Qué habrá sido de Silas

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A veces me pregunto qué habrá sido de Silas, el estudiante de Kenia que se alojaba en el tercero izquierda. Apenas recuerdo cómo establecimos contacto con él. Tengo idea de que Aurelio le pidió una entrevista para la publicación del colegio; una de esas revistas que se hacían a ciclostil y te dejaba los dedos perdidos de tinta. Sea como fuere, lo cierto es que Silas llegó a congeniar con mi familia, por lo que, durante una buena temporada, el keniata apareció frecuentemente por mi casa, convirtiéndose en protagonista de muchas de nuestras tertulias domésticas, que eran largas y animadas.

Y, además, excitantes, considerando que era bastante insólito el hecho mismo de disfrutar en directo de lo exótico. Yo a los doce años sólo había visto negros en las películas. Y, de la noche a la mañana, tenía la suerte de ver sentado a nuestra mesa a un negro de verdad, que se comportaba amable y civilizadamente y, además, vestía a la europea. Y nos deleitaba contándonos cosas de su país, hablándonos del Mau Mau, del proceso de la independencia y de las costumbres y peculiaridades de Kenia. Conseguía, además, con su relato, que a veces se nos pusieran los pelos de punta, sobre todo a mi padre, cuando salían serpientes a relucir.

Era un tipo simpático Silas. Me queda de él una vaga memoria: estatura media, bigotito escaso y rizado y una sonrisa permanente instalada en un rostro de color café con leche. Si hubiera que ponerle un “pero”, éste era de carácter meramente estético, porque sus zapatos y ropas delataban un gusto bastante discutible, a juzgar por las observaciones de María Pilar.

Durante algún tiempo, Silas entró en el lote de las conversaciones familiares; y no sólo por los rasgos de su personalidad, más o menos pintoresca. También porque en su persona incorporaba una gran parte de lo que se iba moviendo en el plácido ambiente de Pamplona a comienzos de los años sesenta del pasado siglo. Por entonces, el Opus Dei nos había instalado una universidad privada que estaba en sus primeros años de vida. En ella confluían las élites de Asia, África y América (del Norte y del Sur). De la noche a la mañana, las calles de Pamplona empezaron a adquirir un componente multirracial. Nuestro vecindario, también.

Y si me preguntaba por el destino de Silas, no es sino porque recuerdo, por haberlo leído en el periódico, el final terrible de Saturnino Ibongo, asesinado, tras una prolongada tortura, por el dictador Macías, en los inicios de la independencia de Guinea. Según parece, Ibongo era la persona en quien las autoridades españolas tenían puesta su complacencia, antes de que Macías se le adelantara, por lo que, bastantes años más tarde, el exministro de Información y Turismo, Fraga Iribarne, se referiría con cierta nostalgia a aquella promesa prontamente abortada.

Saturnino Ibongo fue también vecino mío. Se alojaba en el segundo piso, una casa dominaba por el bullicio y donde se solía poner la radio a todo volumen. Algo que permitía a mi abuela Concha, cuando estaba en Pamplona, participar con la mayor naturalidad en el rezo vespertino del rosario, que se elevaba como un trueno desde aquel domicilio, que era con gran frecuencia una fuente de ruidos. Durante el día, por la dichosa radio. Por las noches, a causa de las juergas que organizaban los estudiantes.

Aquel cosmopolitismo que iba impregnando el ambiente no era sólo consecuencia de la aparición de la universidad. Ocurrían acontecimientos en el mundo que removían conciencias y opiniones. Recuerdo, a este respecto, que en las conversaciones con Silas o sobre Silas se criticaba el racismo que, durante la gestión del presidente Kennedy, había adquirido relevancia mundial a raíz de las masivas protestas de los negros norteamericanos, acaudillados por Martin Luther King, contra la segregación.

Antes de que adquiriéramos una conciencia más profunda acerca de las verdaderas causas de la segregación racial, tener un negro a mano y charlar amigable y paternalmente con él nos proporcionaba la ilusión de pensar que el racismo tenía muy poco que ver con nuestro propio ambiente, olvidándonos quizá de algunas cancioncillas insultantes y muy poco piadosas que se escuchaban en tiempos nada lejanos de lo que era entonces nuestro presente y que se dedicaban a los inmigrantes del sur de España que aparecían en busca de trabajo. Como aquélla que decía: “Andaluz fulero/, patas de alambre/, que vienes a Navarra/ a matar el hambre”.

