Proust en la palma de mi mano

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Entro en el vagón y me acomodo en un asiento pegado a la ventana. Varios pasajeros leen, otros escuchan música, dos adolescentes ríen al fondo. Saco de mi bolsillo el nuevo i-Pod Touch que me compré a principios de semana. Lo enciendo. Se me aparece la biblioteca de Babel, toda la música del mundo y hasta la imago mundi en la palma de mi mano. Con el dedo pulgar pulso el icono “Google Books” y luego voy desplazando hacia abajo, vertiginosamente, todo un rimero de libros que he ido coleccionando. Me detengo en la traducción que hizo Pedro Salinas en 1920 al primer volumen de En busca del tiempo perdido. La imagen escaneada de la primera página es diminuta. Mis ojos son incapaces de ver nada. Acciono una función que convierte el texto digital en texto electrónico. Elijo los caracteres tipográficos y el tamaño de la letra. Empiezo a leer: “Mucho tiempo he estado acostándome temprano…”.

 

Hace ya muchísimos años que leí por primera vez estas mismas palabras. Debió de ser en el verano del 76, cuando hacía la instrucción militar en el cuartel de Cuatro Vientos, en una tarde tan tórrida como la de hoy. Recuerdo vagamente estar sentado debajo de un castaño en la alameda de un parque, vestido de recluta, mientras una brisa calentorra agitaba levemente las páginas que iba pasando al leer. Muchas buenas lecturas se asocian al entorno en que las hicimos, como el mismo Proust cuenta tan maravillosamente en el prólogo que puso al frente de la traducción de Sesame et les Lys de Ruskin.

 

Una lectura, según creo recordar que decía allí Proust, tiene tan solo un valor iniciático. Ciertamente un libro puede ser un buen vehículo para internarnos en regiones desconocidas, pero estas regiones siempre se encuentran dentro de nosotros mismos y nunca en las páginas de un libro. “Conócete a ti mismo” a través de la lectura es la receta de todo el humanismo, de Petrarca en adelante. El buen lector es quien recrea lo leído y lo reinterpreta según sus propias necesidades, de la misma manera que el buen dibujante nunca hace una copia exacta del original que copia, sino una versión única, donde aparece, de manera ineludible, su estilo singular.

 

Durante el largo trayecto en metro leo casi sesenta páginas de la famosísima novela. Lo hago a toda velocidad, gracias al ritmo de la prosa de Proust, nada pesada, pese a la intrincada sintaxis y al carácter reflexivo y casi ensimismado de su discurso, en donde las más sutiles disquisiciones se entreveran con las evocaciones infantiles: la descripción del jardín familiar, las chifladas tías, los padres del narrador (que me resultan tan semejantes, no sé por qué, a los padres de Wendy en la película de Peter Pan), el curioso y extrañísimo Monsieur Swann…

 

En todo caso, lo que más me llama la atención en esta nueva lectura que hago ahora es el uso de la analogía. Nadie como Proust ha llevado tan lejos la práctica de las correspondencias. Su obra se construye, sin duda, sobre este presupuesto. El sabor de la magdalena desencadena todo un mundo de recuerdos que andaban sepultados en la memoria del narrador. El mundo espiritual y el mundo material se unen mediante el cordón umbilical de los sentidos. Un platonismo sensual (o, más bien, sensorial), que aspira a captar la esencia del sujeto singular a través de la sinestesia.

 

La analogía es uno de los fundamentos de la poesía, no tanto de la novela, que es menos metafórica y mucho más propensa a la metonimia, como nos enseñaron en la universidad. En Proust, en cambio, casi toda situación sirve de base -o de excusa- para crear analogías con el mundo de las emociones. Así, el insomnio que sufre el narrador en las primeras páginas se compara detalladamente con el caso de un enfermo que, obligado a hacer un viaje de negocios, siente con ansiedad el paso de las horas en el cuarto de un hotel de provincias. Algo más adelante, se compara el desamparo que siente el narrador, siendo niño, cuando le obligan a irse a la cama sin el beso de la madre, con la desairada situación de una joven abandonada por su amante, la cual espera inútilmente en las puertas de un hotel, a altas horas de la noche, a que salga el hombre que la sedujo, mientras el cochero y el portero tratan de consolarla con una taza de café y con algunas palabras de ánimo. En ambos casos la comparación resuena en la mente del lector como un eco y, más aun, como otra realidad paralela que se superpone a las propias vivencias que evoca el narrador, en una especie de casuística fenomenológica…

 

Llego a mi punto de destino. Desenchufo el i-Pod. Al salir de la estación llueve torrencialmente. En una cafetería (diner) tecleo estas notas, que colgaré mañana, con algunas correcciones mínimas, en este blog.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.