Preferiría no hacerlo

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Me pasé nada más y nada menos que cuatro horas escribiendo un reportaje sobre el tráiler de ‘Cincuenta sombras de Grey’ (y yo que siempre decía aquello de: ‘de Canetti para arriba’...). Pero hice un break. Cuando escribí por tercera vez tórrido y ardiente en el mismo párrafo me di cuenta de que necesitaba un poco de aire. Así que después de haber visto el tráiler en bucle durante media hora y de haberme tragado más de veinte veces ese beso en el ascensor con un falso-macho-empotrador (por qué no cogieron a Michael Fassbender para el papel de Grey, me pregunté), me di cuenta de que me estaba asfixiando: me faltaba el aire.

 

 

 

Me pasé nada más y nada menos que cuatro horas escribiendo un reportaje sobre el tráiler de ‘Cincuenta sombras de Grey’ (y yo que siempre decía aquello de: ‘de Canetti para arriba’…). Pero hice un break. Cuando escribí por tercera vez tórrido y ardiente en el mismo párrafo me di cuenta de que necesitaba un poco de aire. Así que después de haber visto el tráiler en bucle durante media hora y de haberme tragado más de veinte veces ese beso en el ascensor con un falso-macho-empotrador (por qué no cogieron a Michael Fassbender para el papel de Grey, me pregunté), me di cuenta de que me estaba asfixiando: me faltaba el aire.

 

Sí, lo reconozco. Me leí el primer tomo de la trilogía (por si fuera poco dos veces: en inglés y en español… “pero por trabajo”, siempre añado). No sea caso que se me caigan los anillos literarios. La verdad, no puedo decir que me gustara pero me reí mucho. De hecho, recuerdo que una vez, en un largo viaje en coche, leía Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan y en el bolso de una amiga asomaba Cincuenta sombras. Me hice la intelectual un buen rato leyendo a De Vigan, pero después de una horita de fustigación y episodios truculentos, me vino bien leer algo animadito para acabar con las ansias de suicidio que me había transmitido De Vigan –y eso que realmente Nada se opone a la noche es un muy buen libro-. Cincuenta sombras es la versión porno de Danielle Steel y a mí, habiendo sido una fan de los collares de perlas con los que se retrataba Danielle Steel las contraportadas de sus libros –quien los haya visto entenderá a qué me refiero- me quedaba algún resto de todo aquello.

 

Hace dos años, cuando ocurrió el fenómeno de E.L James me volvieron a contar ese viejo chiste: “¿Sabes por qué no les gusta el porno a las mujeres? Porque al final no se casan”. Y bueno, supongo que algo de eso hay, aunque el argumento no me convence del todo. La primera vez que vi más de diez minutos de una película porno pregunté: “¿Pero entonces qué pasa luego”. Vale, era pequeña y rebelde. Pero no me refería a la boda, sino a si había algún tipo de diálogo en la película. Algún drama, alguien que se moría. Pero cuando me contaron que ahí no pasaba nada, que el piscinero iba a lo que iba y no tenía traumas de infancia, el porno me dejó de interesar. Llamadme estrecha.

 

Pero en fin. No quería hablar del libro ni del porno porque no soy muy experta en ninguno de estos dos temas. Lo que quería contar es que entre párrafo y ladillo, entre pie de foto y título erótico-festivo de mi reportaje, me bajé a la calle a respirar un poco. Eran las diez y media de la noche, llovía mucho, y estaba planteándome qué hacer, no con el texto de Grey, sino con mi vida. Ya se sabe: dependiendo de la franja horaria en la que una se plantea esa pregunta, la respuesta va variando. Cuanto más entrada está la noche, más nivel de dramatismo contiene la respuesta. A mi lado, un chico fumaba y claro, yo que no fumo, solo podía hacer una cosa: pensar. Ay, cuántas cosas surrealistas acabamos haciendo en la vida. En eso está la gracia, supongo. Me reí y pensé en aquella frase que me repito tantas veces: preferiría no hacerlo. Me da la sensación de que Bartleby siempre me está observando desde cualquier rincón, haga lo que haga. Porque la vida, a veces –o la mayoría de veces- consiste en acabar haciendo cosas de las que uno ha pensado veinte mil veces “preferiría no hacerlo”.

 

Siguió lloviendo un rato y el chico se metió en las oficinas de nuevo. Un taxista paró en frente del edificio y me gritó “nena, ¿buscas taxi?”. Cuando le dije que no, se me quedó mirando y me soltó a grito pelado: “Pues ten cuidado porque acabo de ver un cangrejo gigante en esta misma calle”. Estuve a punto de preguntarle cómo de grande era pero entonces me di cuenta de que estábamos en Barcelona y que a lo sumo vería pasar una cucaracha, y que obviamente, el tipo me estaba tomando el pelo. Me reí. Me reí mucho. Ahí, con la lluvia, el taxista, el porno y los cangrejos que invadían la ciudad por la noche. A veces, cuando uno logra la distancia adecuada con las cosas no queda otra que reírse. Suerte del humor. Volví a entrar. Sí, ya lo sé, Bartleby; yo también preferiría no hacerlo y volar en un jet privado ahora mismo rumbo a las Maldivas. Pero me volví a sentar en mi mesa. Suspiré y puse mi título “Pasión y sumisión en en el tráiler de ‘Cincuenta sombras de Grey’”. Sí, Bartleby, lo sé.