Puede que la muerte sea una bendición. Entrevista en exclusiva (y al día) con Jimi Hendrix

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Jimi Hendrix «resucitado» por IA

(Huelga decir que me costó lo suyo –a saber, un hartón de ingratas caminatas por los céspedes artificiales de los despachos de potentados de la industria y por otros derroteros– localizar a Jimi; ha llevado un estilo de vida bastante monástico durante estos últimos cinco años. Pero, finalmente, echando mano de todos los medios a mi alcance, me las arreglé no solo para localizarlo, sino para rapear con él varios años luz. Lo que sigue es una transcripción directa y literal de un rap muy lisérgico, grabado en su lujosa y extremadamente lejana guarida, con uno de los titanes del rock moderno: el inmortal Jimi Hendrix).

Jimi, cuando deambulabas por la Tierra, a menudo te daba por cantar sobre las esferas celestes, ya sabes, el plano astral, el cosmos y lindezas de esa onda. Ahora que llevas ya una buena temporada dando tumbos por el espacio sideral, ¿cómo se compara lo vivido hasta la fecha con lo que imaginabas que ibas a encontrarte? 

—Bueno, te diré, no es como en los anuncios. [Carcajada] Pero, a decir verdad, yo tampoco fui lo que muchos creyeron ver en mí. Porque, verás, mucha gente tiene una idea muy equivocada de mí.

¿A quién te refieres? 

—Al mismito que viste y calza, y tienes ante tus morros, sin ir más lejos. No sabía qué coño andaba haciendo, excepto que me gustaban el R&B y Dylan, y descubrí, sin quererlo ni beberlo, cómo sonsacarle todos esos sonidos raros a mi hacha. Ahí es donde las cosas empiezan a prestarse a cierta confusión, si bien, en honor a la verdad, debo decir que no muy exageradamente. Una noche, en el escenario del Fillmore, tocando una especie de paseo en moto derrapando por los anillos de Saturno, observo al público y se me aparece una especie de gran máquina de pinball que estoy encendiendo y manejando inadvertidamente a mi antojo, poniéndolos como las cabras y descerebrándolos al tocarles ‘See See Rider’ al revés, creo recordar, o algo cuya existencia desconocía porque mis dedos se estaban transformando en tallos de apio y me daba miedo comprobar si, efectivamente, se estaba produciendo esa metamorfosis, de modo que cerré los ojos un segundo pero se me apareció unas de las concubinas del Thor de Marvel Comic, ataviada con su atuendo sadomaso, y blandiendo un látigo y resoplando mientras se me acercaba, por lo que los abrí de nuevo tan rápido como pude y, de pronto, todo el mundo en el público era Bob Denver.

¿Qué? ¿Qué quieres decir? 

—Quiero decir que todas las caras eran idénticas, como la de Bob Denver en la Isla de Gilligan,[1] con el gorrito, la camisa raída y todo lo demás, y todos me obsequiaban con la inconfundible mirada de Gilligan, como diciendo: “¿Y ahora qué hacemos?”, así que grité en medio del estribillo de otra canción que había olvidado: “¡Soy el capitán y quiero que vayáis a buscar a Mary Ann y me la traigáis! Quiero a esa zorra de rodillas ante mí”. Parecía tener sentido por el contexto de la letra de la canción en aquel momento.

A fin de cuentas, fue una época de mucha experimentación y no pocas innovaciones. 

