Quemar libros

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El pastor Terry Jones no ha podido celebrar el once de
septiembre quemando coranes. Es una lástima; privado de su derecho al
energumenismo piromaníaco, Jones es ahora una víctima de la democracia
posmoderna, un damnificado de un sistema que confunde con frecuencia valores y
hechos. Jones quería quemar ejemplares de un libro que pertenece, por derecho
propio, al canon de la literatura teológica universal. Si los pagó con su
dinero, si organizó la pira de modo que no incendiara su pueblo, si previó la
retirada de los residuos, sólo cabría reprocharle su zafiedad intelectual, su
estúpida ansia de provocación. Jones no pretendía quemar musulmanes, sino
libros de su propiedad, que es bien distinto. El hecho en sí mismo es
lamentable, pero bastante inocuo. El valor que se le atribuye al hecho, en
cambio, es desmesurado. Jones puede presumir ahora de haber ocupado la primera
plana de centenares de periódicos en todo el Mundo, centenares de noticieros,
centenares de columnas, ésta incluida. Ahora todo el mundo sabe que los
islamófobos radicales quieren celebrar sus aquelarres quemando coranes. Jones
ha logrado su propósito con creces. Ya no le hará falta anunciar en el futuro
sus cremaciones; le bastará con recordar que tuvo la intención de hacerlo, que
se atrevió a anunciarlo, que le impidieron consumar su amenaza. A muchos les
parecerá un héroe de la fe, un Santiago Matamoros en versión América profunda.

            El antídoto
contra la quema de libros es la lectura de libros. Esta obviedad se olvida con
frecuencia. Leyendo El Corán se puede saber, por ejemplo, cuán desmesurada es
la interpretación wahabista de la religión islámica. Lo mismo puede decirse de
la Biblia; no es lo mismo confesarse devoto o admirador del Libro de Job que
del Deuteronomio. No es lo mismo el Antiguo Testamento que el Nuevo. La lectura
sosegada de los libros sagrados equivale, de hecho, a una íntima purga de sus
desvaríos y extremosidades. Puede el lector prescindir de lo que crea menester
y reservar para sí lo que estime valioso. Leyendo libros sagrados se entiende
mejor a sus devotos sinceros y, también, a sus obtusos radicales fanáticos y,
consecuentemente, se aprende a distinguir unos de otros. Los creyentes de buena
fe, además, hacen lo mismo: eligen la interpretación del texto que mejor se
adecua a su ideal de vida e ignoran o relativizan aquello que, en esos mismos
textos, los aleja de ese ideal. Como todas las grandes epopeyas de la
Humanidad, los libros sagrados reflejan todas las pasiones y cuitas humanas,
sin excepción: son sublimes y mezquinos, violentos y pacíficos, filantrópicos y
misantrópicos, profundos y superficiales. Y esto sólo se descubre —y se
aprecia— leyéndolos. Con fe o sin fe.

            Puestos a quemar libros, propongo que empecemos, después
de leerlos, con los panfletos del Pastor Jones y los de sus innumerables
homólogos de todas las creencias y religiones del Mundo. En el Mundo,
precisamente, faltan lectores y sobran energúmenos.