Quemar (Madrid) después de leer

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Una puede haber nacido en Madrid (como yo). Haber pasado toda la vida en esta ciudad (como yo). Creerse que conoce bien (como yo) la capital, sus costumbres, sus historias, la actitud de los madrileños (como yo), el perfil de los provincianos que llegan de fuera. E incluso sentirse especial, única, inclasificable, ajena a todo (como yo). Pero hasta que no recorre la ciudad con el libro ¡Quemad Madrid! (O llevadme a la López Ibor), de la editorial Libro del KO, de Raquel Peláez, una (yo) no se percata de que en realidad habita un territorio que desconoce, que camina sin mirar, que no sabe bien dónde está.

 

Una puede haber nacido en Madrid (como yo). Haber pasado toda la vida en esta ciudad (como yo). Creerse que conoce bien (como yo) la capital, sus costumbres, sus historias, la actitud de los madrileños (como yo), el perfil de los provincianos que llegan de fuera. E incluso sentirse especial, única, inclasificable, ajena a todo (como yo). Pero hasta que no recorre la ciudad con el libro ¡Quemad Madrid! (O llevadme a la López Ibor), de la editorial Libros del KO, de Raquel Peláez, una (yo) no se percata de que en realidad habita un territorio que desconoce, que camina sin mirar, que no sabe bien dónde está.

 

Este paseo por las calles de Madrid se convierte en una aventura, una máquina del tiempo, una gincana de historias bien contadas. Por eso una (yo) se siente afortunada de poder descubrir la ciudad (¡mi propia ciudad!) con él. De poder paladear ese inventario de personajes y lugares de este libro de crónicas ingenioso, repleto de imágenes limpias y contundentes, de virajes, de personajes que se entrecruzan, de ideas que brotan, de idas y venidas, de asfalto, de edificios, de olores, de críticas duras como ganchos pero lanzadas como caricias, que te crees que no duelen pero se quedan ahí latiendo durante días, y de referencias históricas e intelectuales que, lejos de apabullar, se exponen sencillas para que hasta la más tonta (yo) lo entienda. Pero, sobre todo, luminoso como el cielo azul de Madrid al que una (yo) no había mirado nunca tanto, acostumbrada a caminar más pendiente de los propios zapatos que de la realidad. Ese mismo que, como revela la autora en el libro, Velázquez no supo nunca plasmar en sus cuadros.