—Sé que cambié algunas cosas, no tantas como algunos parecen atribuirme, pero creo que de veras podría haber cambiado un montón de cosas más de haber sabido entonces lo que ahora sé. Con todo, en aquel momento, la alternativa era tan irresistiblemente tentadora, y acabé tomando el camino fácil del jive y toda esa mierda. Como la noche de la que te hablaba, gritándole a todo pulmón a Gilligan y compañía, no tenía ni puta idea de lo que Noel y Mitch andaban haciendo, podían haberse largado en un autobús de la Greyhound a Tucson, Arizona, qué carajo iba a saber yo, además, me la traía al pairo. Así que me lancé a por una larga nota alta, la sostuve ahí cuanto pude, luego la destripé, y decidí largarme de allí. Ahora, apenas me bajo del escenario, con quien prácticamente me doy de bruces es con Bill Graham. El muy capullo ha estado parapetado ahí, a un lado del escenario, observándome todo el rato. Ahora se interpone en mi camino, me agarra del brazo, me mira fijamente a los ojos y me dice: “Jimi, por qué sales a endilgarnos esa bazofia cuando ambos sabemos perfectamente que eres capaz de tocar blues como a muy pocos he escuchado en mi vida”. Bueno, lamento importunarte, pero dejé de ser negro por unos instantes, me quité, como un descastado, toqué muy descolocado pese a llevar un colocón del copón, porque no quería líos con nadie, solo quería largarme de allí. Pero, por poco que hubiera sido física y anímicamente capaz de quedarme, tío, habría dicho: “Porque hay momentos en los que sospecho, en lo más hondo de mi ser, que detesto el reputísimo blues. Cualquier negro arruinado detrás de una mula que no tenga nada que llevarse a la boca te puede cantar un blues. Solo le doy al blues porque es divertido y fácil de escuchar de vez en cuando, y porque sé que los gringos no creen que un espectáculo de música de un negro valga un pimiento si no escuchan algo de esa música”.

Sí, pero… ¿qué pasa entonces con temas como ‘Red House’ y ‘Voodoo Chile’? Eran canciones increíbles, ¡muy bien interpretadas! 

—No eran exactamente lo que se conoce como composiciones originales. Fueron buenas tomas, eso te lo concedo, especialmente la segunda de ‘Voodoo Chile’. La versión larga rezumaba muy buena onda, pero estaba ahí para rellenar un álbum doble, y Winwood tocó el mismo detestable solo que tocó en Pearly Queen (y en todas las malditas sesiones que hizo durante los siguientes tres años). Me casqué un buen blues en Red House, pero recibió mucha más atención de la que merecía, probablemente porque fue muy difícil conseguir el disco en América durante un tiempo. Lo que quiero decir es que ‘I Don’t Live Today’ es blues de verdad, blues moderno; es lo que pasa cuando lanzas una bomba de hidrógeno sobre el blues, que es lo que se merece. A ver, el blues es música de blancos, y también lo era la mayor parte del free jazz. Todos los músicos lo saben, todo el mundo en el gueto lo sabe porque allí vibran con la música de James Brown y Stanley Turrentine, no tienen discos de Muddy Waters, ni mucho menos aún de Robert Johnson; es más, el 98 % de mis hermanos ni siquiera ha oído hablar de Albert Ayler. Si hubiera tocado lo que los negros querían escuchar en aquella época, habría fracasado estrepitosamente en el mundo de las superestrellas del rock moderno, y si hubiera ido al Teatro Apollo y hubiera tocado lo mismo que en el Fillmore, probablemente se habrían reído de mí. Y ser consciente de eso es lo que me ha estado persiguiendo desde entonces hasta este mismo instante. Eso y el hecho de que, hasta cierto punto, y en aras de la imagen, tuve que mover el esqueleto porque los negros se supone que son malos y follan bien con pollas grandes y hacen maravillas con los dedos todo el tiempo. Solo añadí un poco de ácido y retroalimentación. Y diablos, con todo eso ni siquiera tuve mucho sexo, o no tanto como hubiera sido mi deseo. Quiero decir que no sería del todo ilícito pensar que un tipo como yo, Jimi Hendrix, el hacedor y principal protagonista de todo aquel gran negocio que se concibió en torno a mi persona, estaría degustando más coño que todo el harén de Haile Selassie al completo y de mejor calidad que, no sé, ¿de quién es el coño más caliente que se te pase por tu calenturienta mente?

