¿Puede el aborto decidir las elecciones en Brasil?

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El debate sobre la interrupción voluntaria del embarazo está cobrando en Brasil, en plena campaña electoral, inusitada relevancia. Dicen que ha sido una de las principales causas para que Dilma Rousseff acabara perdiendo varios millones de votos, que la alejaron de la mayoría absoluta en primera vuelta y que habrían ido en su mayoría a parar a la candidata ‘verde’, Marina Silva, confesa devota evangélica. De repente, el asunto está en la primera línea de la actualidad y José Serra y Dilma pelean por ver quién deja más claro que no está a favor del aborto. Dilma sigue jugando a ser ambigua: de un lado, se reúne con líderes religiosos y deja claro que su Gobierno no impulsará su legalización, pero a la vez coloca en el debate la situación de las jóvenes que se ven en la triste disyuntiva de abortar y subraya que la justicia persigue al eslabón más frágil. Mientras, Serra ha encontrado un filón de campaña y está dispuesto a explotarlo al máximo. Aunque sea al precio de algunas bajezas, como cuando su mujer, Mônica, declaró que Dilma “está a favor de la muerte de niños”. En fin. Ya se sabe que en la guerra, todo vale.

 

Pocos asuntos son tan polémicos como el aborto. Desde mis convicciones laicas –que no necesariamente ateas o agnósticas-, nunca terminé de definir una posición moral al respecto. Creo que es difícil establecer una ética al margen de la casuística. Y es precisamente por eso que, como en todas las facetas de la vida social, la justicia, el Estado, al no conseguir plegarse a la casuística, deben ser pragmáticos. Deben asumir la realidad como es. Pero lo que nunca soporté es la hipocresía, y cada vez la llevo peor. Dicen algunos estudios que una de cada cinco mujeres brasileñas han abortado. ¡Una de cada cinco! Se estima que realizan entre 700.000 y un millón de abortos en el país. Sólo en la primera mitad de 2010, casi 55.000 brasileñas fueron hospitalizadas por complicaciones en abortos provocados. Los métodos más utilizados son los medicamentos abortivos, a menudo falsificados, fabricados sin control alguno. El aborto es la cuarta causa de muerte materna en Brasil, con una tasa de mortalidad materna (TMM) de 260 muertes por cada 100.000 nacidos -la de Argentina, por ejemplo, es de 82-. Así de contundentes son los números.


Pero, claro, en Brasil no aborta quien quiere, sino quien puede. O, más bien: aborta quien quiere, pero como puede. El aborto ilegal en limpias clínicas que lo ofrecen clandestinamente puede salir por unos 3.000 reales (más de 1.300 euros) en un país en el que el salario mínimo ronda los 500 reales. Hagan sus cuentas: un aborto cuesta alrededor de seis salarios mínimos.

 

¿De verdad tiene tanto peso en las elecciones el voto cristiano? Por si las moscas, el PSDB de José Serra se está aplicando duro. La campaña en internet está siendo despiadada. Y el PT de Dilma no sabe cómo defenderse. Entre sus simpatizantes, algunos piden a Dilma mayor concreción en su postura; otros recuerdan que hay cosas más importantes en juego y que los comicios no pueden convertirse en un plebiscito sobre el aborto, que, recuerdan, por polémico y relevante que sea, no deja de ser un asunto demasiado concreto para decidir unas elecciones presidenciales. En el fondo, se me antoja que, con los números en la mano, resulta difícil adherirse al discurso de la prensa conservadora: las elecciones no están reñidas. Dilma ganó el primer turno holgadamente y es muy probable que la mayor parte de esos 20 millones de votos que consiguió Marina vayan a parar a la candidata ‘petista’. El 31 de octubre sabremos si me equivoco…

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.