¡Qué bonita la mina!

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Hasta el gorro. No tiene  la culpa los 33 de San José (Chile), pero sí el Gobierno de Chile y los medios de comunicación bufonescos (la mayoría). ha sido lamentable, indignante, humillante, insultante… Tanto el trato a los mineros atrapados, como la invisbilización del resto de esclavos de esa mina infame, como el circo montado para solaz de los espectadores de medio mundo.

Pocas han sido las notas o las explicaciones sobre el tema de la minería en América Latina y que es la punta del iceberg del monumental paso atrás de las economías de Otramérica, dependientes ahora de la exportación de materias primas y alejadas de cualquier valor añadido que genere riqueza o justicia.

Se calcula que al año son unos 12.000 hombres los que mueren en las minas de Otramérica, Asia o África, aunque las empresas responsables suelen ocultar los datos, así que nos fiamos del cálculo de la Federación Internacional de Trabajadores de Química, Energía, Minería y afines, con sede en Ginebra. Estas muertes y aquellas vidas disminuidas de los miles de mineros que se dejan pulmones y alma bajo la tierra o a tajo abierto, y la contaminación brutal de fuentes hídricas y de millones de hectáreas (véase el lodo tóxico made in Hungría) son «necesarias» para el avance tecnológico de la humanidad (precisamos del coltan de Africa, del aluminio de India, del cobre y del oro de Otramérica, del carbón de China…) y la suntuosidad de pulseras y ipad de turno. La necesidad es tal que los gobiernos de Otramérica ejercen de eficientes gerentes de los intereses de dichas multinacionales (el 13 de octubre, por ejemplo, Bolivia militarizó 15 minas en el estado de Santa Cruz para garantizar que las empresas brasileñas que las explotan no sean perturbadas por las comunidades que piden algo más que migajas).

Nadie ha hablado en estos días de espectáculo minero de las huelgas en las minas de Chile, o del acuerdo en el parlamento de ese país para extender las vergonzosas condiciones en las que las multinacionales explotan el cobre del país (se calcula que Codelco, la corporación estatal cuprífera chilena, ha perdido 4.000 millones de dólare sen el último año porque el precio fijado para el cobre con las concesionarias es inferior al del mercado). Tampoco se cuenta el conflicto en Bolivia con el proyecto de Coro Coro o el rebalse de cianuro en la mina de Petaquilla, en Panamá.

Latinoamérica es hoy un gran hueco del que corporaciones canadienses, estadounidenses o australianas sacan lo que el rimer mundo necesita y dejan un terrible agujero negro de pobreza, desolación ambiental e injusticia. Perú, el país minero por escelencia en Otramérica, presume, de la mano de su presidente, de abriri cada vez más tajos y si se superpone el mapa de su pobreza con el de la minería resultan un calco.

Los 33 de San José están vivos y eso es una buena noticia. Ojalá la vida de los miles de mineros que no son filmados ni buscados por los intrépidos periodistas de carpa y micro puedan tener algún día una vida digna o, al menos, una vida.

Me perdí en Otramérica, esa que no es Iberoamérica, ni Latinoamérica, ni Indoamérica, ni Abya Yala... y que es todas esas al tiempo. Hace ya 13 años que me enredé en este laberinto donde aprendí de la guerra en Colombia, de sus tercas secuelas en Nicaragua, de la riqueza indígena en Bolivia o Ecuador, del universo concentrado de Brasil o de la huella de las colonizaciones en Panamá, donde vivo ahora. Soy periodista y en el DNI dice que nací en Murcia en 1971. Ahora, unos añitos después, ejerzo el periodismo de forma independiente (porque no como de él), asesoro a periódicos de varios países de la región (porque me dan de comer) y colaboro con comunidades campesinas e indígenas en la resistencia a los megaproyectos económicos (porque no me como el cuento del desarrollismo). Este blog tratará de acercar esta Otramérica combatiendo con palabras mi propio eurocentrismo y los tópicos que alimentan los imaginarios.