Mmmmm… Vilma Picapiedra. 

—Muchas gracias, ahí lo tienes. Me hubiera encantado acostarme con Julie Christie, o igual hasta con Ursula Andress, estrellas de cine con clítoris de primera clase. En lugar de eso, tengo a todas esas zorras tontas que quieren leerme el Tarot y llevan consigo siempre un ejemplar del I Ching de la edición de bolsillo de Bantam, en el trasero de sus vaqueros, listas para abalanzarse sobre ti en cualquier momento y revelarte el arcano significado de la jerigonza. Bueno, ya tengo más jerigonza de la podría necesitar para esta vida, como te revelaría incluso una somera audición de mis canciones. ¿Crees que escribí todas esas putas letras cósmicas porque tenía línea directa con la Mente Universal siempre a mi disposición? Me gustaba Star Trek, pero no soy Paul Kantner. Saqué más provecho de ello que Paul Kantner, eso sí, debería haberse aprovechado de mi mal ejemplo y hacer lo propio. Yo solo soltaba esto y esnifaba aquello, y un montón de mierda se arremolinaba en mi cabeza acto seguido. La misma mierda que sacudió a todos los demás, en realidad, especialmente a Dylan, que fue una influencia tan inspiradora y tan nociva para un servidor como para cualquiera en este oficio. Empecé siendo sincero, pero la mitad de las veces no podía pensar con claridad, así que salían cosas que sabía perfectamente que eran tonterías de lo más chapuceras, y la gente saltaba como las cabras por una raya de coca: “Oh, increíble, Jimi, brutal…”. Y tal vez fuera en ese momento cuando caí en la cuenta de que las cosas empezaban a ir realmente mal, cuando vi que la gente creía que esa chorrada era profunda; bueno, simplemente lo mandé todo a freír espárragos en el más allá.

¿Acaso estás insinuando que fuiste un suicida? 

—No digo nada, tío. Excepto quizá que no todo negro muerto es un puto suicida. Pero eso nada tiene que ver conmigo ahora. Porque aquí no hay distinción que valga, como toda esa mierda de las razas. No hay razas… “¡Nada más que ángeles aquí arriba, jefe!”. Tal vez vuelva –solo una vez– y me haga solo una minigira de tres noches de God’s Trombones, como una ópera rock, con Gil Scott-Heron y Stevie también. Porque quiero cantarle la africana a Stevie –ese tío está fuera y no me importa una mierda si es invidente, no me importa si su madre le envió a una iglesia distinta cada día de la semana, está completamente equivocado, punto–. En fin, nadie debería saber cómo funciona esto del Cielo mejor que quien te está pegando la hebra. Me considero una especie de experto en el tema. No ha habido más que mamadas y soma intravenoso desde que me largué en los setenta. Nunca vayas al cielo, tío, es una mierda. La única razón por la que no me largo de aquí es porque el Infierno es infinitamente peor, fuimos allí un fin de semana de juerga salvaje y aquello es pura escoria infernal. El Cielo es como el estrellato total con una gira sin fin, nada más que estadios y hoteles, pero el Infierno es como Baltimore. Todo el viaje de ultratumba está pensado y amañado para los amantes del sexo oral anorrectal, y de igual manera que con los permisos para trabajar en cabarets en Nueva York, no es algo que te puedas saltar.

Tu rap es… bueno… Sinceramente, ahora mismo no se me ocurre otra pregunta. 

—No pasa nada, no te apures, llevo un buen colocón de speed, ya sigo yo.

[Enciende un cigarrillo, con urgencia compulsiva, pero manos firmes]. Tengo la sensación de que eres bastante crítico con tus colegas músicos, vivos y muertos. 

