Qué se le va hacer

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La filosofía del mei banfa -qué se le va a hacer- encierra tanta resignación colectiva que en ocasiones explota. Ni siquiera los estratos más bajos, aquellos que ni siquiera pueden imaginar las condiciones de vida de los beneficiados del sistema, escapan a la desesperación. Lo vemos en el sistema educativo y en los jóvenes licenciados -esa «tribu de hormigas», como los han etiquetado-, presionados por expectativas que no se pueden cumplir. Cuántos jóvenes se suicidan en período de exámenes por no haber cumplido con las exigencias de un régimen competitivo, cuasidarwiniano cuando se explican los porqués de esos actos. Ya no se informa de esas muertes periódicas, como si se tratase de una enfermedad endémica con la que se cuenta. También en los sectores de producción que se nutren del éxodo rural, esas fábricas del sureste que acogen a la nueva masa proletaria al servicio del crecimiento del PIB nacional. Últimamente se ha publicado bastante sobre la ola de suicidios entre trabajadores de Foxconn en Shenzhen. Si tenemos en cuenta que otros trabajadores han muerto en cadenas de montaje por haber trabajado hasta la extenuación, no sorprendería que la desesperación lleve al suicidio. Y en muchas mujeres que se resignan a su condición de esposa y madre sin libertad para plantearse un futuro independiente. Tengo grabadas en la memoria las palabras de Xinran (Nacer mujer en China. Las voces silenciadas, 2006) y la angustiosa historia que nos planteó Li Yang (Colinas ciegas, 2007). La filosofía del mei banfa, además, alimenta la corrupción y la impunidad en situaciones de injusticia social. Que se haya convertido en una muletilla aplicable a cualquier situación de la vida diaria en China deja entrever contradicciones sociales, políticas y económicas que corroen paulatinamente el sistema. Por supuesto que las raíces del mei banfa son milenarias, pero esa resignación cotidiana genera una desesperación latente, más destructiva que constructiva, pese a las altas tasas de optimismo que desprenden sus habitantes.

Vigo, 1983. Licenciada en Periodismo y Especialista en Información Internacional y Países del Sur por la Universidad Complutense de Madrid. Tras experiencias académicas y profesionales en Madrid, Freiburg, Utrecht, Berlín y Londres, en 2008 llegó la ansiada oportunidad de ampliar horizontes en Asia. Cuatro meses antes de los Juegos Olímpicos me trasladé a Beijing con un visado de trabajo pero sin propósitos definidos, abierta al descubrimiento de un nuevo mundo, y aquí sigo, observando los cambios de una sociedad en constante transición que desafía mis neuronas constantemente.