Pero en Silas confluía otra circunstancia de la época: la descolonización, que provocaba en mi padre sentimientos contradictorios. No podía aceptar la inspiración comunista subyacente a gran parte de los movimientos de rebelión en lo que se llamaba entonces el Tercer Mundo. Pero tampoco le gustaba la dominación colonial, al menos la procedente de los países extranjeros, porque miraba de manera bastante mucho más benevolente el colonialismo español. A su entender –que era también el del régimen franquista, entonces en pleno vigor–, el imperio español había favorecido a los pueblos que dominó, guiado por ideas más bien altruistas, basadas en la conciencia cristiana; en tanto que los demás (ingleses, franceses y belgas) no hicieron otra cosa que aprovecharse de los pueblos sometidos, esquilmarlos y dejarlos en la pobreza más atroz.

Sentimientos igualmente contradictorios experimentaba hacia los Estados Unidos. Si bien reconocía su liderazgo como paladín de Occidente contra Rusia, no le gustaban las corrupciones de la política norteamericana, que salían a la luz en encrucijadas especiales, como cuando asesinaron a Kennedy; un magnicidio que a mi padre le dolió, porque había seguido con fervor la trayectoria de aquel presidente. Y le dolió especialmente que no se pusiera especial empeño en esclarecer las razones del atentado.

Su confianza en Estados Unidos se resintió aún más cuando se estrenó en Pamplona West Side Story, bajo cuya influencia, y de acuerdo con su estética, se organizaron en la capital navarra las primeras peleas entre grupos de adolescentes, que tenían lugar, por lo que se decía sotto voce, detrás del monumento a los Caídos. Todo lo cual le obligaba a pensar que por las alcantarillas de la democracia norteamericana circulaban la insatisfacción juvenil, el racismo, la violencia, las mafias y el crimen. Y reflexionaba en voz alta sobre el hecho de que en tales bases se asentara un sistema que los países occidentales estimaban modélico; y de que en semejantes manos descansara nada menos que el futuro del mundo libre.

Pero ocurrían más cosas por entonces. Porque la guerra fría daba paso a un deshielo en las relaciones entre la Unión soviética y los Estados Unidos; lo cual era un alivio, porque ya nos tenían dicho en el colegio que ambas superpotencias eran poseedoras de la bomba atómica, que tan desastrosos efectos produjo en Hiroshima y Nagasaki. Y después de narrarnos en detalle en qué consistían tales efectos, nuestros profesores maristas remataban la faena diciendo que bastaba con que alguno de los jefes de estos dos países se volviera loco (y el soviético Kruschev daba síntomas alarmantes de estarlo) para que, apretando un simple botón, toda la humanidad saltara por los aires.

Con advertencias tan apocalípticas, no era infrecuente que volvieras a casa con la cabeza dando vueltas. Y el mareo se intensificaba si a lo de la bomba atómica se unían los mensajes de Fátima, cuando la Virgen se apareció a los tres pastorcitos anunciando grandes calamidades si el mundo no volvía a la buena senda. En caso de no ser malinterpretado este anuncio, el mundo podría estar cercano a su final para el año 2000. Inmediatamente hacía mis cuentas sobre la edad que yo tendría para entonces y comprobaba afligido que nuestro entorno físico se esfumaría cuando yo fuera aún lo bastante joven como para seguir disfrutándolo.

Y había otras novedades. Al tiempo que las relaciones entre las superpotencias se iban normalizando, descargándose de dramatismo, la Iglesia Católica celebraba su Concilio Vaticano II, para preocupación de mi madre, que veía tambalearse un mundo de certezas. Mi padre, en cambio, siguió con pasión el desarrollo de aquel acontecimiento y se entusiasmó con el pontificado de Juan XXIII, a quien veneraba y cuyo abundante anecdotario recogía con verdadera fruición; algo que, por otra parte, se correspondía con su catolicismo militante y la visión social que de él se derivaba.

De hecho, cuando, a la vuelta del colegio y antes de cenar, nos juntábamos a estudiar en el cuarto de estar, bajo la luz del flexo y alrededor de la mesa camilla, mi padre nos solía acompañar, enfrascándose en la lectura de un grueso tomo sobre la doctrina social de la Iglesia. De aquel libro extraía reflexiones para charlas y discursos que impartía en sus reuniones de apostolado; y que, en más de una ocasión, se prolongaban en el bar El Cosechero (más conocido como Casa El Marrano). Allí las discusiones sobre la justicia social, la dignidad del trabajo, las penalidades de la clase obrera y sus caminos de redención se acompañaban con la degustación de sardinas.

