Puerta de embarque

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Es un viernes de septiembre. Los relojes del aeropuerto marcan las nueve de la mañana. Treinta minutos antes del cierre de puertas y, para no variar, todavía no he pasado el control de embarque.

 

Hacer fila despeinada y con cara de dormida en el aeropuerto se ha convertido en una costumbre, como hacer fila los sábados por la mañana en el mercado de la plaza Parvis de Bruselas. En la cola, analizo los turnos por delante de mí y adelanto los movimientos en mi mente, como si eso acelerara la espera. Sacar el ordenador, los líquidos y la cámara. Bandeja separada para el bolso y, si tengo suerte, no se darán cuenta del tercer bulto: el prohibido.

 

El aeropuerto es para el inmigrante un limbo. Un espacio entre dos realidades que desorienta con la misma fuerza que aturde el despertar en medio de la fase REM. Una vez cruzada la puerta de embarque, como el conejo blanco de Alicia, el inmigrante viaja en el espacio, pero también cree viajar en el tiempo y en las dimensiones.

 

De origen a destino o de destino a origen. Destino y origen se confunden. Tras varios días o semanas de visita, la sensación en el momento de regreso al país de acogida siempre es la misma: una combinación de nostalgia anticipada, incertidumbre, energía y fuerza. Por lo que fue y por lo que se avecina. Cada viaje de regreso da inicio a una nueva temporada, por lo general, con nuevos personajes, nuevas historias y escenarios.

 

Detrás de mí, una joven de unos veintitantos espera impaciente entre resoplidos, cargada y con cara de agobio. Junto a ella, pero al otro lado del cordón que separa el aeropuerto de la entrada al limbo, se encuentra su madre. La chica está al borde de un ataque de nervios ya que supera con creces el número de bultos y peso permitido en el avión.

 

La madre intenta tranquilizarla, con un cierto carácter maternal y contemplativo, situación representativa de las relaciones familiares españolas: cercanas, protectoras y, en cierto modo, entrometidas. Antítesis de la independencia y el deshumanizado individualismo propios de las relaciones filiales en el centro y norte de Europa. La chica parece haberse calmado y ahora su gesto nervioso muda hacia la nostalgia. Comienza el momento de la despedida.

 

El adiós, como el aplaudir una vez el avión toca tierra, se convierte en un ritual propio de los aeropuertos españoles. Puede ser la primera marcha, o la que sigue a una serie de meses, o años, o décadas. Pero las familias siempre esperan, desde la lejanía, balanceando la mano a modo de despedida, hasta que aceptan que esa pequeña mota que se aleja en el horizonte del aeropuerto probablemente no sea su ser querido.

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