—Sí, pero es genial, porque no hay nadie más despiadado y crítico conmigo mismo que un servidor. Yo era un buen guitarrista, no como Django, pero ostento la autoría de un buen puñado de riffs y algunas nuevas ideas sobre cómo tocar con los dedos u obtener sonidos raros. Pero no hay mucho jugo que sacarle a la egolatría cuando estás criando malvas, así que tengo que conformarme con lo que hice, y punto. Las canciones que escribí que contenían melodías reales, esas que podías tararear y eran pasto de verdaderos parásitos de versiones, se pueden contar con los dedos de una mano. Todavía estoy orgulloso de ‘Angel’, como composición, y de un par más. Pero el resto, en su mayoría, no son más que un amasijo de riffs metaleros, con letras con puro lenguaje jive que yo farfullaba en lugar de cantar. Me atribuyeron grandes méritos por introducir la “tecnología avanzada”, o como quiera que sea que la llamen hoy en día, en el rock, pero lo que casi todo el mundo pasó por alto fue que, una vez que la distorsión y la tecnología se convirtieron en parte “obligatoria” de –y consustancial a– todo el estilo y se institucionalizaron, se acabó lo que se daba. Porque la tecnología es fría, al igual que la técnica, y los humanos son justo lo contrario. O al menos deberían serlo. Porque la emoción que emerge a causa de la distorsión lo es todo. Y de lo que no nos dimos cuenta fue de que todos nosotros, rindiendo un culto tan exacerbado a la distorsión, estábamos cavando nuestras propias tumbas, en términos estrictamente emocionales. Y literalmente también, supongo, en algunos casos. Porque, con el tiempo, empecé a darme cuenta de que lo que la gente ansiaba era solo ruido. Tuve mucho cuidado con mis propios álbumes, al menos en los tres primeros –debo decir que fueron muy cuidadosamente producidos y, ya sabes, toda esa mierda que suele afirmarse con el propósito de adornar semejantes soflamas sin siquiera poder sustanciarlas–. Muy redondos. Pero, incluso en esos momentos, estaba empezando ya, de veras, a interrogarme… porque cuando escucho Are You Experienced? al menos la mitad de lo que escucho y recuerdo está impregnado de ese enojo ingobernable que hunde sus raíces en la imposibilidad de encontrarle sentido a nada de lo que hago. Está en la letra y también en la música. Porque así era yo en aquel momento. Cuando dije: “No hay vida en ninguna parte”, lo decía en serio. Mientras tanto pienso, ¿esperan que lleve el bidón cargado y el mechero preparado en el bolsillo al escenario cada noche? Es evidente que algo no se sostiene en toda esta opereta.

Bueno, ¿qué sucedió con la distorsión que empezó a molestarte tanto? 

