Posverdad, mentiras y cintas de video

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Nota preliminar: estas reflexiones proceden de la lectura del ensayo de la filósofa francesa Myriam Revault d’Allones, “La faiblesse du vrai” (la debilidad de lo verdadero).

Tanto para Platón como para Aristóteles, la mentira era consustancial al lenguaje político. Las condiciones del ejercicio de la política son antagónicas a la búsqueda de la verdad ([1]).

Para remediar ese problema, Platón preconizaba el modelo ideal de la “ciudad justa”, gobernada por un filósofo, y conforme a los principios eternos e inmutables del bien y de la verdad. Aristóteles, en cambio, consciente de las limitaciones de la condición humana, asume que su acción se desarrolla en un universo de contingencia, y que su objeto es cambiar el orden del mundo a mejor. Para ello, el gobernante hará uso de la perspicacia, de la sabiduría práctica, y lo hará en relación con los gobernados, dentro de un espacio común de deliberación.

Ambas visiones se basaban en la inmanencia, junto a la realidad, de una verdad que se imponía a la comunidad: verdad ontológica, inmutable para Platón; para Aristóteles, verdad que se imponía mediante el consenso del común como la visión más verosímil de la realidad, compartida por la mayoría.

La posverdad, término reciente acuñado en Estados Unidos, adquiere su sentido (o sinsentido) dentro del ámbito de la política, porque es el instrumento eficaz para evitar que la realidad condicione un mensaje. Este proceso empezó sutilmente con la afirmación (en inglés): “No me confunda con hechos”, y su equivalente en español: “No dejes que la realidad te estropee una buena historia”. Eso significaba que apelar a los hechos reales para sustentar o debatir una pretensión, una postura, un mensaje era una artimaña superflua, porque los ejemplos son siempre malos, y porque siempre habrá otros hechos que contradigan los del ejemplo. Por lo tanto, se pretendía que se pudiera discutir de una opción política en abstracto y sin apelar a la realidad para validarla, porque se puede y se debe determinar la bondad de tal opción en función de presupuestos ideológicos, prescindiendo de los hechos. De hecho, la ideología, según Hannah Arendt, se quiere independiente de la realidad existente. Sin embargo, esta descalificación de la realidad como prueba del algodón de una teoría no terminaba de borrar tal realidad, sino que se limitaba a negarle la potestad de influir sobre una postura política. En los debates, a los que se aferraban a las pruebas de hecho para contrarrestar los argumentos de los dogmáticos, se les imputaba falta de visión y de voluntad política, y se les desprestigiaba por querer sacar argumento de esta realidad que precisamente los apóstoles de lo nuevo pretendían cambiar. Con todo, los hechos eran tozudos y los escépticos se aferraban a ellos como a una tabla de salvación.

La posverdad inaugura una novedad fundamental en la ecuación: ya no se trata de desmentir los hechos, sino de establecer la calidad de “hechos alternativos”. Nos referimos a hechos que han ocurrido, o que han podido ocurrir en función de la visión particular de cada uno. Contrariamente a las certidumbres científicas que no se pueden cuestionar (aunque la ciencia misma reconozca que su interpretación de la realidad esta sujeta a nuevos descubrimientos que pueden invalidar lo anteriormente admitido), las verdades de hecho se encuentran sujetas a la contingencia y se transforman en opiniones, por lo tanto discutibles. En este sentido, el negacionismo es el ancestro de las “fake news” de hoy. Este proceso transforma la relación con la realidad, y borra la distinción entre lo verdadero y lo falso. Si todo es opinión, todo es relativo, y todo puede ser verdad.

Llevada al terreno de la política actual, la posverdad en su modalidad de noticias falsas y de argumentos ajenos a la realidad se hizo visible con ocasión de la elección de Trump a la presidencia de Estados Unidos, y del referéndum del Brexit. En el Reino Unido se difundió un bulo en relación al entonces primer ministro Cameron que le acusaba de haber participado en ceremonias obscenas en sus tiempos de universitario ([2]). Lo interesante del caso es que cuando la periodista autora de la noticia tuvo que admitir que no tenía pruebas de lo ocurrido, que no podía afirmar que había ocurrido tal como lo contaba, e incluso que ella personalmente no había afirmado que creía en ello, sin embargo eludía su responsabilidad bajo el pretexto de que les correspondía a los lectores “decidir si daban o no crédito a lo publicado”. Eso indica que lo verdaderamente relevante ya no es la relación entre lo afirmado y cualquier realidad objetiva, sino la creencia del público, fundada en prejuicios anteriores, en la predisposición a creer y a apropiarse de una visión acorde con opiniones preformadas. La proliferación de mensajes en las redes sociales, dirigidos de forma cada vez más selectiva a reforzar las creencias de cada uno, buscando activar el placer de sentirse confortado en sus creencias, contribuye a la dictadura del prejuicio a expensas de la formación de opiniones fundadas y razonadas.

