Primero conquistamos Manhattan; después Taksim

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Hay textos que cuesta escribir. Se siente una como si le estuvieran sacando una muela sin calmantes. Como si estuviera perdiendo una parte de sí misma. Son textos que nacen de algún sitio que una creía no tener pero que está ahí, entre las enfermedades latentes, los órganos que suplican treguas que me niego de momento a conceder por mucha prescripción médica que me caiga y los sentimientos que una intenta desterrar, condenar al olvido, pero que habitan agazapados las profundidades dispuestos a salir a flote en el momento más inoportuno. 

 

Hay textos que cuesta escribir. Se siente una como si le estuvieran sacando una muela sin calmantes. Como si estuviera perdiendo una parte de sí misma. Son textos que nacen de algún sitio que una creía no tener pero que está ahí, entre las enfermedades latentes, los órganos que suplican treguas que me niego de momento a conceder por mucha prescripción médica que me caiga y los sentimientos que una intenta desterrar, condenar al olvido, pero que habitan agazapados las profundidades dispuestos a salir a flote en el momento más inoportuno. Este es uno de esos textos.

 

Volví el domingo a medianoche de Estambul. Pasé allí casi una semana. Estambul es esa ciudad de la que una nunca se despide porque sabe que volverá. Un lugar entre el cielo y el infierno, como dicen los turcos. Una encrucijada donde una se replantea todo y de donde regresa más sola, más abatida, más perdida. Caminé durante horas por la plaza de Taksim. Entre puestos ambulantes de mazorcas de maíz, vendedores clandestinos de latas de cerveza que supe encontrar y cientos de personas que compartían horas juntos, cantando, hablando, bailando, viviendo. Por primera vez juntos en mucho tiempo. “Aquí están todos. Musulmanes y ortodoxos. Hombres y mujeres. Clases altas y clases bajas”, me anunció una buena amiga de Estambul, que me abrió su ciudad como si fuéramos dos hermanas, antes de aterrizar allí.

 

Veo estos días las cargas policiales. Los gases lacrimógenos. Las embestidas de los perros del primer ministro Erdogan, que no quiere ser primer ministro sino sultán. Lo veo por la televisión. Como si esa plaza de Taksim, ese pequeño parque Gezi donde los turcos han crecido, fuera un lugar imaginario, un escenario diferente al que conocí. Reconozco en los bultos de los cuerpos a los jóvenes que vi abarrotar los ferrys camino de Taksim. A los hinchas de los equipos de fútbol que se unieron por primera vez. A todos los turcos que han convertido Estambul en un lugar aun más maravilloso. Lo veo avergonzada por no atreverme a coger un vuelo de nuevo allí y acudir a esa plaza junto a ellos. Triste porque a golpes de policía están intentado desunir un país que nunca había estado tan unido. Pero esperanzada, también, porque en Estambul necesitaban un motivo para seguir adelante y ahora lo tienen. Cada porrazo es un empujón. “Los gases que lanzan contra la gente son los de la evaporación de Erdogan como el líder que fue”, me dice un profesor de política de la universidad en Estambul. En Taksim, claro. Mientras buscamos un nuevo vendedor de Efes Pilsen.

 

Hoy he recibido un correo electrónico de mi amiga. Es una periodista de la televisión. Una gran periodista. Una famosa periodista cuyo rostro pasean los autobuses en sus laterales. Lloran sus palabras diciéndome que no puede más. Que quiere dejar su trabajo. Que la están presionando para que no cuente lo que sucede. Para que no hable de la violencia. Para que no se conozca la verdad. Y que la gente por la calle le para y le pregunta por qué se calla. Por qué no explica la realidad. Por qué les está fallando. Ahora no puedes hacerlo, le he contestado, desde la placidez de mi ciudad en ruinas, de mi mundo lejos del suyo. Tienes que aprender a jugar su maldito juego. “Un país de borregos merece un gobierno de lobos”, escribió un periodista americano. Ahora tienes que bailar con los lobos. Simplemente escucha tu música interior. Ya lo cantó el bueno de Leonard: first we take Manhattan; then we take Taksim.