—Pues, al igual que Graham quiere blues, los fans también, pero el problema con Graham es que no quiere distorsión y ellos, en cambio, sí. Él piensa que la distorsión es una mierda, y que el blues es “real”, no requiere de estos aditamentos. En fin, a decir verdad, no tengo ni puta idea de lo que es o de qué significa “real”. Nunca lo supe con exactitud. Por ejemplo, ¿toco dos acordes o tres o simplemente me apaño con el trémolo y el feedback y la armo con mis ruiditos raros y quemo mi guitarra y me trago las cuerdas y devoro a mis acompañantes cual buen caníbal que se precie, y luego me quedo ahí solo en el escenario con los botones desprendiéndose de mi camisa como Brock Peters[2] cantando ‘John Henry’ y ‘Cotton Fields’ y una selección de canciones de los campos de trabajo grabadas a pie de zanja por el propio Alan Lomax en Parchman Farm? Mira, lo que me sucede cuando echo la vista atrás es que me parece que había algo más grande que siempre quise hacer, pero que nunca llegué a comprender. Por un lado, me alegro de haberme largado cuando lo hice. Porque es lo mismo que le ocurrió a Kennedy, es carne de leyenda, todo el mundo puede apoltronarse y decir al unísono: “Bueno, qué diablos, no pasa nada, pero si Jimi estuviera por aquí, nos mostraría adónde nos conduciría todo esto después”. Pero están muy equivocados. Yo no tendría ni puta idea de qué hacer ahora, si tuviera la desgracia de estar “por aquí”. Probablemente, me comportaría como ellos, repitiéndome hasta la saciedad una y otra vez hasta que todo el mundo estuviera tan aburrido como yo y acordáramos dejarlo y me largara a las islas a escuchar reggae o algo así. O, tal vez, lo que sería aún peor, me convertiría en uno más de los que sigue dando la turra y abusando de la misma mierda de siempre y no lo sabe: “Sí, Jimi, tu nuevo álbum Toe Jam Asteroid es lo mejor que has hecho!”, “Si, no veas, mola, estoy en la onda, colega… solo tienes que pillarlo”. Sí, así es como me copiaba y me repetía hasta la saciedad, me presentaba como un verdadero revolucionario del jive, con gafas de sol todo el tiempo, un sombrerito y un cigarrillo, la vieja rutina del músico de jazz solitario e inaccesible, sentado en clubes llenos de humo, cafés, sin hablar de nada más que de mamarrachadas sobre bebop. “Sí, genial, ah, eso fue un auténtico descontrol. Hasta luego”. [Se parte la caja de risa] El Thelonious Monk del wah-wah. O eso o, sencillamente, esconderte y hacer trabajo de mercenario como músico de estudio. Convertirte en un Louie Shelton. Porque sé que no podría hacer lo que empecé a hacer y seguir sacando provecho de ello y perfeccionarlo. Y no es que haya ha perdido un solo ápice de mis habilidades. Las conservo a buen recaudo. El asunto, a mi juicio, es que a todo el mundo le pierde el virtuosismo. Creo que el único álbum de estudio en el que realmente lo di todo fue el primero. Y eso fue después de practicar día y noche, año tras año, tratando de aprenderlo todo y hacerlo mejor, dándole duro y sin pausa, batiéndome el cobre donde hiciera falta, y echando mano de mis propios descubrimientos a fin de propinarle un buen puntapié en el culo a quien se cruzara en mi camino, hasta que, de repente, un buen día descubrí, como por arte de magia, que yo podía ser el próximo puto Andrés Segovia y que, de faltar algún otro extraño componente, entonces también podía conformarme con ser Louie Shelton.

¿A qué componente te refieres? 

—Ojalá lo supiera. Sé que lo perdí en alguna parte. Consuelo de tontos, pero me reconforta saber que casi todos los que nos curtimos en esa época también lo perdieron. Quizá todos nos colocábamos demasiado.

¿Qué opina de Eric Burdon y Buddy Miles, a quienes algunos observadores han acusado de aprovecharse de su nombre o de su relación con usted, después de su muerte? 

—Mira, una vez la palmas tiendes a dejar que mucha de la mierda que te afligía en vida no sea más que agua pasada. Por mí que se vayan al carajo, espero que se hayan ganado un puñado de dólares más. Además, nadie vive para siempre, y voy a tener que sentarme y tener una charla seria con el viejo Eric cada vez que suba aquí, en lugar de partirle la cara. En realidad, resulta hasta gracioso, y, además, él realmente no daba para más. Buddy Miles es un caso diferente: me daría miedo que me patearan el culo, pero cualquiera que acumule tal cúmulo de discos malos como ese tío probablemente acabe en el primer carro de carbón que ponga rumbo al infierno, así que espero no tener la oportunidad de volver a ver su rechoncho careto.

¿Has visto por aquí a alguno de los que empezaron cerca de la época en que tú lo hiciste? 