Otro caso ocurrió con ocasión de la ceremonia de investidura de Trump, deslucida por culpa del mal tiempo, y con menos asistencia de lo habitual. El jefe de prensa de la Casa Blanca no tuvo empacho en felicitarse de la masiva concurrencia y del buen tiempo que se disfrutó… Cuando algunos periodistas le hicieron notar que “en realidad” el tiempo había sido pésimo y el acontecimiento pobre, dijo que también había “hechos alternativos” y que la realidad se podía ver de varias maneras.

Esta sumisión de lo verdadero a la tendencia personal de cada uno, esta transformación de los hechos reales en hechos alternativos y opinables, a falta de compartir con otros una referencia factual indiscutible, se traduce en la desaparición del suelo común de seguridades, único medio mediante el cual se podría construir un consenso y dirimir opciones divergentes.

Abordando la política nacional en esta clave, se observa este proceso en varias situaciones. Un ejemplo palmario de la disolución de la realidad en una nebulosa incierta es la lectura que hizo la Vicepresidente del gobierno de la postura expresada por el Presidente acerca de la calificación de los supuestos delitos de los dirigentes catalanes. Cuando había dicho en su etapa de diputado que, en su opinión, estas actuaciones delictivas merecían el calificativo de “rebelión”, en cambio unos meses después, ya presidente, las rebajaba a “sedición”. Ante esta aparente contradicción, la Vicepresidente no dijo que nuestro Presidente había cambiado de opinión, sino que el diputado de entones y el Presidente de ahora no eran la misma persona, y por lo tanto no tenían porqué opinar lo mismo! Esto es llevar la posverdad a su última expresión, cuando se disuelve la propia entidad personal, cuando el yo mismo se desdobla, pudiendo ser algo un día, y otra cosa el día siguiente. Aquí no se trata ya de poner en duda o de considerar irrelevante la realidad exterior, sino de deshacer la propia identidad del sujeto pensante y hablante, que se convierte en un ente indefinido y por lo tanto imprevisible y no confiable. Si admitimos esta nueva configuración de la persona, las consecuencias son gravísimas, porque hacen imposible el pacto de confianza, y obligan a recurrir a instrumentos jurídicos para asegurar en lo posible la permanencia en el tiempo de los acuerdos. Esto nos aboca a un mundo deshumanizado.

El enfrentamiento entre los separatistas de Cataluña y el Estado Central proporciona otros ejemplos de la desaparición de una base común de hechos irrefutables, sin la cual no se pueden elaborar medidas positivas fundamentadas en consideraciones racionales. De un tiempo a esta parte, ya no se cuestiona el supuesto expolio de Cataluña por el Estado, ni el sesgo antiespañol de la educación pública catalana, ni la trama corrupta montada con la connivencia y participación activa del anterior gobierno convergente. Estas controversias ya no proceden porque la base factual que permitiría buscar puntos de entendimiento ha desaparecido. Lo que quedan son opiniones opuestas e irreconciliables de cada bando. En estas condiciones, el pacto es imposible. Los abogados del diálogo se enfrentan a la disyuntiva de erigirlo en un valor intrínseco que por sí solo legitima y avala unas negociaciones, cuando la ausencia de un consenso básico sobre premisas, como puede ser la vigencia o no del derecho de autodeterminación, elimina de antemano cualquier posibilidad de acercamiento, a menos que se habilite otra verdad alternativa destinada a disfrazar de acuerdo la continuación del enfrentamiento.

Todo esto ocurre ante nuestros ojos atónitos, con la retransmisión filmada en directo de declaraciones encriptadas que no sabemos si tomarlas al pie de la letra o tratar de adivinar lo que esconden. Se extiende la práctica entre los partidos y gobiernos de monitorizar las comparecencias públicas, controlar la imagen y evitar cualquier gesto o discurso que pudiera ser malinterpretado o que no sirva los propósitos propagandísticos.

Nuestra capacidad de comprensión se ve superada por este nuevo paradigma según el cual nada es lo que parece, nada de lo que se dice desvela las verdaderas intenciones, y todo se vuelve imprevisible.

La gente necesita seguridad, quiere que las reglas del juego estén claras y consensuadas, quiere poder prever lo que va a pasar. El fenómeno de la posverdad rompe con la base consensual necesaria para construir acuerdos, pero también resta legitimidad a la elección de opciones políticas por parte de una mayoría elegida, porque sin esta base consensual de premisas compartidas, esta elección será percibida por la minoría como imposición arbitraria. El resultado es la quiebra de la convivencia, pudiendo llegar hasta poner el peligro la cohesión de un país, como parece que podría ocurrir en España, y como ya ocurre en Estados Unidos.

 

 

 

 

[1] Myriam Revault d’Allones, en “La faiblesse du vrai”, Seuil, pag.38

[2] Myriam Revault d’Allones, en “La faiblesse du vrai”,op.cit. pag.30

 

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