¿Qué fue de Barrabás?

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¿Qué fue de Barrabás? Pregunté nadie lo sabe

Liberado de sus cadenas salió a una calle blanca

pudo torcer a la derecha seguir derecho torcer a la izquierda

andar en círculo cacarear alegre como un gallo

Zbigniew Herbert, Poesía completa

 

 

No me hago la pregunta la noche de Viernes Santo, aunque busqué la luna llena en el cielo frío de Castilla después de la lluvia que había caído copiosa sobre las antenas y los alféizares, sobre los inocentes y las tumbas, sobre los pinos y los culpables, sobre los almendros y las acequias, sobre el puente roto que hace años dejó de salvar el Cega y sobre los agapantos de Vigo y de Braga. No me hago la pregunta hasta hoy, en que Juan Valbuena vino a contar qué hacer con la memoria y qué hacer con el tiempo, y habló del terreno y del tiempo, del tiempo que dedicó a ir todos los martes de un año a un piso patera del barrio madrileño de Lavapiés a compartir muchas horas con un grupo de senegaleses y a pedirles que contaran su vida en primera persona, en tantos álbumes como almas, en tantos libros como ocupantes, y luego, como un híbrido de Agee y Evans contemporáneo, narrar él en tercera persona la casa, la vida, las fotos, lo que queda cuando llega la policía y desaloja. Salitre. Ese era el nombre de la calle.

 

No me hago la pregunta hasta esta tarde en que Juan Valbuena, hablando de lo que hacen los miembros de Nophoto, se refirió a Eduardo Nave, que volvió el mismo día a la misma hora al mismo lugar en el que ETA asesinó, a fotografiar ese sitio vacío, casi la mayor parte de las veces completamente vacío de memoria: A la hora y en el lugar. Que a su vez me trae inevitablemente a la memoria Allí donde ETA asesinó, de Willy Uribe, que publicamos en esta revista, y al libro Los de ETA han asesinado a tu hijo, que David Fernández y José Antonio Gutiérrez acaban de publicar en Libros del K. O.

 

Y mientras escucho a Juan Valbuena pienso en si no ha llegado el momento de restituir la memoria de todos los asesinados por el terrorismo con un monolito de piedra o de bronce, capaz de resistir a los vándalos que sin duda se ensañarán con esos hitos, que marque cada uno de los lugares «ordinarios», como dice Eduardo Nave, «lugares sin interés, sin especificidad, escenarios no de la memoria sino del olvido. Lugares donde hoy no queda nada, sólo el vacío». Marcas en el paisaje (en el bosque donde mataron a Miguel Ángel Blanco), marcas en las calles donde se asesinó, ahora parece, para muchos, impunemente. Como en Berlín, donde se cometieron tantos crímenes. O en Budapest. Un mapa de hitos de bronce para que quien quiera recordar sepa dónde ir, a qué lugar mirar, qué tocar, y la memoria se agarre a la tierra y ese pedazo de piedra o de bronce hable con el viento y con la lluvia en Viernes Santo. «Sólo hubo un día del año en que no hubo un asesinato de ETA», recuerda Juan Valbuena. ¿Quién recuerda a Barrabás? ¿Lo saben nuestros hijos? ¿Es necesario para saber a qué atenernos?

 

¿Qué fue de Barrabás?, se pregunga Zbigniew Herbert en su poema, mientras asistimos a la ceremonia de la confusión sobre los fines y los medios, como si pudiéramos cerrar esa herida en falso, cuando todavía no hemos sido capaces de levantar todas las fosas comunes y las fosas a secas en los arcenes de la guerra civil, y restituir los restos a sus familiares. Muertos tirados en la cuneta.

 

¿Se irá Barrabás a su casa con la conciencia tranquila, arropado por su pueblo que pidió a gritos su liberación a Poncio Pilatos, porque era uno de los suyos, porque el crimen por la patria con el fervor patriótico se lava y los asesinos no son por eso asesinos sino patriotas?

 

El poema de Zbigniew Herbert, poeta polaco, termina así:

 

Y el Nazareno

quedó solo

sin alternativa

con una abrupta

vereda 

de sangre

 

 

 

Foto: Corina Arranz