Público fácil

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Hace hoy una semana que Piotr Beczala volvió del Lago Como relajado y con las pilas cargadas para abrir la temporada de la Scala. Unas horas después, advertía al público italiano de que nunca volvería más que de vacaciones...

 

Poner a Alfredo Germont a cantar el De miei bollenti spiriti… de La Traviata mientras que amasa una pizza puede ser motivo de algún tipo de revoltura en la mayoría de teatros del mundo, o de una leve risilla de anuencia con la transgresión propuesta. Pero si encima eres ruso, si encima tu propuesta escénica está basada en una especie de actualización, si encima es la primera de la temporada en la Scala de Milán, si encima es la primera función, y si encima es el bicentenario de Verdi, tienes bastantes papeletas para tener que salir escoltado por la policía.

 

Ocurrió el pasado sábado (no lo de la policía, creo), hace hoy una semana, cuando Dimitri Tcherniakov estrenaba en la Scala su Traviata encabezada por Piotr Beczala (polaco), Diana Damrau (alemana) y Zeljko Lucic (serbio), un trío estelar cuyas nacionalidades, unidas a las del director de escena (no del musical: Daniele Gatti) y a la del director del teatro, el francés Stéphane Lissner, terminaban de cincelar un escándalo de los que hacen época.

 

Aquella mañana, Beczala publicó en su Facebook una fotografía suya recargando pilas en el Lago Como, animado, feliz por la buena acogida que había tenido la propuesta musical y escénica entre el cariñoso y joven público del ensayo general. Unas horas después, escribió en el mismo sitio que era su última producción en la Scala, y al día siguiente, ya con la cabeza fría, remató la faena puntualizando que no pensaba volver a pisar Italia más que para ir de vacaciones.

 

La pitada, que puede verse junto con toda la ópera gratis aquí (algún que otro malicioso saltará al final, lo sé), parece responder más al ritual milanés de despellejar o encumbrar a quien proceda, sin mesura, que a algún elemento especialmente chocante de la propuesta: ¿un tenor algo gritón? Tampoco es para tanto. ¿Una Violetta metida a valquiria? Pues no. ¿Una propuesta musical endeble? Discutible. ¿Una puesta en escena rompedora, zafia, irrespetuosa o alejada de libretto? Ni muchísimo menos.

 

Tcherniakov tuvo sus polémicas en Madrid recientemente con Don Giovanni y Macbeth, por los mismos derroteros. Esto hace suponer que el problema no es ya específico, sino global: podría entenderse que ciertos detalles de su Traviata sentasen a los milaneses como a los asturianos que nos pongan una fabada con garbanzos, pero ni mucho menos había nada encima del escenario que mereciese el linchamiento. O al menos, así lo percibimos desde fuera quienes vimos el espectáculo por Internet.

 

Decía Michael Haneke, cuando empezó a meter la cabeza en la dirección de ópera, que como director de escena con Mozart tenías asegurado el fracaso, y que la cuestión era tratar de minimizar los daños. Una música tan pura, tan perfecta, que cualquier toqueteo por parte de terceros suele acabar en catástrofe: pues esto es igual. Por impecable que fuese o dejase de ser una Traviata –no entremos ahí– lo cierto es que probablemente no haya nacido director artístico capaz de contentar a la Scala. O quizás sí: quizás lo que la Scala quiere sea carne fresca…

 

Porque así se forjan los grandes teatros de ópera del mundo: sin mesura. Así se configura la identidad de un público: por lo silvestre. En Bayreuth, el festival wagneriano, son famosos por esto, por ejemplo. Patrice Chéreau montó allí en los 70 un Anillo del Nibelungo que recibió una pitada épica, pero al reponerlo, cuatro años después, cosechó un aplauso de 90 minutos. Sí, 90 minutos aplaudiendo. ¿Para qué andarse con medianías?

 

Minutos antes de entrar a la segunda función de Ainadamar, que hoy termina de representarse en el Teatro Campoamor de Oviedo, compartía estas anécdotas con una pareja de amigos que nunca hasta este año habían ido a ver ópera. Han pasado por tres; esta, la última. Y me saludaron entonces con una botella magnífica y una pregunta urgente: ¿cuándo se abona uno?

 

Tras escuchar boquiabiertos la odisea Beczala, casi se indignaban por la falta de respeto al artista, al equipo y a toda la legión de gente que hace falta para poner en pie un espectáculo de estas características. Pero, por curioso que parezca, uno de los episodios menos comentados por especialistas y no tan especialistas ante la consabida Traviata de Tcherniakov fue lo que ocurrió al cabo de hora y media de función: que Violetta y el Barón, por algún motivo, entraron tarde y no cantaron los primeros compases de la escena de la sala de juego en casa de Flora. Probablemente, por un problema de vestuario, regiduría o técnica; o bien por una decisión musical que se nos escapa a todos: en esta versión, no había un solo corte con respecto a la partitura original, como es habitual hacer.

 

Aquí, en Ainadamar, de la que tanto en Madrid como en Granada como en Estados Unidos se ha dicho de todo, para bien y para mal, cabía la posibilidad de que el público ovetense se alzase en armas, dentro de sus parámetros… Y no ocurrió. A algunos gustó más y a otros menos, pero durante las funciones no se ha escuchado ni una tos (es un decir: ¿qué sería del teatro sin toses, caramelos, móviles y monedas en tropel?) y, al término, se reconoció, como mínimo, el trabajo realizado.

 

¿Acaso es público fácil aquel que todo lo aplaude y nada patea? No, quizás solo sea un público respetuoso. ¿Significa eso que el de la Scala no lo es? Quizás. Pero, como se dice en italiano para desear suerte, in bocca al lupo. Y este tenía muchos dientes…

Alejandro Carantoña (Oviedo, 1988) escribe y hace ópera. Se prepara para debutar como director de escena: ha colaborado con diversos teatros (especialmente, la Ópera de Oviedo) en varias áreas, es sobretitulador, ha escrito en varios medios sobre ópera y ha publicado Cuestión de oficio. Unas memorias artísticas de Emilio Sagi (TREA, 2014). Es semifinalista del 8th European Opera-Directing Prize.