Psicoanalizando a Putin

0
410

Anteanoche tuve un sueño que como todos los sueños no pude terminar. Resulta que yo era psicoanalista y por razones que ignoro Vladímir Putin, el hombre más odiado en Occidente, se presentó en mi consulta solo y sin guardaespaldas alguno para ser psicoanalizado. Dios santo, exclamé para mis adentros al verlo vestido con uniforme de campaña pero sin arma. Le pregunté en qué podía ayudarle. Me respondió en perfecto inglés que se sentía incomprendido por su “operación miliar especial” en Ucrania e injustamente tratado. Pero sus soldados han cometido fechorías, asesinando brutalmente a civiles, le interrumpí. No faltan episodios en Mariúpol, Bucha, Borodianka y tantos más. Pensé que después de decir eso acabaría conmigo o alguno de sus gorilas derribaría la puerta del piso y me cortaría la yugular con un cuchillo afilado de matarife.

Pero, hombre, señor presidente, no se arrepiente de haber iniciado una guerra en plan matón, sin sentido ni interés económico alguno, le pregunté de un modo imprudente sin sopesar los efectos que pudiera causar. Me miró con ese gesto gélido tan suyo y contestó: “Yo ya me siento mayor. Tengo 70 años y aunque mi salud es buena, soy consciente de que la muerte se acerca”. “¿Y por eso decidió usted invadir Ucrania de una manera tan brutal?”, le espeté. “Me siento incomprendido, sin amigos. Sufro la soledad del poder. Ni siquiera hablo con mi actual esposa ni con mis hijas. No confío en nadie. Tampoco en Nikólai Pátrushev, mi principal asesor”. Pátrushev, ex jefe del KGB como él, es actualmente director del Consejo de Seguridad del Kremlin y posiblemente el hombre más poderoso después del presidente ruso.

“Mire, señor Putin, yo no sé bien cuál fue su pasado, ni sinceramente me interesa. Si tuvo traumas infantiles, si soportó mal el ninguneo cuando era espía en Dresden, el miedo a acabar de taxista en la antigua Leningrado después de la extinción de la Unión Soviética o las humillaciones del presidente Borís Yeltsin con el que pactó inmunidad judicial para él y su familia sobre sus presuntos delitos de corrupción. Lo que sí sé es que debe dejar de matar, retirar sus soldados de Ucrania, abandonar el Kremlin e ingresar en ese monasterio cerca de San Petersburgo, donde usted nació, y que creo fue fundado por el zar Pedro el Grande”. “¿El Alejandro Nevski, se refiere?”, contestó. “Sí, ese mismo”. “¿Y qué pinto yo allí? ¿Esperar a que llegue mi muerte?”. “Efectivamente”, repliqué. “Allí podrá reflexionar, meditar y tratar de expiar sus culpas si es que es posible expiar sus crímenes espantosos. La alternativa será peor y usted lo sabe”.

Observé que como un disciplinado paciente, sin que yo se lo pidiera, se tumbó en el gastado diván de mi consulta y comenzó a acusar a Estados Unidos de querer dominar el mundo y a confesarme que lo único que él pretendía era reconstruir la Unión Soviética: “Gorbachov fue un traidor y un cobarde alentando la descomposición de la Gran Rusia”. Advertí agitación en su habla. No me parecía la de un loco, pero sí la de un individuo sufriendo un desequilibrio emocional serio. Qué horror, pensé, ¡en manos de quiénes estamos la ciudadanía! “Mire”, me dijo deteniendo un poco el discurso (intuí que lo hacía por no saber cómo dirigirse a mí), “yo lo único que busco es pasar a la historia como el nuevo zar de Rusia, devolver a mi pueblo el poder y el orgullo perdidos. A los rusos nos gusta que haya un gran líder”. “¡Vaya, don Vladímir, ya estamos con la historia de tantos de mis pacientes! Que si lo que quieren es la felicidad de su familia, de sus empleados. Que no les entienden y se sienten solos e incomprendidos, que lo hacen por el bien de la nación, etc, etc, etc”. “Escuche”, proseguí, “usted ha perdido moralmente esa guerra absurda y tarde o temprano sus conciudadanos le pasarán factura. Acabará mal. Un golpe palaciego, una retirada por razones de salud o, peor aún, la entrega de sus propios colaboradores al tribunal de La Haya…”

“Yo no soy Hitler ni Stalin. No pretendo dominar el mundo y a mí no me engañarán mis colaboradores como al pobre borracho de Milosevic para ser juzgado en La Haya””, protestó alzando la voz, retrepando un poco el cuerpo del sofá y girando la cabeza hacia mí con una mirada de odio e ira. Sentí miedo que la situación se descontrolara y que se abalanzara contra mí. Fue en ese instante cuando desperté de la pesadilla y me pregunté qué me estaba sucediendo últimamente para tener sueños tan desasosegados.

No había aún amanecido. Decidí ir a la cocina y hacer un rápido desayuno. Me acordé de una de las numerosas majaderías que solía decir el presidente George W, Bush. Al encontrarse por primera vez con Putin declaró que había percibido en su mirada la de un líder con alma. Que se lo digan al ex espía Alexander Litvinenko, por desgracia ya no es posible, envenenado por los servicios secretos del Kremlin, al disidente Alexsei Navalny, encarcelado, y a tantos otros opositores, así como a los miles de inocentes civiles brutalmente asesinados en la ocupación de Ucrania. Robert Gates, que fue director de la CIA y jefe del Pentágono en la Administración de Bush hijo, confesó tras reunirse con él en Moscú en 1992: “Saqué la conclusión que estaba delante de un asesino de sangre fría”. Joe Biden, el actual inquilino de la Casa Blanca, lo tacha de criminal de guerra sin más y afirma que no puede permanecer en el poder.

Anoté en mi bloc unas declaraciones que considero interesantes del escritor Arturo Pérez-Reverte sobre el líder del Kremlin: “Putin no está loco. Es la encarnación malvada de esa parte de lo peor del alma rusa en este momento. Igual que Hitler fue la encarnación perversa del alma alemana de su tiempo. Lo del tirano solitario ya no vale. Los tiranos, desde hace un par de siglos, representan los anhelos de sus súbditos. Putin cree tener motivos y mucha gente de su país le aplaude”. Más de un 60% de la población rusa supuestamente, respalda la “operación especial” en Ucrania, según las encuestas oficiales evidentemente manipuladas por el Kremlin. Seguramente ni el mismo Putin cree eso, pues es consciente cómo el régimen ha acabado con la libertad de expresión en el país y perseguido con saña a la prensa.

Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, deja tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre aquí