¿Qué vendemos cuando nos vendemos?

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¿Qué vendemos cuando nos vendemos? También podemos preguntarnos qué compran cuando nos compran.

 

“En el capitalismo el dinero no es intercambio, es violencia”

Belén Gopegui, El comité de la noche

 

 

 

¿Qué vendemos cuando nos vendemos? También podemos preguntarnos qué compran cuando nos compran. Llevo tiempo pensando en esto de manera un poco difusa. Quizás desde que leí este bonito artículo que Luis García Montero le escribió a Willy Toledo o sobre Willy Toledo. Qué injustos somos a veces con los valientes y con los honestos. Qué caro sigue saliendo mantener la coherencia. 

 

 

Me nacen las preguntas concretas en la calle de la Montera, en Madrid, después de atravesar la puerta del Sol y justo antes de llegar a Gran Vía, justo en un mercado en el que se vende carne medida en tiempo. En el que se explotan cuerpos a tanto la media hora, o los quince minutos, o la hora entera. Y con servicios muy pautados. Ojalá se pudieran vender ideas y pensamientos medidas en tiempo. O, mejor, vender conciencia medida en tiempo. Pero, en realidad, qué más da. Belén Gopegui y su última novela, El comité de la noche, ha estado alimentando también mis últimas inquietudes. Por ejemplo, con fragmentos como éste:

 


Por eso pagan. Para traspasar la propiedad, la sangre, la vida. Hay un límite estético en la idea de vender tu sangre. Pero ¿ético? Insisto: ¿mejor vender el pellejo, también llamado por los clásicos fuerza de trabajo, que la sangre?


(…)


Si estás en contra del mercado, atácalo, pero no te limites a un apartado insignificante”.

 

 

Escribo estas líneas primero a mano, con un boli que tiene inscrito el nombre de una entidad financiera que no es muy grande, pero sí muy elitista. Ahí no cogen el dinero de cualquiera. Si sólo tienes una nómina, incluso si es mileurista, no te quieren. No nos aceptarían ni a mí ni a los que me rodean, casi todos treintones, desayunando en un bar de esos modernos de Malasaña en los que entran en convivencia imposible mobiliarios de épocas y estilos diferentes con su sola nota común de un aceptable aire desvencijado.

 

 

Pero es que yo también mezclo. Pero lo que cuenta García Montero que le ha sucedido a Willy Toledo muestra que es muy difícil, casi imposible, mezclar, vivir entre dos mundos. Aislar el pensamiento de la acción. Venderte, pero sólo en parte. Separar lo que dejas al supuestamente libre albedrio del mercado y lo que guardas con cuidado y proteges en la conciencia. Cuando te compran, te quieren en tu totalidad. Si te vendes, no lo puedes hacer por piezas, a tanto la hora. Si te vendes, estás perdido. Si decides dejar un hueco para ti, para tu uso exclusivo, éste va creciendo tanto que llega un día en que te cuelas completamente por él y terminas desapareciendo. Vivir en disonancia cognitiva tiene fecha de caducidad.

 

 

Puede, eso sí, que luego amanezcas en Cuba. O en Buenos Aires. O más cerca, en Bolonia. Pocos lugares más te soportarían. Pero leerás a Ramón Lobo y te reflejarás en el espejo que cuidadosamente está puliendo. Ahora mismo lo estoy viendo, aunque no escuchando, en el documental que ponen en La 2 sobre corresponsales de guerra. Los ojos de la guerra se llama. También aparece muda Rosa María Calaf. Y Gervasio Sánchez. Y Mikel Ayestaran. Entre otros. Gente que, creo, se parece mucho a la idea que se hizo de sí misma a los 18, a los 20 años.

 

 

¿Quién quería ser yo a los 18, a los 20 años?, ¿me imaginaba escribiendo un sábado, a primera hora de la mañana y luego, ya de noche, sobre estas cuestiones vitales? Una de mis virtudes, si así se puede llamar, es que no sé proyectarme en el futuro. No me veo más allá del aquí y ahora. Ni siquiera veo mi respuesta ante el dilema que se plantea en Dos días, una noche. Pero esa película me ayuda a caer en la cuenta de que a los de mi clase no se nos compra individualizadamente, sino en casi en manadas. Aunque quienes ejercen el poder tengan que estar muy entrenados para dividir y separar a los que, por naturaleza, deberían permanecer como una piña.

 

 

Escribo todo esto porque, como dijo Andrés Ibáñez (¡qué gran descubrimiento!) en el acto de apertura del Master de ABC de este año, los que a veces sentimos esta pulsión, la de coger un boli o un teclado, aprovechamos cualquier cosa que nos pase, aunque sea dolorosa, para contar una pequeña historia, una pequeña reflexión. Mientras algo nos preocupa, ya estamos pensando en que ahí hay algo que podemos explotar poniendo palabras más o menos afortunadas. Diciendo cosas, aunque no del todo. Y buscando un centro de gravedad permanente. 

 

 

 

 

 

Un centro de gravedad permanente. Unas coordenadas para no perdernos. No sé ayudaría a resolver la disonancia cognitiva a ese, como dice Belén Gopegui, destinado al fracaso proceso que ayude a

 

 

«corregir el pensamiento para que se parezca a nuestra forma de comportarnos, generar otras ideas para amortiguar la tensión hasta que ideas y actitudes encajen entre sí. Es una casi encantadora visión de lo que somos, pero a veces dudo de que exista en realidad. La incoherencia no se soporta tan mal como nos dicen. Distintos inquilinos morales se alojan en las diversas alas de cada biografía». 

 

 

La incoherencia no se soporta mal, pero está destinada a provocar desasosiego en quien incurre en ella. 

 

 

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