—No. Oigo hablar de ellos de vez en cuando, pero no salgo con ellos. Tú tampoco lo harías. Morrison, me lo contaron todo sobre él, aunque no lo vi. Se quejaba tanto de que quería ir al infierno y que no iba a aceptar otra cosa, y que, si lo metían aquí en lugar del averno, iba a hacer que todos desearan que nunca hubiera muerto, y no dejó de dar la barrila… Me identifico con él en cierto modo, los dos llegamos en el momento justo mas también en el peor: justo para convertirnos en figuras, pero el peor en términos de longevidad. Éramos como los modelos de prueba a seguir para mierdas como Alice Cooper y David Bowie. Ambos fuimos víctimas de un engaño, pero quisiera pensar que a él le fue mucho peor que a mí. Hubo más complicidad por su parte en su propia destrucción. Quiero pensar que solo me confundí un poco más que él, tan confundido en lo musical como en otros aspectos de mi vida, hasta que todo se complicó demasiado y ya no hubo modo de cambiar el curso de las cosas. Dejé, por un lado, que demasiada gente me intimidara, porque yo ya era cons. nnnciente de que había perdido el camino, pero me falta- ron las tablas y la inteligencia suficientes para darme cuenta de que, tal vez, ellos también habían perdido el camino, y estaban en una situación infinitamente peor que la mía, de modo que terminé poniéndome en manos de todo aquel séquito de arribistas. Lo que quiero decir es que yo era realmente muy inocentón, tío. Admito que, en retrospectiva, me resulta muy vergonzoso admitirlo.

¿Y Janis? 

—Esperaba que no me preguntaras eso. Malditos periodistas, siempre a por el siguiente titular escabroso. Bueno… fue tan patética allí como aquí. No es culpa suya, pero tampoco hace nada, en particular, para intentar mejorarlo. Eso es todo lo que tengo que decir al respecto.

¿Qué opinas de que sigas siendo un artista de éxito y de que las compañías discográficas sobregraben a otros acompañantes en tus viejas cintas? 

—El hecho de que mis discos se sigan vendiendo es como tratar de dirimir si Jefferson Starship era más popular que Jefferson Airplane: la calidad no tiene nada que ver con eso, lo que sucede es que la gente se aferra a cosas que sabe que fueron buenas y representaron algo en su día, en lugar de arriesgarse con un artista desconocido de dudosa calidad. En lo que respecta a esas sobregrabaciones, siento casi la misma indiferencia. Suena raro y egoísta que un difunto se jacte de que, en realidad, era un espectáculo de un solo hombre; sobre todo porque sus antiguos compañeros no tienen forma de replicar, así que obviamente lo más inteligente para mí es no adoptar ninguna postura. ¿Por qué no le haces la misma pregunta a John Coltrane para corroborar si la fidelidad conyugal se extiende más allá de la tumba?

Sin embargo, tengo la impresión de que no te merece gran consideración toda la gente que te ha seguido en lo musical en el mundo de los vivos. 

