Progreso

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Yo soy de los que piensa que cualquier época pasada fue peor, que siempre estaremos mejor que antes, que el progreso es inevitable y que el tiempo y la historia lo mejoran todo. Esta opinión no es fruto de un optimismo ingenuo sino de identificar el progreso con el movimiento y el cambio, de imaginarlo como un cajón de sastre revuelto donde no sólo caben los aciertos, el éxito y la prosperidad, sino también errores, infortunios, crisis, revoluciones y caos. Todo suma.

 

El mundo de la alta cultura, al que tanto gusta refugiarse en el prestigio del pasado, refunfuña a menudo sobre lo poco o nada que se avanza hoy en pensamiento, arte o literatura, sobre lo hecho y dicho que ya está todo, sobre la imposibilidad de volver a crear de verdad dentro de una hipersociedad ficticia y superficial, alienada por el consumo banal y el exceso de información. Sin embargo, nuestra época es culturalmente prodigiosa y única. En ella asistimos a la disolución de las disciplinas y los nombres en un magma acéfalo y voraz que borra los contornos del conocimiento. Hoy no tiene ya sentido preguntarse qué es el arte, ni la literatura, ni el periodismo, ni la arquitectura, ni la poesía. ¿Restos arqueológicos de un sistema de acreditaciones? Hoy las definiciones y las actitudes explotan en pedazos para recombinarse en preguntas. Hoy el ruido es la señal. La tormenta perfecta, la llave del progreso.