Presuntos homínidos nos inundan de provocaciones

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Esta semana un presunto ser humano (no un animal, ojo, porque los animales no hacen esas cosas) quemó a una mujer la cara con ácido sulfúrico, una costumbre bastante extendida en algunos países (Pakistán, por ejemplo). Interrogaron a su pareja, su marido o novio, luego lo soltaron porque no les pareció sospechoso. Finalmente, oí en la radio, “se detuvo en un bar”. Por el contexto estaba claro que el hombre había sido detenido, pero literalmente lo que nos contaron fue que el presunto había sido detenido en un bar, a lo mejor a tomarse una cañita. ¿Qué pasa, por qué no dicen fue detenido en un bar; es que suena pedante o qué? Estamos acabando con los relativos, no los usamos o lo hacemos requetemal. ¿Ahora vamos también a por la voz pasiva? ¡Que alguien haga algo, por favor!

 

Escucho las noticias sobre los pavorosos incendios en Valencia y vuelvo a anotar cómo se abusa del verbo provocar y se deja de usar ocasionar, causar, motivar: todo es provocar, lo que redunda en lo de siempre: un gran empobrecimiento léxico. Lo curioso es que al parecer uno de los incendios puede efectivamente que haya sido provocado (es decir, que sea intencionado). No es lo mismo que decir : “el incendio fue provocado por una explosión”, o peor aún, “el derrumbamiento fue provocado por las recientes lluvias”, porque provocar es intencional: alguien hace algo para que ocurra algo. ¡Pero estamos inundados de provocaciones!

 

La publicidad hace también sus aportaciones. Dos ejemplos. Un anuncio de aparatos de aire acondicionado (creo recordar) nos anima así: “Las previsiones pronostican un verano muy caluroso” (cómprese usted mi aparato que es buenísimo, etcétera). Es lo de repetir y machacar; me recuerda a otra frase que recogí: “la causa del accidente se debió a …”. Las dos son verdaderas, lo juro. Segundo ejemplo: la crema para las manos de la marca Eucerin dice en su envase que vale para el cuidado dermatológico de la piel. Por si alguien no sabe qué significa dermatológico…».

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.