización antes que el enfrentamiento directo, a gritos, propio de tiempos más ingenuos. En este punto, acerca de las nuevas armas femeninas y juveniles de nuestro capitalismo de dispersión, es conveniente recordar que existe un texto modélico y profético de Deleuze, el “Postscriptum sobre las sociedades de control”, que constituye toda una advertencia sobre el poder inigualable de la participación, la interactividad y las sonrisas. Todo ello favorece una sexualidad, cada día más explícita, que se expande en proporción inversa a un atletismo afectivo que necesitaríamos para que el amor fuera algo más que una palabra vacía, celebrada una vez al año en el negocio romántico de San Valentín.

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