—Sí, en efecto, así es. Porque son rematadamente fríos. Puede que de mi guitarra haya brotado auténtica basura en algunos conciertos, y que haya grabado algunos temas demasiado obsecuentes y relamidos para mi gusto; pero estaba perdido. Había algo más grande que yo que me arrastraba y que fue lo que se me llevó al final, pero también salió una música increíble a veces. Lo único que lamento, y no dejo de preguntarme, es hasta qué punto, dadas las circunstancias, era realmente mi música. Si te cae un maldito rayo encima y de ahí sacas una obra maestra, bueno, ¿es cosa tuya o del rayo? Y sí, en el análisis final, simplemente no hay competencia que valga. Sabes que perdiste el control, dejaste que la música y la vida jugaran contigo, y por eso te hundiste. Pero sucedió de verdad, hubo fuego real y experiencias tan reales como la vida misma, y nada puede borrar eso. Ya debería ser bastante obvio que considero mi vida y mi arte un fracaso sin paliativos, pero fue un fracaso honesto. Lo que me molesta son estos tipos de ahora –dicho sea sin acritud alguna–. Bueno, y la verdad es que ni siquiera ellos. No me importa que la gente copie mis riffs, ¡pero son como un puñado de putos universitarios! La mayoría de mis riffs se los copié a otros, pero luego seguí tocando y me olvidé de ello. No me senté noche tras noche prendiendo siete velas en un santuario a Chuck Berry. Así que, ¿a quién le importa si tipos como Trower o ese tipo de Canadá tienen éxito o fracasan? Suceden muchas más cosas en cualquier bar un viernes por la noche, cuando la pista de baile está llena, que en todos los discos y conciertos de todos esos tipos. Lo peor es que se perdieron lo más importante, la traca final, lo que más me desanimó: ver cómo se acercaba el final. No me refiero al rock ‘n’ roll, ni a la música popular, ni siquiera al heavy metal, sino al final de la rama experimental y tecnológica en la que apenas nos habíamos adentrado y cuyo desarrollo se truncó. Tiene que haber algo más porque una de las cosas que aprendí mientras me sumía en aquella espiral de autodestrucción fue que gran parte de esa mierda no era más que sonido y furia para disfrazar el hecho de que estábamos perdiendo el contacto con nuestras emociones, o al menos la capacidad de transmitirlas. La mayor parte de Electric Ladyland y el segundo álbum se me antojan muy fríos ahora. No sé cómo me sonaban entonces, porque estaba demasiado distraído como para juzgarlos con precisión y cierta objetividad; salvo por el hecho de que reunían todos los ingredientes, me ponían los pelos de punta sobre todo cosas como ‘Voodoo Child (Slight Return)’, los discos estaban bien producidos y sabía que se venderían. Supongo que eso es, precisamente, a lo que intentaba referirme antes cuando hablaba del componente que faltaba. Olvidé cómo percibir lo que me decían mis sentidos a no ser que recibiera descargas eléctricas o algo parecido y, al cabo de un tiempo, incluso las descargas eléctricas empezaron a parecerme más de lo mismo. Y aunque lo diga así, en realidad, no sé muy bien cómo explicarlo. Es realmente el gran misterio para todo el mundo que habita en estas etéreas latitudes. Y nadie ha aventurado una sola explicación convincente todavía. Así que cuando vuelvas, cuando publiques esto, si alguien viene después y te dice que tiene alguna observación al respecto, por breve que sea, bueno, me harías el mayor favor de mi muerte si me la hicieras llegar. Me gustaría más que nada en el… cosmos.

(Se rio de nuevo, brevemente, luego divisó algo en la distancia a través de nuestros cuerpos. Obviamente, había llegado la hora de marcharse).

 

Creem, abril de 1976. Reeditado en New Musical Express, 1 de mayo de 1976.

 

Notas:

[1] Sitcom estadounidense emitida por la CBS entre 1964 y 1967. Gracias a su popularidad disfrutó durante décadas de una amplia redifusión, sobre todo en los años setenta y hasta bien entrados los ochenta. Hoy en día, el personaje principal de Gilligan, interpretado por Bob Denver, es ampliamente reconocido como un icono cultural estadounidense de la Norteamérica de aquella época. (Nota del traductor).
[2] Actor estadounidense, principalmente conocido por interpretar el papel de Tom Robinson en la adaptación cinematográfica de Matar un ruiseñor. (N. del T.)

Este fragmento pertenece al libro Venas al frente, festines de sangre y mal gusto. Prosas reunidas (II) de un crítico legendario que, con edición de John Morthland y traducción de Paco Arrieta, ha publicado Libros del Kultrum.

Lester Bangs (Escondido, Estados Unidos, 1948) se formó como crítico trabajando para la revista Rolling Stone, a las órdenes del todopoderoso Jan Wenner, quien prescindió de sus servicios por su salvajismo iconoclasta. Se trasladó a Detroit donde ejerció como redactor y editor de la revista Creem, antes de mudarse a Nueva York y zambullirse en la emergente escena punk del momento, colaborando con varios periódicos y con en el suplemento literario del extinto Village Voice. Bangs murió repentinamente a la edad de treinta y tres años en 1982 en Nueva York.