No faltaban, pues, en mi casa temas de conversación ni motivos de controversia. Controversia que se acrecentaba conforme iba aumentando la edad de mis hermanos, que, de simples oyentes, pasaban a ser opinadores activos, sin que a nadie se le privara por ello del uso de la palabra. Y es que, la verdad sea dicha, y con todos los condicionantes de la época, en mi casa hubo siempre libertad de expresión.

Entendámonos, era mi padre quien llevaba la voz cantante. Por regla general, su opinión se aceptaba al principio sin mayor debate como argumento de autoridad. Pero eso no impedía que, en ocasiones, pudiera ser contestado. Mi madre, por ejemplo, no admitía en modo alguno que su marido, en los momentos de mayor inflamación obrerista (como militante católico de la HOAC), sostuviera que todo empresario, por el simple hecho de serlo, era un explotador y vivía, por tanto, en permanente situación de pecado.

Tampoco le convencían afirmaciones paternas como ésa de que a Lutero no le faltaban razones para rebelarse contra el Papa, aunque acto seguido matizara que el error de Lutero fue no haber dado la batalla dentro de la Iglesia, como había hecho san Ignacio de Loyola. En materia política, admitía mal ciertas veleidades liberales de mi padre, que, siendo carlista, mostraba simpatía por don Juan y por Alfonso XIII, de quien admiraba su campechanía y estilo castizo. Y decía también de él que fue un gran rey al que no le dejaron gobernar.

A María Pilar los curas no acababan de entusiasmarle. Más de una vez exponía sus reservas ante muchas de sus opiniones en materia de moral y buenas costumbres. No entendía por qué se metían con las mujeres que se pintaban los labios, lucían sus atractivos y se permitían libertades que inexplicablemente les vedaban. En general, no aguantaba bien lo que entendía era una actitud falsa ante la vida por parte de los curas, cuya intromisión en los asuntos mundanos se le hacía a veces insufrible. Aparte de que tenía muy guardado, como dato probablemente definitivo, el comentario que le deslizó en el reclinatorio un fraile de Sangüesa en el momento de darle la comunión: “Dile a tu madre que no te traiga otra vez con ese gorro”, le dijo. Y aquellas palabras se le grabaron a fuego, a juzgar por la extrema viveza con la que las recordaba.

Aurelio, por su parte, ya en sexto de bachiller o en preu, empezaba a poner en duda la legitimidad del bando franquista en la Guerra Civil. También le discutía a mi padre que el comunismo fuera intrínsecamente perverso, como aseguraba Pío XII. Y se lo discutía con tan floridos argumentos, que mi madre se veía obligada a intervenir, un tanto abrumada, para decirle: “Niño, qué esdrújulo te has vuelto”. Y yo, que aunque era muy callado tenía mi pizca de mala sombra, remachaba: “Anda, cállate ya, que no tienes ni idea”. Y Aurelio se enfurecía y me recordaba que yo era un crío que no pasaba de segundo de bachiller y que, cuando estuviera en sexto o en preu como él, estudiaría materias tales como Filosofía y Sociología y tendría oportunidades de comprender que lo que él decía no eran bobadas.

A tía Petra, que solía visitarnos de vez en cuando, le resultaba extraño que cualquier mocoso se permitiera poner en duda verdades que para ella eran probadas y, sin duda alguna, reveladas; más aún siendo, como era, carlista sin fisuras que hasta había llegado a fotografiarse en Montejurra con no recuerdo qué infanta de la familia de don Javier de Borbón. Por ello, sofocaba cualquier brote de disidencia, dirigiendo al discrepante un argumento definitivo e inapelable: “A callar –le decía a mi hermano–, que no entiendes de la misa la media”.

La situación mundial en sus más variadas facetas, lo que se empezaba a mover en España, las nuevas nociones religiosas y morales, los problemas obreros y la renovación de la Iglesia –por no hablar de la Guerra Civil, que seguía siendo un tema recurrente–, constituían motivos normales de conversación en la mesa; a los que habría que añadir otros, como, por ejemplo: la invasión de Hungría por las tropas soviéticas, las persecuciones religiosas en la Europa del Este, las salidas de tono de Kruschev, la vida y milagros de Pío XII y Juan XXIII, las crisis de los misiles en Cuba, la renovación litúrgica (y la consiguiente polémica por que las misas se desarrollaran en lenguas vivas, y no en latín, y frente a los fieles, y no de espaldas a ellos), las primeras huelgas, las emigraciones a Alemania, el estreno de El Evangelio según Mateo, de Pasolini, la política del general De Gaulle, los comentarios que periódicamente suscitaba la figura de Franco… Resultaría difícil hacer un inventario detallado de tantos temas de conversación que tuve oportunidad de escuchar en casa desde mis primeros años de vida; y que, a partir de los doce, me fueron abriendo perspectivas que rompían, aunque fuera confusamente, con una visión esclerotizada de la realidad.

Estábamos en los albores de un nuevo tiempo que parecía rozarse con los dedos. Y yo lo iba entreviendo en aquellas conversaciones en familia que mi padre promovía y que conducían a una deducción lógica: y era que todo se expresaba, y debía expresarse, en clave política, y que la política, a su vez, giraba en torno a la idea de compromiso. Y es que las consideraciones éticas estaban siempre muy presentes en aquella época en que mi padre se preocupaba de rebozar con citas de san Pablo el más nimio acontecimiento cotidiano.

Era lógico, pues, que nuestra evolución ideológica se expandiera en círculos concéntricos. En lo inmediato, arrancaba de un ambiente católico y practicante. Se prolongaba, en un plano más generalizado, en el clima de un régimen dictatorial, necesitado para sobrevivir de una permanente justificación propagandística, pero al que ya se le empezaban a ver los descosidos. Se reproducía –lo veríamos años más tarde– desde el conocimiento de la existencia de una oposición política, entonces clandestina, que era fuente de otros supuestos y teorías. Y se insertaba, por último, en una ebullición internacional que, a partir de las vicisitudes de la guerra fría, alcanzaría su clímax con la revolución cultural de Mao en China, el mayo del 68 en Francia y la oposición a la guerra de Vietnam.

De modo que, al final, lo empecé a ver claro: había que transformar el mundo y el hombre, pero para ello era preciso tener información. No era extraño, pues, que durante cierto tiempo sintiera la frustración de no poder desentrañar los sesudos párrafos que albergaban aquellos ladrillos que recibían el nombre de Cuadernos para el Diálogo y que Aurelio se traía de Madrid en sus estrenos universitarios; como tampoco era de extrañar que, pese a las adversidades iniciales, volviera a la carga hasta conseguir familiarizarme con determinados conceptos; o que, años después, y por un período de tiempo prolongado, revistas, folletos, panfletos clandestinos y libros políticos ajustados a una coyuntura muy cambiante constituyeran el grueso de mi pasto intelectual. Ahí estaba el material informativo y las elaboraciones intelectuales que eran exigibles para un correcto compromiso político en favor de los pobres de la tierra, cuando los sentimientos cristianos iniciales se amalgamaron con algunas ideas marxistas de manual y adquiridas a toda prisa al calor de los acontecimientos.

Del naufragio de todos aquellos sueños e ilusiones me quedan algunos textos que hace ya mucho tiempo que no me dicen nada. Conservan, sin embargo, su espacio en mi biblioteca. Me resisto a tirarlos, en parte porque resulta penoso arrancarse una parte del propio pasado; en parte también porque, en el fondo, tampoco renuncio a la exigencia ética que late entre los restos de tanta utopía desbaratada por la propia experiencia histórica; una exigencia que arraigó en muy buena medida al calor de nuestras veladas familiares.

De vez en cuando echo un vistazo a esos viejos libros y dejo vagar la vista por el ¿Qué hacer?, de Lenin, los escritos de Mao, Stalin o Samora Machel. Y releyendo al azar, caprichosamente, fragmentos que parecen rescatados del túnel del tiempo, pienso en lo que ha quedado de todas aquellas teorías y en los desenlaces absurdos, y por lo general sangrientos de su puesta en práctica. Me sacude entonces un ramalazo de nostalgia y vuelvo a preguntarme qué habrá sido de Silas. Pregunta que, dado el tiempo transcurrido, tal vez sea bastante retórica.